Capítulo 8 — El primer te quiero
(Pasado — Alejandro)
Llevábamos cuatro meses cuando finalmente lo dije, en una circunstancia tan poco romántica que todavía, años después, me hacía reír recordarla: los dos empapados bajo una lluvia repentina que nos había atrapado a mitad de camino de vuelta del campus, refugiados bajo el toldo insuficiente de una tienda de conveniencia cerrada, temblando de frío y riéndonos sin control de lo absurdo de la situación.
—Esto es un desastre completo —dijo Juliana, intentando sin éxito exprimir el agua de su cabello—. Voy a oler a lluvia de alcantarilla durante una semana entera.
—Vas a oler a aventura urbana. Es mucho más elegante si lo enmarcas así.
—Eres el único ser humano capaz de hacer que empaparse hasta los huesos suene a algo positivo.
La miré entonces —el rímel ligeramente corrido, el cabello pegado a la cara, temblando de frío pero riendo genuinamente— y sentí que las palabras salían casi sin mi permiso consciente, con una naturalidad que me sorprendió a mí mismo tanto como a ella.
—Te quiero.
Dejó de reír de golpe, mirándome con una expresión que no supe leer del todo en ese primer segundo de silencio absoluto.
—¿Ahora? ¿Me lo dices ahora, empapados debajo de una tienda cerrada, oliendo los dos a alcantarilla?
—Aparentemente sí. El momento se presentó y decidí no dejarlo pasar.
Se rió de nuevo, pero esta vez con los ojos brillantes de una forma distinta. —Yo también te quiero, Alejandro. Aunque hubiera preferido, honestamente, un escenario ligeramente menos húmedo para esta declaración en particular.
—Podemos fingir que pasó en un escenario distinto cuando se lo contemos a la gente.
—Absolutamente no. Esta historia merece contarse exactamente como fue, alcantarilla incluida.
Y así la contamos, durante años, cada vez que alguien preguntaba cómo nos habíamos dicho "te quiero" por primera vez — con el mismo cariño exacto con el que se cuentan las mejores historias, las que se vuelven mejores precisamente por lo poco perfectas que fueron en el momento real.