Capítulo 21 — El jardín, otra vez
(Presente — Juliana)
Lo encontré en el jardín trasero cerca de la medianoche, lejos ya del bullicio de la música y las luces de la recepción, mirando fijamente las mismas velas que yo había estado "encuadrando" mentalmente la noche anterior, en lo que ahora se sentía como una vida completamente distinta.
—Huyendo de la fiesta —dije, acercándome, más como una constatación tranquila que como una pregunta real.
—Necesitaba aire. —Se giró hacia mí, con una expresión que no supe descifrar del todo en la penumbra—. ¿Tú también?
—Algo así. Nicolás está teniendo una conversación fascinante sobre lentes de cámara con el tío de Sebastián. Decidí que era un buen momento para desaparecer discretamente.
Sonrió, un poco, y nos quedamos en silencio un momento — el tipo de silencio que, para mi propia sorpresa, ya no se sentía tan insoportablemente incómodo como el del primer día.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo finalmente, con una honestidad directa muy distinta de la cautela educada con la que nos habíamos tratado mutuamente durante todo el fin de semana—. ¿Eres feliz, Juliana? Con tu vida entera, digo. Con todo lo que has construido desde entonces.
La pregunta me tomó completamente desprevenida, precisamente por su honestidad tan directa.
—Sí —respondí, después de un momento, y era genuinamente verdad—.
Amo mi trabajo. Estoy profundamente orgullosa de lo que construí con mis propias manos.
—Hice una pausa, sintiendo que las siguientes palabras se formaban solas, sin mi permiso consciente—.
Pero a veces, no muy seguido, mientras edito algo de madrugada o mientras vuelvo sola a mi departamento, me pregunto si fue el precio correcto que pagué por todo esto.
—¿El precio de qué, exactamente?
—De nosotros. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas o suavizarlas de alguna manera—. Nunca dejé de preguntarme, en momentos aleatorios durante estos cinco años, si hicimos lo correcto entonces, o si simplemente elegimos lo más fácil de sostener en ese momento específico.
Alejandro se acercó un paso, no lo suficiente como para resultar incómodo, pero sí lo suficiente para que sintiera el peso completo de su atención sobre mí, como en los viejos tiempos que había pasado años intentando, sin mucho éxito, dejar de recordar con tanto detalle.
—Nunca fue fácil —dijo, con una voz baja—. Ninguna parte de aquello fue fácil, ni un solo día. Pero tal vez tienes razón en que fue lo equivocado. He pensado en esto más de lo que probablemente sería saludable admitir, durante más años de los que probablemente debería.
—¿Y a qué conclusión llegaste, después de tanto pensarlo?
—A que ambos actuamos como si renunciar fuera, de alguna manera retorcida, un acto de amor genuino. Como si dejarte ir fuera protegerte de algo. Y ahora creo, con la distancia del tiempo, que en realidad solo fue miedo disfrazado cuidadosamente de nobleza.
Sentí que algo se aflojaba, lentamente, en algún lugar profundo de mi pecho — algo que llevaba cinco años enteros sostenido con una fuerza que ya no sabía si era necesaria.
—Yo también tuve miedo —admití, en voz baja, algo que nunca le había confesado directamente a nadie, ni siquiera a Marcela—. Miedo de convertirme en la persona que te detenía. De volverme, sin proponérmelo, la razón exacta por la que nunca perseguiste completamente lo que realmente querías.
—Nunca fuiste eso, Juliana. Ni por un segundo.
—Tú tampoco fuiste una carga para mí. Nunca lo fuiste, ni siquiera en los momentos más difíciles.
Nos miramos fijamente, ahí en la penumbra del jardín, y por primera vez en cinco años enteros, sentí con una certeza extraña que estábamos, finalmente, hablando exactamente el mismo idioma otra vez.