27.185 Capítulo 32. La frecuencia abierta
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Capítulo 32. La frecuencia abierta

A las cuatro de la madrugada los camiones empezaron a irse.

Lo hicieron uno a uno, sin que nadie se lo pidiera, como se levanta la gente de un velatorio cuando ya no queda nada que decir.

Había dos ambulancias con las puertas abiertas junto al puente, tres coches de la Guardia Civil con las luces azules girando sobre las tapias, y la hilera de cabinas con las luces de avería todavía encendidas, parpadeando a destiempo.

El viento había bajado. No había cesado, pero se había quedado arriba, en las crestas, como un animal que mira desde lejos.

Víctor estaba sentado en el estribo de su tractora, con una manta de aluminio sobre los hombros que alguien le había puesto sin decir nada.

Tenía las tenazas en el regazo. Las manos le temblaban de una manera nueva, sin furia, con la lasitud de los músculos que han estado apretando durante horas y de repente no saben qué hacer.

Había visto a Alba salir del remolque. Había sido un instante.

Una figura delgada, acurrucada contra la pared del fondo, con una manta sucia y el pelo pegado a la cara; unas manos vendadas por el roce, las muñecas hinchadas, unos ojos muy abiertos que buscaron la luz y se pegaron a ella como se pega una planta.

Había intentado ponerse de pie y se le habían doblado las piernas.

Ugarte la había recogido. Ella había mirado por encima del hombro del guardia, hacia el hombre que seguía junto a la puerta con unas tenazas en la mano.

No dijo nada. Levantó dos dedos de la mano derecha, el índice y el corazón, y los bajó sobre el antebrazo del guardia, una vez, dos veces, después una tercera más larga.

Dos cortos. Uno largo.

Nadie más lo vio.

Fermín Cuesta se acercó a las cinco menos veinte, con el gorro de lana en la mano y los ojos enrojecidos. No dijo «me debes una». Dijo:

—Ahora estamos en paz.

—Estamos en paz —dijo Víctor.

Se dieron la mano. Fermín tenía la palma áspera y fría, de quien se pasa la vida enganchando lonas.

El Seco volvió a su cabina sin una palabra, con la llave inglesa todavía en la mano, y a los pocos minutos Costel le trajo un vaso de plástico con café del termo que sabía a regaliz y a gasóleo.

El Zaragozano arrancó el último, dio dos toques de claxon cortos, de despedida, y se perdió cuesta arriba.

Por la radio fija de la tractora, que seguía encendida, el canal 19 se había llenado de voces.

Eran voces de cabina. Soñolientas, divertidas, cansadas.

Alguien decía que «el del mote de pájaro» había cerrado un puente con un camión vacío.

Alguien contestaba que no, que lo había cerrado con tres.

Un rumano gritaba que la niña estaba bien.

Un portugués preguntaba qué niña. Un viejo de Soria, que no había bajado de su cabina, explicaba que a él lo de la bocina le había puesto la piel de gallina, y que hacía treinta y cinco años que no oía el 19 tan lleno.

Víctor escuchó un rato con el vaso entre las manos.

Después se le acercó Lucía, que había llegado en la moto a las cuatro y cuarto, con el aro de cobre a la espalda y la cara hecha un trapo. No dijo nada. Se sentó a su lado en el estribo, con el casco sobre las rodillas, y estuvieron un rato mirando cómo las ambulancias se llevaban a los heridos.

—Anótalo —dijo ella al cabo.

—¿Qué?

—Nada. Que lo anotes. —Y se echó a reír, un ruido roto, sin aire, y se tapó la cara con el casco.

*

El hospital de Calatayud olía a lejía y a café recalentado.

Víctor había estado allí hacía diez años, en una habitación del segundo piso, con una brecha en la cabeza y cuatro días de oscuridad detrás de los ojos.

Entró por la puerta de urgencias a las seis y diez y supo exactamente dónde estaba cada cosa: el mostrador, la máquina de agua, la escalera del fondo.

Su cuerpo se lo dijo sin preguntarle. No le dio tiempo a sentir nada.

Quintana estaba en el pasillo, con la gorra en la mano y la cara de quien lleva veinte horas de pie. Lo condujo hasta una puerta de cristal esmerilado.

—La han puesto en observación. Suero, manta térmica, analítica. Los médicos dicen que está bien: deshidratada, helada, con las manos magulladas. —Se quedó con la mirada baja—. Los padres llegan en dos horas. Ella ha preguntado por usted.

Entró despacio.

La habitación era estrecha y blanca, con una ventana cegada por una persiana y un monitor que daba cifras en verde.

En la cama había una chica sentada con la espalda contra la almohada y las rodillas dobladas bajo una sábana.

Tenía el pelo sucio y recogido en una coleta torcida.

En el flequillo, a un lado, dos mechones violetas, medio deslucidos.

Las manos descansaban sobre la manta, vendadas hasta las muñecas, con los dedos libres.

Tenía los labios agrietados y los ojos de alguien que lleva tiempo sin dormir y no piensa hacerlo.

—Usted es el camionero —dijo.

—Soy Víctor.

—El de la radio. —Lo dijo como se dice el nombre de un instrumento, para comprobar que existía—. Os oí.

Víctor no se movió.

—Las bocinas. Tres. Largas. Pensé que era un error. Pensé que era el viento. —Cerró los ojos un segundo—. Pero eran tres, y cuando son tres no es el viento.

