"SEGUNDAS OPORTUNIDADES" Capítulo 9 — El correo que cambió todo
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Capítulo 9 — El correo que cambió todo

(Pasado — Alejandro)

El correo llegó un martes cualquiera, sin ninguna advertencia dramática, mientras estaba sentado en la biblioteca —la misma mesa, casi por costumbre supersticiosa, donde la había conocido dos años antes— terminando una lectura para clase que ya no recuerdo.

Una editorial en otra ciudad —la ciudad, la que todo escritor joven aprende a mencionar con una mezcla de reverencia y anhelo mucho antes de tener una razón real para hacerlo— quería publicar mi primera novela, un manuscrito que había enviado casi como un experimento, sin verdaderas expectativas de respuesta.

Querían que me mudara, al menos los primeros seis meses, para trabajar de cerca con mi editor asignado y participar en el proceso completo de publicación.

Releí el correo cuatro veces antes de estar seguro de que no lo había malinterpretado.

Se lo dije a Juliana esa misma noche, en su cuarto, con el correo todavía abierto en mi teléfono como si necesitara la evidencia física para creerlo yo mismo.

Todavía recuerdo la expresión exacta que cruzó su cara: una fracción de segundo de algo parecido al miedo genuino, inmediatamente cubierta, con una velocidad casi profesional, por la sonrisa más honesta que le había visto en semanas.

—Esto es enorme —dijo, abrazándome con una fuerza que casi nos tira a los dos al piso de su cuarto—. Alejandro, esto es *todo* lo que siempre dijiste que querías.

—Es lejos, Juliana.

—Es una oportunidad real. A veces las oportunidades reales vienen empaquetadas con la palabra "lejos" incluida.

—¿Y nosotros, qué pasa con nosotros?

—Nosotros vamos a estar bien. —Lo dijo con una seguridad tan completa, tan libre de dudas aparentes, que le creí de inmediato, porque quería creerle con desesperación, porque en ese momento específico no tenía absolutamente ninguna razón concreta para no hacerlo—.

La gente hace esto todo el tiempo, Alejandro.

Va a ser difícil, probablemente más difícil de lo que imaginamos ahora mismo, pero va a valer completamente la pena.

No fue difícil al principio. Fue, durante los primeros meses, casi romántico de una manera casi ridícula: las llamadas nocturnas que se extendían hasta que a alguno se le cerraban los ojos sin querer, los mensajes de buenos días enviados desde husos horarios ligeramente distintos, contar los días exactos para las visitas programadas con la anticipación de quien cuenta los días para Navidad.

Me convencí, con la facilidad peligrosa de quien quiere creer algo con toda su voluntad, de que estábamos escribiendo juntos la prueba viviente de que el amor verdadero sobrevive cualquier distancia, cualquier obstáculo logístico, cualquier huso horario incómodo.

No sabía todavía, sentado en mi nuevo departamento diminuto en una ciudad que todavía no sentía como propia, que estaba profundamente equivocado.

No sobre el amor en sí — de eso nunca dudé, ni siquiera en los peores momentos posteriores.

Estaba equivocado sobre lo que la distancia hace, lenta y silenciosamente, sin que ninguno de los dos lo note en el momento exacto en que está ocurriendo, hasta que un día uno se despierta y ya no reconoce del todo el silencio particular que llega del otro lado del teléfono.