Capítulo 11 — Las grietas
(Pasado — Juliana)
Ocho meses después de la mudanza
Al principio, contaba los días. Tenía literalmente un calendario en la pared de mi cuarto donde marcaba con una equis cada noche antes de dormir, contando hacia la próxima visita programada como si fuera una cuenta regresiva hacia algo importante — que lo era, o al menos así se sentía entonces.
Las llamadas seguían siendo diarias los primeros meses.
Después, sin que ninguno de los dos lo decidiera conscientemente, empezaron a espaciarse: de todos los días a cada dos días, de cada dos días a "cuando podamos coincidir los horarios", una frase que sonaba razonable y práctica pero que, con el tiempo, empezó a sentirse como una excusa cómoda para no notar que cada vez teníamos menos que contarnos.
Yo estaba, en ese momento, sumergida en mi primer trabajo real después de graduarme — una productora local que me había contratado casi de inmediato después de ver mi documental de tesis, un golpe de suerte que todavía no terminaba de asimilar del todo.
Los horarios eran implacables: rodajes que se extendían hasta la madrugada, ediciones de último minuto, la presión constante de demostrar que la contratación había sido una decisión correcta.
Alejandro, del otro lado, estaba en su propio proceso intenso: revisiones editoriales interminables, eventos de promoción, la ansiedad específica de un escritor primerizo intentando demostrarse a sí mismo que el éxito inicial no había sido un accidente aislado.
Ambos estábamos, en retrospectiva, construyendo vidas separadas con un entusiasmo genuino, sin darnos cuenta de que cada ladrillo de esa construcción individual era, también, un ladrillo menos en la construcción conjunta que habíamos prometido sostener.
—¿Cómo estuvo tu semana? —le pregunté una noche, durante una de nuestras llamadas cada vez más espaciadas, notando con una punzada de inquietud que la pregunta sonaba genérica, casi formal, como algo que le preguntaría a un conocido lejano en vez de a la persona que se suponía debía conocer mejor que a nadie.
—Ocupada. La de siempre. —Una pausa que se sintió más larga de lo normal—. ¿Y la tuya?
—Igual. Ocupada.
El silencio que siguió no era cómodo. Era el tipo de silencio que se llena, generalmente, con detalles compartidos sobre el día — pero ninguno de los dos parecía tener la energía, esa noche, de generar esos detalles.
—Te extraño —dije finalmente, con una sinceridad que sonó, incluso a mis propios oídos, ligeramente desesperada.
—Yo también te extraño. —Su voz sonaba genuina, pero también cansada, de una forma que iba más allá del cansancio físico de un día largo—. Esto es más difícil de lo que pensé que sería.
—Lo sé.
No dijimos nada más al respecto esa noche.
Colgamos con un "te quiero" que ambos seguíamos sintiendo verdadero, pero que empezaba, sin que ninguno lo admitiera todavía en voz alta, a sentirse insuficiente frente a la magnitud real de lo que la distancia estaba erosionando, silenciosa y constantemente, entre nosotros.