—Éramos muchos.

—Ya me lo ha dicho el guardia. —Se rio, una vez, por la nariz—. Dice que había un gallego con una llave inglesa. Y un rumano. A mí me parecía que no había nadie. Que llevaba casi un mes sola dentro de una caja y que la caja se estaba acabando. —Abrió los ojos—. No es verdad. Había una noria.

—¿Una noria?

—Cada cuatro segundos. Si cuentas cada cuatro segundos tienes compañía. —Se miró las manos—. Tengo que confesarle una cosa.

Se incorporó un poco. Hizo una mueca de dolor en los antebrazos y se quedó quieta, esperando que le pasara.

—Mentí. A los que me tenían. Les dije que el vídeo que grabé se había copiado a una carpeta compartida con mi profesor, con Rober, y que la contraseña solo estaba en mi móvil.

Que Rober la miraba los jueves y que, si me pasaba algo, la vería.

—Tragó—. No existe ninguna carpeta. El vídeo se quedó en el móvil.

El móvil lo pisó uno de ellos, el primer día.

Todo lo que había se perdió. Y yo lo sabía. Lo supe desde que lo dije.

—Lo sé.

—No lo sabía nadie.

—Te ha mantenido con vida casi un mes —dijo Víctor.

—Lo sé. —Se pasó la lengua por los labios—. Si lo hubieran descubierto, me habrían... —No terminó—. Yo no soy valiente. Soy tozuda. Es distinto.

Víctor se sentó en la silla que había junto a la cama. No habló. La chica lo miró durante un rato largo, sin parpadear, con la cabeza ligeramente inclinada, como se mira a un hombre al que se le ha oído la voz por una radio y al que no se esperaba así.

—Hubo uno —dijo por fin—. El del bigote. Me traía pan. Una vez me dejó dos trozos. Otra me dijo que no preguntara, que así duraba más. —Frunció el ceño—. Esta noche, en el camión, me contestó. Le toqué con los nudillos y él... golpeó, desde delante. Mal. Torpe. Pero lo hizo. ¿Está vivo?

—Está vivo.

—¿Lo han cogido?

—Lo han herido. Está en este hospital. —Dudó—. Lo han detenido.

—Ah. —Alba apartó la vista—. Qué asco. —Y luego, más baja—: Dígale que no dejé de contar.

Pasaron casi dos horas de silencios y enfermeras.

Después se oyeron pasos en el pasillo. Una voz de mujer, entrecortada, que preguntaba por una habitación, y otra que contestaba que era aquella.

La chica se tensó. Se pasó la mano vendada por el pelo, una vez, en un gesto de presentación, y miró hacia la puerta con una especie de pánico. Víctor se levantó.

—Es mi madre —dijo ella.

—Lo sé.

—Si le dice que he estado bien, miente.

—No se lo voy a decir.

La puerta se abrió. Una mujer de cuarenta y pocos años, con un jersey de cuello alto que parecía elegido por otra persona y los ojos hundidos de quien no ha dormido desde hace veinticinco noches, se quedó en el umbral con una mano en el marco.

No miró a Víctor. No miró a nadie. Miró a la chica de la cama, y la chica, que había aguantado casi un mes, la miró a ella.

—Mamá.

Víctor salió sin hacer ruido. Cerró la puerta detrás de sí.

A través del cristal esmerilado vio dos siluetas fundirse en una, y oyó, muy bajo, un ruido que no era llanto sino algo anterior al llanto.

Se quedó de pie en el pasillo con la espalda contra la pared, hasta que una enfermera le preguntó si se encontraba bien y él dijo que sí.

*

Sara lo esperaba al final del pasillo, junto a la máquina de agua. Tenía el mismo jersey azul marino, manchado ahora de barro y de otra cosa, y las ojeras de una persona que ha dejado de cuidar cómo se le ve. Llevaba un vaso en cada mano. Le dio uno.

—Gonzalo está arriba, en una cama con un guardia.

Un disparo en el muslo, limpio. Saldrá. —Hablaba en voz baja, de corrido—.

Dani habló antes de que le pusieran las esposas.

No ha dejado de hablar desde entonces. Dice que él no lo hizo.

Que Julián se había tomado las pastillas.

Que Gonzalo le dijo que «lo dejara dormido» y que él solo puso el vaso. —Se quedó callada—. No va a servirle.

—¿Y Tomás?

—Operado. Estable. Un disparo en el hombro; la bala le rozó el cuello al entrar.

Quintana está con él. Ha hablado conmigo a las seis.

Poco, medio dormido. —Miró el agua del vaso—.

De la red habla. De Chema, de Pablo, del parque de camiones, de la nave anexa.

Me ha dado nombres de relevos que no conocíamos.

«Gente de tramo», dice. No sabe los de arriba. Los que no tienen cara.

—¿Y de aquella noche?

—No quiere. —Sara lo miró—. Le he dicho que usted pregunta por la otra, la que salió corriendo del remolque.

Se ha callado y ha cerrado los ojos. Ha vuelto a decir lo mismo que en el puente, con otras palabras: que eso es suyo.

Que no va a hablar de eso con nadie. Que ya ha pagado lo que tenía que pagar y que no quiere que lo busque.

—¿A mí?

—A usted. —Hizo una pausa—. No quiere verle.