Capítulo 32. La frecuencia abierta #2
Víctor apretó el vaso. El plástico crujió.
—Lo entiendo.
—No le pido que lo entienda. —Sara bebió un sorbo—.
Barroso se vistió. Cuando la UCO llamó a su puerta a las seis y cuarenta, preguntó si podía vestirse.
Se puso la corbata. Dijo mi nombre. Solo eso.
«Sara.» —Negó con la cabeza—. Chema, en pijama, con una maleta preparada desde el miércoles.
Pablo, el de las emisoras, en un piso de Azuqueca con tres equipos y una taza de café frío.
Y a las ocho, en su oficina de Guadalajara, con una carpeta abierta sobre la mesa y un bolígrafo de plata sin estrenar —respiró hondo—, Martín Ledesma.
Cuatro horas antes de firmar. Ismael Cortés declaró ayer a las diez en Calatayud, tal como le dije. Ni una palabra menos.
*
El edificio de la Comandancia de Guadalajara, a las tres de la tarde de un viernes, era una casa donde habían movido todos los muebles.
Dos hombres con cazadoras negras y chalecos de la UCO bajaban por la escalera con cajas de cartón llenas de carpetas.
Una joven con guantes de látex catalogaba el contenido de un cajón sobre una mesa plegable.
En una caja abierta, entre tres discos duros y un teléfono, Víctor vio una taza blanca con un perro dibujado en un costado.
Había prestado declaración durante dos horas.
Primero a un comandante de la UCO, un hombre de cincuenta años con voz de maestro, que le preguntó cada dato dos veces, y después a Roldán, en un despacho pequeño del juzgado, con las gafas en la frente y un bolígrafo girando entre los dedos.
Elvira tomaba nota en un portátil, sin levantar la vista.
Víctor ratificó la libreta de tapas azules, que Sara había entregado en su bolsa de pruebas, y entregó el cuaderno de tapas duras con una V.
en el lomo, que había leído una sola vez, entero, y que le costó soltar. La jueza los miró sin tocarlos.
—Señor Salas. ¿Sabía usted lo que transportaba?
—No.
—¿Quiso saberlo?
—No.
El bolígrafo dejó de girar.
—Es usted el primero en contestarme eso sin adornos —dijo Roldán.
Escribió algo. Después levantó la vista—.
Queda usted como investigado, con libertad.
No puedo decirle hoy si hubo dolo; será otro quien lo decida, y no seré yo.
Usted sabe lo que firmó. —Y luego, más bajo, sin cambiar la expresión—: Lo que ha hecho esta noche no borra eso. Pero tampoco lo anula.
Había asentido.
Lasheras había entrado cuando él salía. Llevaba un sobre grande de papel manila bajo el brazo, sellado con cinta, y no lo miró. Se cruzaron en la puerta con una inclinación de cabeza. El cabo entró y la puerta se cerró.
Y ahora estaba en el pasillo de la Comandancia, esperando a Sara, que había ido a firmar unos papeles, con la espalda contra una pared de azulejo verde y un cartel de la Guardia Civil sobre la cabeza. A la derecha, en el fondo del corredor, se abrió una puerta.
Salieron dos agentes de la UCO, uno a cada lado de un hombre con abrigo de lana oscuro y las manos esposadas por delante.
Caminaban despacio, sin tocarlo. Un hombre de cincuenta y ocho años, con la barba recortada, con el pelo cano peinado hacia atrás, el nudo de la corbata impecable y la serenidad de quien ha vuelto a casa de un viaje largo.
Martín lo vio y se detuvo.
Los agentes se detuvieron con él. No hubo órdenes. Se quedaron los tres quietos en el pasillo, bajo los fluorescentes, a seis metros de distancia, mientras alguien arrastraba una caja por el suelo en una habitación contigua.
—Víctor —dijo Martín.
La voz era la de siempre. Cálida, un poco cansada, de hombre que espera encontrar un aliado. No había en ella ni rencor ni miedo. Sonrió, con tristeza, como se sonríe a un viejo conocido en un entierro.
—Me han dicho que anoche estuviste muy bien.
Víctor no contestó.
—Yo nunca abrí una puerta —dijo Martín, y lo dijo sin énfasis, con el tono de quien aclara una cuestión de procedimiento—. En treinta años, ninguna. Nunca puse la mano en un remolque ni en un precinto. Pregunta a quien quieras.
Había un silencio. Los agentes miraban al suelo. Víctor se apartó de la pared.
—Lo sé —dijo—. Por eso estás aquí.
Martín lo miró un momento más. Algo cruzó por su cara, una sombra pequeña, la de alguien que oye una frase en una lengua que creía conocer y descubre que significa otra cosa.
Después hizo un gesto leve con la cabeza, como el de quien acepta un cambio, y los agentes lo condujeron hacia la escalera.
Sus pasos se alejaron por el pasillo. Víctor se quedó escuchándolos hasta que dejaron de oírse.
A las doce y cuarenta, le contó Lucía por teléfono, en una notaría de la calle Serrano, tres abogados con corbata azul habían esperado cuarenta minutos a un hombre que no iba a llegar.
A la una y diez, el grupo europeo había hecho público un comunicado de dos líneas.
La venta quedaba suspendida a la espera de aclarar la situación de la sociedad.
El bolígrafo de plata seguía sin estrenar.
*
Sara salió a las cuatro con una carpeta bajo el brazo y se sentó a su lado en el banco del pasillo. Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió ya no parecía la mujer de las ojeras: parecía una persona que había dejado de esperar algo.
—Mañana tendré en mi mesa un expediente disciplinario —dijo—. Por entrar en Zaragoza sin orden. Por no avisar al jefe de la unidad. Por mentirle a un capitán. La jueza ha dicho que firmará lo que haga falta. No sé si llegará.
—Lo siento.
—No lo sienta. Lo volvería a hacer. —Cogió aire—. