Capítulo 4 — Carpetas en el piso
(Pasado — Alejandro)
Cinco años antes
Hay un tipo específico de biblioteca universitaria a las once de la noche que solo existe para las personas que ya perdieron toda esperanza de dormir a una hora decente: los tubos fluorescentes zumbando bajito, el olor a papel viejo y café frío, el silencio interrumpido solo por el sonido ocasional de páginas pasando.
Yo llevaba ahí desde las siete, rodeado de una montaña de libros que se suponía debía estar analizando para un ensayo sobre estructuras narrativas no lineales, un tema que me había parecido fascinante en la clase y que ahora, seis horas después, se había convertido en una tortura académica sin sentido aparente.
Estaba subrayando la misma frase por tercera vez, sin realmente leerla, cuando alguien dejó caer una torre entera de carpetas justo al lado de mi mesa con un estruendo que hizo que dos personas en la mesa vecina levantaran la vista, molestas.
—Perdón, perdón, perdón —susurró una voz, con ese tono específico de quien pide disculpas mientras ya está resolviendo el problema con las manos—. Juro que normalmente tengo mejor coordinación que esto.
Levanté la vista.
Llevo cinco años intentando describir ese primer momento con precisión exacta, y sigo sin lograrlo del todo, ni siquiera ahora.
Lo más cerca que he llegado es esto: había algo en la forma en que se agachó a recoger sus papeles —rápida, eficiente, sin drama innecesario, como si fuera solo un obstáculo más en una lista mental de pendientes— que me hizo dejar mi bolígrafo sobre la mesa sin pensarlo.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, ya arrodillado junto a ella antes de terminar la pregunta.
—No, está bien, puedo—. Se detuvo a media frase cuando nuestras manos casi se tocaron sobre el mismo papel, uno con diagramas de storyboard dibujados a mano con una letra apretada y nerviosa.
Levantó la vista. Fue la primera vez que vi esos ojos de cerca —oscuros, alertas, con un brillo de cansancio y determinación mezclados— y recuerdo pensar, con la claridad absurda propia de las once de la noche aunque técnicamente todavía no fueran ni las once y media: *esto va a ser un problema. *
—Gracias —dijo, tomando el resto de sus carpetas—. En serio, perdón por el escándalo. Estos son para un proyecto que se supone debía tener organizado desde hace dos semanas.
—No te preocupes. Yo llevo seis horas fingiendo que este ensayo avanza, así que agradezco la distracción.
Sonrió, y algo en esa sonrisa —genuina, un poco cansada, sin ninguna afectación— hizo que decidiera, en una fracción de segundo, que valía la pena arriesgarme a una conversación más larga.
—Se llama Juliana —me dijo, extendiendo la mano con una formalidad que contrastaba divertidamente con el desastre de papeles que acababa de recoger—.
Estudio comunicación audiovisual. Este —señaló las carpetas— es mi proyecto de fin de semestre, un documental corto que se está convirtiendo lentamente en la razón de mi colapso nervioso.
—Alejandro. Literatura. Y por la cara que tienes, entiendo perfectamente la sensación del colapso nervioso inminente.
Se sentó, casi sin preguntar, en la silla vacía frente a mí, extendiendo sus papeles sobre la mesa con la misma precisión militar que había usado para recogerlos del piso.
—¿Qué escribes? —preguntó, mirando mis libros desperdigados.
—Un ensayo sobre estructuras narrativas no lineales que, sinceramente, dejó de tener sentido hace como dos horas.
—Estructuras no lineales. —Sus ojos se iluminaron con un interés genuino—.
Yo hago eso todo el tiempo con mis videos.
Empiezo por el final y trabajo hacia atrás, edito la última escena primero para saber exactamente a dónde tiene que llegar todo lo demás.
¿Eso te sirve para tu ensayo o solo te confundí más?
—Me confundiste más. Pero de una forma que definitivamente quiero seguir explorando.
Se rió —una risa real, sin filtro, la clase de risa que uno recuerda meses después en momentos completamente aleatorios— y algo en mi pecho se acomodó en un lugar que no sabía, hasta ese momento exacto, que estaba desordenado.
No recuerdo con precisión en qué punto exacto dejamos de hablar de nuestros proyectos académicos y empezamos a hablar de todo lo demás: de dónde éramos, de por qué habíamos elegido nuestras carreras, de las películas que nos habían marcado sin razón aparente en la adolescencia.
Sé que la biblioteca cerró a la una de la madrugada y nos sacaron literalmente, entre risas nerviosas, con el guardia de seguridad mirándonos como si fuéramos el problema más ridículo y a la vez más inofensivo de toda su noche.
Sé que caminamos veinte minutos en la dirección completamente equivocada solo porque ninguno de los dos quería ser quien dijera primero "creo que ya deberíamos irnos a dormir".
Hablamos de todo y de nada, con esa facilidad extraña que a veces existe entre dos desconocidos que, por alguna razón inexplicable, sienten que ya se conocían de antes.
Y sé que, cuando finalmente nos despedimos frente a su edificio de residencias, con el cielo empezando a aclararse en ese azul sucio particular de las primeras horas de la madrugada, pensé una cosa con una certeza que rara vez, en los años posteriores, he vuelto a sentir con esa misma pureza:
Quiero volver a verla mañana. Y pasado mañana. Y todos los días después de eso, durante el tiempo que sea posible.
No tenía ninguna forma de saber, esa noche, parado bajo una farola parpadeante mientras la veía entrar a su edificio, que esa certeza duraría años enteros — ni que un día, mucho tiempo después, terminaría siendo exactamente lo que me hizo, con la mejor de las intenciones y el peor de los juicios, dejarla ir.