3 · BORRADOS
BORRADOS
Adrián contó treinta y siete baldosas desde la máquina de café hasta la puerta de la sala de entrevistas.
Las contó dos veces.
La tercera se detuvo en la número veintidós porque Elena Ríos apareció en el pasillo.
—¿Adrián Vega?
—Sí.
—Necesito hablar también con usted.
Clara salió detrás de la inspectora. No miró a Adrián.
Mala señal.
—¿Ha terminado con ella?
—Por ahora.
—¿Qué pasa?
—Después —dijo Clara.
—Clara.
—Después, Adrián.
Ríos lo condujo a la misma habitación.
—¿Conocía a Gabriel Luján?
—Hasta esta mañana no sabía ni que existía.
—¿Su mujer le había hablado de él alguna vez?
—No.
—¿Dónde estuvieron anoche?
—En casa.
—¿Toda la noche?
Adrián pensó un momento.
—Sí.
—¿A qué hora llegaron?
—Sobre las doce y media. Quizá un poco antes.
—¿Salieron después?
—No.
—¿Bebieron?
—Vino cenando. Luego me tomé un whisky.
—¿Medicamentos?
—No.
—¿Su mujer?
—Que yo sepa, no.
Ríos tomó una nota.
Adrián se cansó de la coreografía.
—¿Me puede decir por qué estamos aquí?
—Gabriel Luján recibió una llamada de su mujer hace tres días.
—¿Cómo?
—O él la llamó a ella. Hablaron un minuto y cuarenta y dos segundos.
Adrián se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque Clara dice que no lo conoce.
—Precisamente.
Ríos lo dejó marchar veinte minutos después.
En el coche, Adrián cerró la puerta y no arrancó.
—¿Gabriel te llamó?
Clara miraba hacia delante.
—Eso dicen.
—No te he preguntado eso.
—No recuerdo hablar con él.
—Un minuto y cuarenta y dos segundos.
—¿También te lo ha dicho?
—Sí.
Clara apretó los labios.
—Pues no me acuerdo.
Adrián apoyó una mano en el volante.
—Enséñame el teléfono.
—¿Para qué?
—Para ver la llamada.
—La policía ya la ha visto.
—Yo no.
Clara lo miró.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Convertirme en sospechosa en mi propio coche.
—Dame el teléfono.
Ella se lo entregó.
El historial no mostraba ninguna llamada de aquel número.
—No está.
—Ya.
—La has borrado.
—No.
—Entonces desapareció sola.
—A veces el historial no sincroniza bien.
—Este móvil lo tienes desde hace meses.
Clara estiró la mano.
—Devuélvemelo.
Adrián abrió WhatsApp. No encontró ninguna conversación con el número de Gabriel, pero vio huecos entre fechas, hilos eliminados, pequeños vacíos en una lista que conocía demasiado bien porque Clara ordenaba sus chats como si fueran cajones.
—Has borrado conversaciones.
Ella le quitó el teléfono.
—Todo el mundo borra conversaciones.
—¿Con quién?
—Con gente.
—¿Con Gabriel?
—No.
—¿Entonces con quién?
Clara abrió la puerta.
—Me voy andando.
Adrián le sujetó el antebrazo.
Ella bajó la mirada hacia su mano.
La soltó de inmediato.
—Perdón.
Clara cerró la puerta otra vez.
—No vuelvas a hacer eso.
—Lo siento.
Silencio.
Adrián tragó saliva.
—Solo dime una cosa. ¿Conoces a Gabriel Luján?
Clara tardó exactamente lo suficiente para que la respuesta perdiera valor.
—No.
Adrián arrancó.
No discutió.
No hacía falta.
Antes de marcharse, Ríos le preguntó qué hacía su mujer cuando discutían.
—¿Cómo?
—Si grita. Si se calla. Si se va de casa.
Adrián buscó una respuesta que no sonara a confesión íntima ante una desconocida.
—Limpia.
La inspectora dejó el bolígrafo.
—¿Limpia?
—La encimera, los cristales. Lo que tenga delante. No soporta que algo esté fuera de sitio cuando cree que ha perdido una discusión.
Ríos apuntó dos palabras en un margen.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Porque cuando la he visto esta mañana tenía las manos enrojecidas. Ha dicho que había estado lavando una taza.
Adrián recordó la taza de café desbordándose frente al televisor, la pequeña mancha que había dejado en la madera. Una taza era una explicación suficiente para unas manos rojas. Cualquier explicación habría sido suficiente antes de las 03:17.
—No sé qué pretende encontrar en nuestra casa —dijo.
—De momento, señor Vega, estoy intentando averiguar qué cosas de su casa no se atreve usted a contarme.
Clara le había mentido mirándolo a los ojos. Esta vez no podía echarle la culpa al miedo ni a una mala noche.