Capítulo 22 — La despedida final
(Pasado — Juliana)
El día en que todo terminó, semanas después de la llamada
Vino a ayudarme a empacar las pocas cosas suyas que todavía quedaban dispersas por mi departamento — un suéter gris que siempre robaba de mi clóset, algunos libros con anotaciones en los márgenes, un cargador de teléfono que nunca terminó de devolverme durante meses de relación.
Fue, en su totalidad, un encuentro extrañamente civilizado.
Casi peor, en retrospectiva, que si hubiéramos terminado a gritos.
—Creo que esto es todo —dijo, sosteniendo una caja pequeña de cartón con sus pertenencias, parado junto a la puerta.
—Creo que sí.
Se quedó parado ahí un momento más de lo estrictamente necesario, como si estuviera esperando que alguno de los dos dijera algo que cambiara, en el último instante, el curso completo de lo que estaba a punto de pasar.
—Espero que consigas absolutamente todo lo que quieres, Juliana. De verdad te lo digo.
—Tú también. —Tragué saliva, sintiendo que la voz me temblaba ligeramente—. Espero que finalmente escribas ese libro que siempre decías que ibas a escribir "algún día".
Sonrió, un poco triste, un poco genuino. —Tal vez ahora, sin distracciones, por fin tenga tiempo suficiente.
No lo abracé al despedirnos. Sabía, con una certeza física casi dolorosa, que si lo hacía no sería capaz de dejarlo ir realmente.
En ese momento —equivocada o no, algo que tardaría años en poder evaluar con claridad— pensaba que dejarlo ir sin ningún drama adicional era lo único genuinamente generoso que me quedaba por ofrecerle.
Cerró la puerta con suavidad deliberada, no con un portazo dramático, y ese sonido tan controlado, tan educadamente silencioso, fue exactamente lo que más me dolió de toda la relación completa. Ni siquiera nos permitimos, al final, el consuelo simple de un final ruidoso y catártico.
Me senté en el piso de mi cuarto, exactamente en el mismo lugar donde él solía leerme sus cuentos a las dos de la madrugada, y lloré hasta quedarme completamente sin nada más que llorar, hasta que el cuerpo simplemente se rindió del cansancio.
No sabía, esa noche devastadora, que cinco años después estaríamos parados juntos en un jardín distinto, en la boda de nuestra mejor amiga y su mejor amigo, descubriendo lentamente que tal vez el tiempo no cierra realmente las heridas del todo — solo nos da, con suerte, la oportunidad eventual de mirarlas de frente con más honestidad de la que tuvimos la primera vez.