"SEGUNDAS OPORTUNIDADES" Capítulo 13 — La llamada de once minutos
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Capítulo 13 — La llamada de once minutos

(Pasado — Alejandro)

Un año después de la mudanza

La llamada duró exactamente once minutos. Lo sé con precisión absoluta porque me quedé mirando el reloj de mi teléfono mucho tiempo después de que colgó, como si esos números pudieran, de alguna manera irracional, explicarme algo que las palabras no habían logrado explicar del todo.

—No puedo seguir haciendo esto, Alejandro —dijo Juliana, con una voz que no reconocí del todo, cansada de una forma que se había ido acumulando durante meses sin que ninguno de los dos lo dijera abiertamente—.

No es que no te quiera. Eso nunca ha sido la duda.

Es que ya no sé quién eres en las fotos que me mandas de tu vida nueva, y creo, honestamente, que tú tampoco sabes del todo quién soy yo en la mía.

—Podemos arreglar eso. Podemos hacer el esfuerzo de hablar más, de llamarnos con más frecuencia—

—Ya casi no hablamos, Alejandro, y ambos lo sabemos. Los dos estamos tan absorbidos construyendo nuestras vidas individuales que ya no estoy segura de si estamos construyendo algo juntos, o si solo estamos… coexistiendo a la distancia, con la ilusión conveniente de una relación.

No la contradije. Esa era, precisamente, la parte que más me dolía de toda la conversación: no tenía argumentos sólidos para contradecirla, porque en el fondo sabía que tenía razón.

—No quiero ser la razón por la que dejas ir tu carrera —dije finalmente, pronunciando la frase que había estado guardando durante semanas, esperando el momento "correcto" para decirla, aunque en ese punto ya no existiera ningún momento que pudiera calificarse honestamente de correcto—.

Y no quiero convertirme en tu ancla, Juliana.

Si esto tiene que terminar para que tú puedas avanzar sin esa carga, sin sentir que le debes algo a alguien que no está ahí para ti todos los días…

entonces tal vez, dolorosamente, es exactamente lo que tiene que pasar.

Un silencio largo del otro lado, roto solo por su respiración, que sonaba sospechosamente parecida al llanto contenido con esfuerzo.

—¿De verdad piensas eso? —preguntó finalmente, en una voz mucho más baja de la que había usado hasta ese momento—. ¿O solo lo estás diciendo porque es más fácil rendirse con dignidad que pelear por esto y arriesgarte a perder de todas formas?

No supe, en ese momento, qué responder honestamente.

Tal vez las dos cosas eran ciertas simultáneamente.

Tal vez esa era, exactamente, la clase de persona que yo era entonces: alguien que prefería renunciar con una especie de nobleza tranquila antes que arriesgarse a pelear con todas sus fuerzas y perder de todas formas, humillado y expuesto.

—Te quiero —dije, porque de eso, al menos, estaba completamente seguro, sin ninguna duda posible—. Eso no va a cambiar, sin importar lo que decidamos ahora.

—Yo también te quiero. —Una pausa que se sintió eterna—. Eso tampoco va a ser suficiente esta vez, ¿verdad?

No respondí. No hacía falta ninguna respuesta adicional.

Colgamos sin gritos, sin ningún reproche explícito, sin un último "te odio" que quizás, en retrospectiva, hubiera sido más fácil de superar con el tiempo que la ternura tranquila y devastadora con la que terminamos algo que ambos sabíamos, en el fondo de nuestra conciencia, que llevaba meses terminándose lentamente, sin que ninguno tuviera el valor de decirlo antes.