"SEGUNDAS OPORTUNIDADES" Capítulo 7 — Lo que se construye despacio
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Capítulo 7 — Lo que se construye despacio

(Pasado — Juliana)

Nos volvimos inseparables con una velocidad que ahora, mirando atrás con la ventaja incómoda de la perspectiva, debería haberme parecido al menos un poco alarmante.

Pero a los veinte años nada asusta tanto como debería, y todo se siente, simultáneamente, más urgente y más eterno de lo que en realidad es.

Alejandro tenía la costumbre de leerme fragmentos de lo que escribía a las dos de la mañana, sentado en el piso alfombrado de mi cuarto mientras yo editaba video en mi laptop, con la pantalla iluminándonos a ambos con esa luz azulada particular de las madrugadas de trabajo.

Nunca pedía mi opinión directamente cuando terminaba de leer — solo se quedaba en silencio, esperando, y yo aprendí, con el tiempo, a leer sus silencios con la misma atención con la que leía sus palabras.

—Esto es bueno —le dije una noche, después de que terminara de leer un cuento corto sobre un faro abandonado que dejaba lentamente de funcionar mientras su guardián se negaba a admitirlo—. Es triste. Pero es bueno.

—¿Muy triste?

—La cantidad exacta de triste que se necesita.

Sonrió como si acabara de darle la mejor noticia de su semestre entero, y volvió a inclinarse sobre su libreta para anotar algo, probablemente algún ajuste que se le había ocurrido a partir de mi comentario.

Yo estaba, en esa misma época, terminando mi primer proyecto verdaderamente ambicioso — un documental corto sobre los últimos pescadores artesanales de un pueblo costero, pensado para un festival estudiantil que en ese momento me parecía el evento más importante del universo — y Alejandro se convirtió, sin que ninguno de los dos lo planeara formalmente, en mi editor extraoficial: el que notaba, sin que yo se lo pidiera, qué escena sobraba, cuál transición se sentía forzada, siempre con una razón que, molestamente, terminaba teniendo sentido.

—Tienes buen ojo para esto —le dije una tarde, después de que señalara con precisión quirúrgica el momento exacto donde mi narración perdía fuerza—. Deberías considerar dedicarte a esto en vez de solo a las palabras.

—Las palabras son más baratas. Solo necesito una libreta y un bolígrafo que a veces ni siquiera es mío.

—Un día vas a necesitar más que una libreta, Alejandro.

—Un día —repitió, con una sonrisa suave, como si fuera una promesa silenciosa que estábamos haciendo juntos sin necesidad de decirlo en voz alta — sin ninguno de los dos saber todavía que las promesas hechas a los veinte años rara vez sobreviven intactas, sin modificaciones dolorosas, hasta los veinticinco.

Fue, en retrospectiva, la época más fácil de todas. Antes de que las oportunidades reales empezaran a tocar la puerta. Antes de que "un día" dejara de ser una idea vaga y romántica y se convirtiera en una fecha específica, con un boleto de avión comprado y una dirección nueva escrita en un papel.

Pasábamos los fines de semana explorando la ciudad con la excusa de "investigar locaciones" para mis proyectos, aunque ambos sabíamos que la mitad de esas salidas eran solo pretextos para pasar tiempo juntos sin llamarlo formalmente una cita.

Él llevaba siempre su libreta; yo, siempre mi cámara.

Documentábamos todo, cada uno a su manera, sin saber que estábamos construyendo, sin proponérnoslo del todo, el archivo de recuerdos al que ambos volveríamos, años después, cuando la distancia y el silencio se hubieran convertido en la norma en vez de la excepción.