Capítulo 5 — Los mensajes de después
(Pasado — Juliana)
No le escribí esa misma noche, a pesar de que me quedé despierta otra media hora dándole vueltas a la conversación, reproduciendo mentalmente cada comentario suyo con una atención que no le dedicaba ni a mis propios proyectos.
Esperé, con una disciplina que ahora me parece casi cómica, hasta la tarde siguiente.
*"¿Sobreviviste al ensayo sobre estructuras no lineales?"*, escribí finalmente, borrando y reescribiendo el mensaje al menos cuatro veces antes de decidir que sonaba suficientemente casual.
Su respuesta llegó en menos de diez minutos, algo que en ese momento interpreté, correctamente, como una buena señal.
"Apenas. Tuve que inventar una conclusión completa a las tres de la mañana que probablemente no tiene ningún sentido real. ¿Y tu documental sobre pescadores?"
"Todavía a medio editar. Creo que voy a necesitar otra noche de biblioteca."
"Qué casualidad. Yo también."
No era casualidad, por supuesto — ambos sabíamos exactamente lo que estábamos haciendo, aunque ninguno lo dijera abiertamente todavía.
Esa noche, y las tres siguientes, terminamos sentados en la misma mesa de la biblioteca, oficialmente trabajando cada uno en lo suyo, extraoficialmente encontrando cualquier excusa para interrumpirnos mutuamente con comentarios, preguntas, fragmentos de nuestros respectivos proyectos.
La primera vez que me invitó a algo que no pudiera camuflarse como coincidencia académica fue un jueves, con una torpeza que encontré, para mi sorpresa, completamente encantadora.
—Hay una proyección de cine independiente el sábado —dijo, sin mirarme directamente, fingiendo una concentración exagerada en sus notas—. Del tipo de películas de las que probablemente hablarías en tu ensayo, si tuvieras que escribir uno sobre cine en vez de literatura.
—¿Me estás invitando a una cita usando una excusa académica?
Se puso ligeramente rojo, algo que archivé de inmediato como uno de los datos más útiles que había aprendido sobre él hasta el momento. —Estoy invitándote a ver una película. Lo que decidamos llamarlo después es completamente negociable.
—Acepto los términos de esa negociación.
Fue, sin ninguna exageración retrospectiva, una de las mejores citas de mi vida entera hasta ese momento — no porque la película fuera particularmente memorable (ninguno de los dos, meses después, lograba recordar completamente la trama), sino porque hablamos durante horas después, en un café casi vacío, sobre todo lo que la película nos había hecho pensar, construyendo capa sobre capa esa sensación extraña y maravillosa de haber encontrado a alguien cuya mente funcionaba en una frecuencia compatible con la propia.
Me acompañó de vuelta caminando, y en la puerta de mi residencia, después de un silencio que se sintió cargado de expectativa, finalmente se inclinó y me besó — con una suavidad cuidadosa, casi como si tuviera miedo de romper algo frágil.
—Ha sido, sin lugar a dudas, la mejor cita académica de toda mi carrera universitaria —dije, todavía con la sonrisa pegada a la cara.
—Puedo mejorar la próxima —respondió, y por su expresión supe que hablaba completamente en serio.
Y lo hizo. Una y otra vez, durante los meses siguientes, encontró formas de mejorar cada cita, cada gesto pequeño, hasta que dejé de contar exactamente en qué momento habíamos pasado de "algo nuevo y emocionante" a simplemente "nosotros", sin ninguna fecha específica que marcara la transición, solo la certeza acumulada de que ya no me imaginaba mis días sin él en ellos.