Capítulo 12 — La visita que no fue igual
(Pasado — Alejandro)
Diez meses después de la mudanza
Juliana vino a visitarme un fin de semana largo, algo que ambos habíamos estado esperando durante semanas con una anticipación que, en retrospectiva, quizás había sido excesiva, una presión silenciosa de que esos cuatro días tenían que ser perfectos, tenían que demostrar que todo seguía intacto entre nosotros.
No lo fueron. No exactamente.
Llegó agotada de un rodaje que se había extendido más de lo previsto, y yo estaba en medio de una revisión editorial urgente que mi editor necesitaba para el lunes.
Pasamos la primera noche, la que se suponía debía ser la más especial, cada uno con la laptop abierta en lados opuestos del sofá, trabajando en silencio, demasiado cansados para fingir el entusiasmo que ambos sabíamos que se esperaba de nosotros.
—Esto no es lo que imaginé cuando planeamos esta visita —dijo ella finalmente, cerrando su laptop con más fuerza de la necesaria.
—Lo sé. Perdón. El plazo de mi editor no se movió solo porque tú vinieras.
—No te estoy culpando por trabajar, Alejandro. Solo digo que esto —hizo un gesto entre los dos, cada uno en su rincón del sofá— no se siente como lo que solíamos ser.
—¿Y qué solíamos ser exactamente?
—No sé. Personas que no necesitaban planear la conexión con tanto esfuerzo. Que simplemente… fluía.
No supe qué responder, porque en el fondo sabía que tenía razón, y admitirlo en voz alta se sentía como reconocer una grieta que ninguno de los dos estaba todavía preparado para examinar de cerca.
Los días siguientes mejoraron, relativamente — paseamos por la ciudad nueva que yo apenas estaba empezando a conocer, cociné para ella la única receta que había aprendido a hacer bien desde la mudanza, nos reímos genuinamente en un par de ocasiones.
Pero debajo de esos buenos momentos, ambos sentíamos, sin decirlo, la sombra de esa primera noche incómoda — la primera vez que la distancia se había sentido, no como un obstáculo temporal que superábamos juntos, sino como algo que estaba, lenta y silenciosamente, cambiando la forma exacta de lo que teníamos.
Cuando la llevé al aeropuerto para su vuelo de regreso, nos abrazamos con la misma fuerza de siempre, pero recuerdo pensar, mientras la veía desaparecer detrás del control de seguridad, que por primera vez sentía un alivio silencioso e inconfesable de tener, otra vez, tiempo y espacio completamente para mí mismo.
Ese pensamiento me asustó tanto que tardé semanas en admitírmelo abiertamente, y meses más en entender que Juliana, del otro lado de la distancia, probablemente había sentido exactamente lo mismo.