2 · EL HOMBRE DE LA TELEVISIÓN
EL HOMbrE DE LA TELEVISIÓN
—Apágalo.
Adrián bajó el volumen, pero dejó la imagen.
—¿Por qué?
—Porque no quiero desayunar viendo un cadáver.
—No se ve el cadáver.
Clara fue a la cocina.
—Sabes a qué me refiero.
Encendió la cafetera y colocó una taza debajo. Le temblaban las manos. Lo notó y las apoyó en la encimera.
Gabriel.
Había envejecido bien. Aquello fue lo primero que pensó y la idea le pareció obscena. Más delgado que la última vez que lo había visto de verdad, canas en las sienes, los ojos iguales.
No debía pensar en él.
No todavía.
Adrián apareció detrás.
—¿Quién es Gabriel Luján?
—Ya te he dicho que no lo conozco.
—Te he preguntado quién es.
Clara se giró.
—¿Vas a empezar con esto?
—¿Con qué?
—Con el interrogatorio.
—Anoche recibo tu voz diciendo que has matado a alguien. Esta mañana aparece un hombre muerto y tú te quedas blanca cuando ves su cara.
—Normal.
—¿Normal?
—Sí. ¿Cómo quieres que reaccione?
Adrián no contestó.
La cafetera terminó. Clara cogió la taza y bebió demasiado pronto. Se quemó la lengua y agradeció el dolor: era una sensación concreta, pequeña, manejable.
Su móvil vibró sobre la mesa.
Número desconocido.
Los dos miraron la pantalla.
La llamada terminó.
Volvió a sonar tres segundos después.
Clara respondió.
—¿Sí?
—¿Clara Salas?
Una mujer. Voz tranquila.
—Sí.
—Buenos días. Soy la inspectora Elena Ríos, de Policía Nacional.
Clara miró a Adrián.
Él entendió por su cara.
—¿Ocurre algo?
—Necesitamos hacerle unas preguntas.
—¿Sobre qué?
La pausa fue mínima.
—Sobre Gabriel Luján.
Clara agarró el borde de la encimera.
—No sé quién es.
Silencio al otro lado.
—Entonces no tardaremos mucho.
La comisaría olía a café recalentado y producto de limpieza. Adrián se quedó en la sala de espera mientras una mujer de pelo corto y camisa azul acompañaba a Clara por un pasillo.
La habitación de entrevistas tenía tres sillas, una mesa y una cámara en una esquina. La inspectora Ríos dejó una carpeta delante de ella.
—¿Necesito abogado?
—Puede marcharse cuando quiera. De momento solo estamos hablando.
—Eso tampoco responde a mi pregunta.
Ríos esbozó una sonrisa breve.
—Si se siente más cómoda con uno, puede llamar a quien quiera.
Clara asintió.
—Hablemos.
Ríos colocó sobre la mesa la fotografía de Gabriel.
—¿Lo reconoce?
—No.
—¿Nunca lo ha visto?
—No que recuerde.
La inspectora sacó una hoja.
—Este es su número de teléfono.
—Sé cuál es mi número.
—Y este es el registro de llamadas del señor Luján.
Una línea estaba marcada en amarillo.
El número de Clara.
Tres días antes.
Duración: 01:42.
Clara notó el calor subirle por el cuello.
—¿Quiere cambiar alguna respuesta?
—No.
—Gabriel Luján la llamó hace tres días.
—Eso parece.
—Hablaron durante un minuto y cuarenta y dos segundos.
—No recuerdo la llamada.
—¿No recuerda haber hablado casi dos minutos con un hombre que ahora está muerto?
—Recibo muchas llamadas.
—¿A las once y trece de la noche?
Clara miró la hoja.
No había reparado en la hora.
—No lo sé.
Ríos apoyó los antebrazos en la mesa.
—Señora Salas, no tengo interés en pillarla en una mentira pequeña. Si existe una explicación sencilla, prefiero escucharla antes de que tengamos que buscar una complicada.
Clara sostuvo su mirada.
—No recuerdo esa llamada.
La inspectora la observó durante unos segundos.
Después sacó una bolsa transparente. Dentro había un teléfono con la pantalla rota.
—Este móvil estaba junto al cuerpo.
Clara lo miró.
—Su número aparecía guardado.
El corazón empezó a golpearle las costillas.
—¿Con qué nombre?
Ríos bajó la vista al informe.
—Clara.