Capítulo 10 — La despedida en el aeropuerto
(Pasado — Juliana)
El día que se fue, insistí en acompañarlo al aeropuerto a pesar de sus protestas de que "no hacía falta, iba a ser más difícil para los dos si alargábamos la despedida innecesariamente".
Fui de todas formas, porque en ese momento no podía imaginar dejarlo ir sin verlo cruzar, físicamente, la puerta de seguridad.
—Vas a llamarme en cuanto aterrices —dije, más como una orden que como una pregunta, aferrada a la manga de su chaqueta como si eso pudiera detener el reloj del aeropuerto.
—En cuanto aterrice. Lo prometo.
—Y me vas a mandar fotos del departamento nuevo, aunque esté completamente vacío y sin muebles.
—Fotos del departamento vacío, prometido.
—Y no vas a olvidarte de mí en medio de toda la emoción de tu nueva vida de escritor famoso.
Se rió, aunque sus ojos también brillaban sospechosamente. —Juliana, es literalmente imposible que me olvide de ti. Eres la persona más memorable que he conocido en toda mi vida, para bien y para mal.
—Eso espero que sea principalmente para bien.
—Abrumadoramente para bien.
Nos quedamos abrazados en medio del área de embarque, ignorando deliberadamente los anuncios repetidos de su vuelo, hasta que ya no pudimos posponerlo más.
—Seis semanas —dijo, con la frente apoyada contra la mía—. Nos vemos en seis semanas, para la primera visita.
—Seis semanas —repetí, como si decirlo en voz alta pudiera hacerlo pasar más rápido.
Lo vi cruzar el control de seguridad, girarse una última vez para saludarme con la mano, y desaparecer finalmente detrás de la fila de pasajeros.
Me quedé ahí, en la terminal vacía de gente conocida, sintiendo por primera vez el peso real y físico de la distancia que estábamos a punto de intentar sostener — sin saber todavía, por supuesto, cuánto de ese peso terminaríamos, con el tiempo, sin poder cargar.