Capítulo 17 — El día de la boda
(Presente — Juliana)
Camila insistió en que las damas de honor —solo Marcela y yo, un grupo pequeño y deliberado que reflejaba exactamente el tipo de boda íntima que siempre había querido— nos arregláramos juntas en su habitación del hotel esa mañana, con música de fondo y una botella de champán que técnicamente era "solo para brindar", pero que se terminó bastante antes de que empezáramos siquiera a maquillarnos.
—Estás rara —me dijo Marcela, observándome por el espejo mientras Camila hablaba por teléfono con el florista sobre un problema de último minuto con las peonías—. Más rara que el "estoy nerviosa por la boda de mi mejor amiga" normal.
—Estoy perfectamente normal.
—Juliana. Soy tu hermana. Sé exactamente cómo se ve tu cara de "estoy fingiendo estar bien".
Suspiré, rindiéndome ante la inutilidad de mentirle a alguien que me conocía desde que había nacido.
—El padrino de Sebastián es Alejandro.
Marcela dejó de aplicarse rímel a medio camino, con los ojos muy abiertos por el espejo. —¿*El* Alejandro? ¿Tu Alejandro de la universidad?
—Técnicamente ya no es "mi" nada, pero sí. Ese Alejandro.
—¿Y cómo… cómo ha sido eso?
—Incómodo. Catastrófico. Como si el universo tuviera un sentido del humor específicamente diseñado para atormentarme.
—¿O tal vez —dijo Marcela, con esa cautela específica de alguien probando un terreno delicado— el universo tiene un sentido del humor específicamente diseñado para darte una segunda oportunidad que nunca tuviste el valor de pedir por ti misma?
—No empieces.
—No estoy empezando nada. Solo estoy observando patrones.
Camila colgó el teléfono en ese momento, ajena por completo a la conversación, radiante de una forma que hacía imposible no sonreír solo con verla.
—Las peonías van a llegar tarde, pero van a llegar —anunció, sentándose frente al espejo para que empezáramos con su maquillaje—. Absolutamente nada va a arruinar este día. Absolutamente nada.
No supe, en ese momento, si esa afirmación tan segura terminaría siendo verdad o no.
Lo que sí sabía, con una certeza incómoda que se instaló en algún lugar de mi pecho mientras aplicaba delicadamente el maquillaje de mi mejor amiga, era que ese día —fuera lo que fuera que trajera— no iba a ser un día fácil de olvidar.