"SEGUNDAS OPORTUNIDADES" Capítulo 2 — El centro de mesa
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Capítulo 2 — El centro de mesa

(Presente — Juliana)

Llevaba exactamente once minutos en la cena de ensayo cuando decidí que la copa de vino en mi mano era, oficialmente, mi nueva mejor amiga.

El jardín se había transformado por completo desde la tarde: las luces cálidas ya estaban encendidas, proyectando ese resplandor dorado que hacía que hasta las conversaciones más triviales sonaran importantes.

Los invitados —unos cuarenta, calculé, con el ojo entrenado de quien ha organizado suficientes eventos para saber contar cabezas sin proponérselo— se movían entre las mesas con copas en mano, en ese ritual social predecible de las cenas previas a una boda: presentaciones, risas nerviosas, el inevitable primo lejano contando la misma anécdota a tres grupos distintos.

—Estás obsesionada con ese centro de mesa —dijo Camila, apareciendo a mi lado con ese vestido color champán que le quedaba escandalosamente bien para alguien que se casa en menos de veinticuatro horas—. Son solo flores, Juli.

—Estoy encuadrando. Es un acto reflejo, no puedo evitarlo. —Levanté la mano como si sostuviera una cámara imaginaria, cerrando un ojo, calculando la composición perfecta de las peonías blancas contra las velas—. La luz de esas velas es preciosa, por cierto. Alguien hizo bien su trabajo.

—Fue Sebastián. Insistió en que todo fuera "cálido y auténtico", sus palabras exactas, después de ver como quince tableros de Pinterest. —Puso los ojos en blanco con el cariño de quien lleva años enamorada de los detalles ridículos de su prometido—.

Habla con él en algún momento, tiene una lista de reproducción entera para la boda que necesita tu aprobación profesional.

Le dije que tú eras la única persona cuyo criterio musical confiaba plenamente.

—Eso es mucha responsabilidad para una noche que se supone debo pasar relajándome.

—Nunca dije que fuera consistente con mis propias reglas.

Me reí, y por un segundo todo fue exactamente lo que debía ser: el jardín iluminado, el vino frío, mi mejor amiga radiante a un día de casarse con el hombre correcto. Ese tipo de noche que una recuerda después con una nitidez casi dolorosa, precisamente porque todo estaba bien.

Entonces las puertas del salón principal se abrieron.

No sé explicar, ni siquiera ahora con la distancia del tiempo, cómo un cuerpo reconoce a otro antes de que la mente termine de procesarlo conscientemente.

Sentí el cambio en el aire antes de girar la cabeza — como si la temperatura de todo el jardín hubiera bajado dos grados exactos, como si alguna parte primitiva de mi cerebro hubiera captado una señal que el resto de mí todavía no había decodificado.

Y ahí estaba.

Alejandro.

Con un saco oscuro que definitivamente no tenía la última vez que lo vi, más alto de lo que recordaba —o tal vez solo se paraba distinto ahora, con una seguridad que no reconocía del todo—, riendo de algo que le decía Sebastián como si fueran viejos amigos, porque lo eran, porque claro que lo eran, porque el mundo tiene este sentido del humor específico y cruel de juntarte con la única persona que preferirías no volver a ver jamás justo en la boda de tu mejor amiga.

La copa de vino se convirtió, en ese instante, en mi único punto de apoyo emocional disponible.

—Juliana. —La voz de Camila sonaba cautelosa, como quien pisa un piso que podría no estar del todo terminado—. Sé que dije que sería una sorpresa divertida lo del padrino de Sebastián, pero ahora que veo tu cara, no estoy segura de que "divertida" fuera la palabra correcta.

—¿Sabías que él iba a estar aquí? —Mi voz salió más aguda de lo que hubiera querido.

—Lo supe hace dos semanas. —Hizo una mueca genuinamente arrepentida—. Intenté decírtelo como cuatro veces distintas y siempre me acobardé en el último segundo. En mi defensa, ustedes llevan años sin hablar. Pensé, ingenuamente, que tal vez ya no importaba tanto.

Sí importaba. Claramente, catastróficamente, todavía importaba.

Alejandro escogió ese momento exacto —porque el universo, evidentemente, tiene un sentido de la sincronización particularmente cruel— para mirar hacia donde estábamos paradas.

Nuestros ojos se encontraron a través del jardín, sobre las cabezas de cuarenta invitados que no tenían la menor idea de que estaban presenciando, sin saberlo, el peor momento de mi mes, posiblemente de mi año entero.

No sonrió. Yo tampoco.

Simplemente nos quedamos ahí, congelados, durante lo que probablemente fueron dos segundos reales y se sintieron, en mi percepción distorsionada por la adrenalina repentina, como una era geológica completa, hasta que Sebastián le dijo algo al oído y él, finalmente, apartó la mirada.

Primero él. Como siempre.

Terminé la copa de vino de un trago, sin ninguna elegancia.

—Necesito otra —le dije a Camila, ya buscando con la mirada al mesero más cercano—. Y necesito que alguien me explique, con mucha calma y preferiblemente con más vino de por medio, por qué nadie me avisó que iba a pasar un fin de semana entero respirando el mismo aire que mi ex.

—Técnicamente te avisé. Solo que no reaccionaste porque no te lo dije.

—Ese es un argumento terrible, Camila.

—Lo sé. Pero es lo único que tengo ahora mismo.