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47 minutos

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Por Carlos Rodriguez

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El móvil vibró contra la mesilla y avanzó un centímetro sobre la madera.

Adrián lo encontró a tientas, sin abrir del todo los ojos. La pantalla le iluminó los dedos.

A su lado, Clara dormía de espaldas, con un pie fuera del edredón.

Era una costumbre de siempre. En once años juntos, Adrián había aprendido a reconocer sus pequeños hábitos mejor que los propios: la forma en que dejaba los vasos a medio llenar, la manía de guardar las llaves en el cuenco equivocado, aquel pie desnudo incluso en diciembre.

Había un mensaje de un número sin nombre ni fotografía. Un audio de ocho segundos.

Pensó en borrarlo. La mayoría de las cosas que llegaban de madrugada solo eran urgentes para quien las enviaba. Sin embargo, el número empezaba por un prefijo español y alguien había elegido precisamente esa hora para buscarlo.

Bajó el volumen hasta la última raya y pulsó el triángulo.

Una respiración. Un golpe metálico, como una puerta que se cerrara a lo lejos.

Después, la voz de su mujer.

—Lo maté yo. Adrián no sabe nada.

El audio terminó.

La casa siguió funcionando como si nadie hubiese dicho nada. El frigorífico se puso en marcha al otro lado del pasillo. Un coche pasó por la calle mojada. Clara cambió de postura, arrugando la funda de la almohada.

Adrián volvió a pulsar reproducir.

—Lo maté yo. Adrián no sabe nada.

Era Clara. No solo por el timbre: en la primera frase había arrastrado apenas la erre, como hacía cuando estaba agotada. Y antes de decir su nombre se oía esa inspiración que él imitaba para hacerla reír.

Se sentó en la cama. Buscó los datos del remitente: un número que no figuraba en sus contactos y que, al intentar llamar, resultó inexistente. Escribió «¿Quién eres?». El mensaje quedó con un único tic.

La palabra «montaje» le proporcionó un alivio pequeño y provisional.

Existían programas capaces de hacer cantar a los muertos y confesar delitos a personas que jamás habían pisado una comisaría.

Hacía una semana le había enseñado a Clara un vídeo falso de un presentador.

Ella se había reído de lo fácil que era caer.

Ahora deseó acordarse de sus palabras exactas.

Encendió la luz.

—Clara.

—Mmm.

—Necesito que escuches algo.

Ella se tapó la cara con la almohada.

—Adrián, son las tres de la mañana.

Él no insistió. Acercó el teléfono, reprodujo el audio y aguardó.

Clara retiró la almohada despacio. La lámpara le marcaba una línea de sueño en la mejilla.

—Otra vez —pidió.

Lo escuchó dos veces más. Luego se incorporó y le quitó el móvil de la mano para mirar el número.

—¿Quién te lo ha mandado?

—Eso te estoy preguntando.

—No soy yo.

—Es tu voz.

—Ya lo he oído.

Adrián observó algo que habría pasado por alto cualquier otro día. Clara había deslizado el pulgar por el borde de la funda hasta hundir la uña en la silicona. Lo hacía cuando estaba a punto de perder la paciencia. O cuando temía perder el control.

—Puede haberlo hecho cualquiera —dijo ella—. Hay grabaciones mías en todas partes.

—¿Quién querría hacerlo?

—No lo sé.

—¿A quién has matado?

Clara lo miró de golpe. Durante un instante, él creyó haber cruzado una frontera que ninguno de los dos sabría desandar.

—No bromees con eso.

—No estoy bromeando.

—Entonces empieza a pensar. Si me conoces, sabes que esa frase no puede ser cierta.

Lo peor fue que Adrián quiso contestar que sí, que la conocía. Quiso hacerlo de inmediato, sin ese hueco humillante entre la pregunta y la respuesta.

Pero aquel hueco existió.

Clara salió de la cama y se acercó a la ventana. Separó la cortina apenas lo suficiente para mirar abajo.

—¿Hay alguien? —preguntó él.

—Un taxi.

—¿Y qué esperabas ver?

Dejó caer la tela.

—No lo sé, Adrián. Me acaban de poner en la boca una confesión de asesinato. Perdona si no reacciono como en tus series.

Tenía razón. O era una manera muy eficaz de conseguir que él se sintiera culpable.

—Mañana iremos a la policía —dijo.

—Mañana. Primero guardamos el archivo original. Nada de reenviarlo a medio mundo. No sabemos quién está detrás.

Adrián abrió la boca para preguntar por qué hablaba como si ya hubiera pensado en todo aquello. No llegó a hacerlo.

—Mañana lo hablamos —dijo Clara—. Te lo prometo.

Apagó la lámpara sin esperar respuesta.

Adrián se quedó con el teléfono sobre el pecho. Escuchó los ocho segundos a las 04:06, a las 04:43 y a las 05:21. Entre una reproducción y otra empezó a prestar atención a lo que había detrás de las palabras. El ruido metálico. La respiración. Algo parecido al roce de una suela contra el suelo.

A las seis y pocos minutos debió de quedarse dormido. Soñó con una puerta que no conseguía cerrar.

Un grito lo arrancó de la cama a las 08:37.

—¡Adrián!

Clara estaba en el salón, descalza, ante el televisor. Sostenía una taza de café por el asa, pero la inclinaba tanto que el líquido le había mojado los dedos. No parecía notarlo.

En la pantalla se veía la rampa de un garaje acordonada con cinta policial. Una periodista hablaba deprisa, con esa voz neutra que empleaban para contarle a todo el mundo que alguien había muerto.

«…el cuerpo fue localizado esta mañana por un empleado de mantenimiento. La Policía Nacional investiga la muerte de un hombre de cuarenta y un años…»

Apareció una fotografía. Un hombre moreno, con barba de tres días y una sonrisa algo torcida.

GAbrIEL LUJÁN, 41 AÑOS.

Adrián miró a su mujer. En la cocina, la cafetera seguía soltando vapor.

—¿Lo conoces?

Clara dejó la taza sobre la mesa. Falló el posavasos y manchó la madera.

—No —dijo.

Adrián miró de nuevo la fotografía. No reconocía al hombre. Pero reconoció el cuidado con que Clara evitaba hacerlo.

—Mírame y repítelo.

Su mujer tardó tanto en levantar los ojos que la presentadora alcanzó a repetir la noticia.

—No sé qué quieres que diga.

Una gota de café resbaló desde el dedo de Clara hasta la alfombra. Ni siquiera intentó limpiarla. Adrián la miró caer. En once años nunca la había visto dejar una mancha sin hacer nada.

Hasta aquella mañana, habría sabido explicar por qué.