Capítulo 3 — Presentaciones incómodas
(Presente — Juliana)
No logré evitarlo durante mucho más tiempo.
Las cenas de ensayo, descubrí esa noche con renovado desagrado, tienen la estructura social específica de obligar a todos los presentes a circular, presentarse, conversar con personas que preferirían evitar — todo en nombre de la "cohesión del grupo" antes de la boda.
Sebastián me encontró primero, con esa sonrisa amplia y genuina que lo caracterizaba, la misma que hacía entender perfectamente por qué Camila se había enamorado de él sin remedio.
—¡Juliana! Por fin te encuentro. Camila no ha parado de hablar de lo talentosa que eres con las cámaras.
—Exagera. Solo sé encuadrar bien y editar sin dormir.
—Eso es literalmente todo mi trabajo también, aplicado a las palabras en vez de las imágenes —dijo una voz detrás de Sebastián, y no necesité girarme para saber exactamente de quién se trataba.
Alejandro apareció al lado de su amigo, con las manos en los bolsillos, en esa postura ligeramente incómoda de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar pero se obliga a la cortesía social básica.
—Alejandro, ella es Juliana. Es la mejor amiga de Camila, prácticamente su hermana. Juliana, él es Alejandro, mi mejor amigo de la universidad y el mejor escritor que conozco, aunque él lo negaría con falsa modestia.
—Nos conocemos —dijo Alejandro, con una voz cuidadosamente neutra que no engañó a nadie con algo de percepción, y definitivamente no engañó a Sebastián, cuya expresión pasó de confusión a comprensión repentina en cuestión de segundos.
—Oh. —Sebastián nos miró a ambos, procesando algo—. Oh, *oh*. Tú eres esa Juliana.
—Al parecer, sí —dije, con el tono más neutro que pude fabricar en ese momento.
—Nunca até los cabos. Camila mencionó a su mejor amiga como "Juliana" tantas veces que nunca pensé en preguntar el apellido completo. —Se rascó la nuca, visiblemente incómodo—. Bueno. Esto es… interesante.
—Es una palabra para describirlo —murmuró Alejandro.
Un silencio incómodo se instaló entre los cuatro, roto solo cuando alguien llamó a Sebastián desde el otro lado del jardín para resolver una emergencia relacionada con las sillas de la ceremonia.
—Discúlpenme, tengo que — sí, ya voy — hablamos luego —dijo, retirándose con la velocidad de alguien genuinamente aliviado de tener una excusa para escapar.
Nos quedamos Alejandro y yo, solos, por primera vez en cinco años.
—Te ves bien, Juliana —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
—Tú también te ves… —busqué una palabra que no sonara ni demasiado cálida ni demasiado fría— diferente.
—Cinco años hacen eso, supongo.
—Sí. Supongo que sí.
El silencio que siguió no era del todo cómodo, pero tampoco era completamente hostil. Era el silencio específico de dos personas que se conocieron tan profundamente que ahora no sabían ni por dónde empezar a fingir que no se conocían.
—Escuché que te va increíble —dijo él finalmente, mirando su copa en vez de mirarme a mí directamente—. Camila me contó algo. Productora audiovisual, tu propio estudio.
—Escuché que publicaste tu segundo libro.
—El tercero, en realidad. —Una pausa breve—. El segundo salió hace dos años.
—El tercero. —Sentí algo parecido al orgullo genuino y algo parecido a una tristeza inexplicable, mezclados de una forma que no supe cómo procesar—. Felicidades, de verdad.
—Gracias.
Alguien brindó al otro lado del jardín y todos levantamos las copas por puro reflejo social, y por un segundo, brindando los dos al mismo tiempo sin proponérnoslo, nuestras miradas se cruzaron de verdad por primera vez en toda la noche.
—Esto va a ser un fin de semana largo —dijo él, casi en un susurro, casi hablando consigo mismo.
—El más largo —coincidí, sin poder evitar una pequeña sonrisa involuntaria.
Ninguno de los dos se movió de donde estaba durante un buen rato después de eso.