6 · MATEO SANZ
MATEO SANZ
—Repítelo.
—Adrián…
—Repítelo.
Clara apoyó una mano en el respaldo del sofá.
—Matamos a un hombre.
Adrián se sentó porque de repente no confiaba en sus piernas.
—¿Cómo?
—Fue un accidente.
—Eso no es lo que has dicho.
—Gabriel estaba conmigo. Por eso he dicho matamos.
—Empieza desde el principio.
Fue en octubre de 2011. Habían pasado un fin de semana en una casa rural cerca de Sigüenza con otros amigos. Clara tenía veinte años; Gabriel, veintidós. La última noche discutieron, bebieron más de la cuenta y decidieron marcharse antes que los demás.
—¿Quién conducía?
—Yo.
—¿Habías bebido?
—Sí.
—¿Ibas borracha?
—No lo sé. No me sentía borracha.
—No es lo mismo.
Clara bajó la mirada.
—Era una carretera secundaria. Él apareció delante.
—¿Quién?
—El hombre.
—¿Nombre?
—Mateo Sanz.
—¿Qué hacía en la carretera?
—Andando. No lo sé.
—¿Frenaste?
—Sí.
La respuesta salió demasiado deprisa.
Adrián lo notó.
—¿Murió en el acto?
Clara apretó la mandíbula.
—Pensábamos que sí.
—¿Pensabais?
—Estaba muy mal.
—¿Llamasteis a una ambulancia?
Ella no respondió.
—Joder, Clara.
—Entramos en pánico. Gabriel dijo que si llamábamos me harían la prueba de alcoholemia, que iría a prisión, que mi vida se había acabado.
—¿Y la de él?
La frase quedó flotando entre los dos.
Clara se sentó.
—Sé que no hay explicación que lo arregle.
—No. No la hay.
—Teníamos veinte años.
—Él tenía cuarenta y tres y una familia.
Clara levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes lo de su familia?
—No lo sabía. Lo has confirmado tú.
Ella cerró los ojos.
—Tenía mujer. Y una hija.
—¿Qué hicisteis con el coche?
—Gabriel conocía un taller. Dijimos que habíamos golpeado un animal.
—¿Nunca os investigaron?
—No.
—¿Y os separasteis después?
—Poco a poco. No podíamos vernos sin volver allí.
—Y quince años después reaparece.
—Sí.
—¿Para qué?
Clara tardó un momento.
—Quería ir a la policía.
Adrián la miró.
—¿A confesar?
—Sí.
Aquello encajó con demasiada facilidad.
Gabriel reaparece. Quiere contar un atropello mortal. Muere.
Clara recibe —o envía— llamadas que luego borra.
Y pocas horas después alguien manda un audio en el que ella dice: Lo maté yo.
—¿Y tú querías confesar?
Clara apartó la mirada.
—Tenía miedo.
—No te he preguntado eso.
—Habían pasado quince años. Tengo una vida. Tenemos una vida.
Adrián se puso de pie.
—Mateo también la tenía.
Fue hacia la puerta.
—¿Dónde vas?
—A caminar.
—No puedes contarle esto a nadie todavía.
Adrián se giró muy despacio.
—¿Perdona?
—Solo necesito tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Clara respiró hondo.
—Porque hay otra cosa.
Él esperó.
—Gabriel dijo que alguien sabía lo del atropello.
—¿Quién?
—No lo sabía.
—¿Te estaba chantajeando?
—No.
—Entonces ¿qué quería?
—Decía que habían empezado a mandarle cosas. Fotos de la carretera. Recortes. Detalles que solo nosotros conocíamos.
Adrián sintió frío.
—¿Y qué pensaba hacer?
—Confesar antes de que alguien lo hiciera por nosotros.
—¿Había pruebas?
Clara asintió.
—Dijo que sí.