14 · GABRIEL SABÍA
GAbrIEL SABÍA
Sofía había rechazado dos llamadas de un número desconocido antes de aceptar verlo.
A la tercera escribió una dirección, la de una cafetería alejada de su consulta.
No se disculpó por la demora. Adrián llegó quince minutos antes y se encontró pensando que una hija de veintiocho años también podía parecerse a su padre en cosas que ninguna fotografía mostraba: la forma de pagar, de sujetar las llaves, de mirar a un extraño.
Cuando la vio entrar, comprendió que había esperado encontrar rabia y que en realidad estaba preparado para casi cualquier cosa menos para la calma.
Adrián y Sofía se sentaron en una cafetería casi vacía.
Ella pidió agua. Adrián no pidió nada.
—¿Conocías a Gabriel?
—Desde hace cuatro meses.
—¿Cómo?
—Me buscó.
—¿Por qué?
Sofía lo sostuvo con la mirada.
—Porque estaba allí cuando mataron a mi padre.
La frase le pareció extraña.
—¿Cuando lo atropellaron?
—Cuando lo dejaron morir.
Adrián bajó la vista.
—Lo siento.
—No eres tú quien tiene que sentirlo.
—Mi mujer estaba conduciendo.
—Lo sé.
No había odio en su voz. Eso lo inquietó más.
Sofía contó que Gabriel había aparecido en la clínica a principios de junio. Pidió hablar con ella fuera del trabajo y le confesó que llevaba quince años queriendo hacerlo.
—¿Te dijo quién conducía?
—No al principio. Solo que él iba en el coche.
—¿Después?
—Sí.
—¿Clara?
Sofía asintió.
Adrián sintió vergüenza al oír el nombre de su mujer en boca de aquella desconocida.
—¿Por qué no fuiste a la policía?
—Gabriel me pidió dos semanas. Después otras dos. Decía que quería convencerla para entregarse con él.
—¿Y tú aceptaste?
—Quería saber toda la historia.
—¿Te mandó pruebas?
—No. Dijo que estaba reuniéndolas.
Adrián pensó en la carpeta CLARA.
—¿Gabriel estaba asustado?
Sofía bebió un poco de agua.
—Al final, sí.
—¿Por qué?
—Empezó a recibir mensajes.
—¿Sobre el accidente?
—Sí. Alguien sabía que estaba hablando conmigo.
Adrián se inclinó hacia delante.
—¿Te enseñó alguno?
Sofía sacó su teléfono. Buscó una fotografía.
Un mensaje en una pantalla.
NO CONFÍES EN NINGUNA GRABACIÓN QUE RECIBAS.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Cuándo recibió esto?
—Una semana antes de morir.
—¿Sabía quién se lo mandaba?
—No.
—¿Te habló de inteligencia artificial? ¿Fotos manipuladas?
—Dijo que alguien estaba intentando volverlo loco.
Sofía guardó el teléfono.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—¿Por qué has venido tú y no la policía?
Adrián no respondió.
Ella lo entendió.
—No confías en Clara.
—Quiero hacerlo.
—No es lo mismo.
Se levantó.
—Espera. Dijiste que Gabriel te habló de mí.
Sofía se detuvo.
—Sí.
—Yo no sabía quién era.
—Él sí sabía quién eras tú.
—¿Por qué?
Sofía lo miró durante un momento que pareció demasiado largo.
—Porque se reunió contigo.
Adrián se quedó inmóvil.
—Eso no es posible.
—Hace tres días.
—Yo no he visto a Gabriel en mi vida.
—Entonces tienes un problema.
Sofía salió de la cafetería.
Adrián permaneció sentado.
Tres días antes.
Pensó en el martes.
Trabajo. Gimnasio. Casa.
Una tarde corriente.
De regreso a casa, un recuerdo que no conseguía recuperar le dio más miedo que todos los mensajes anónimos.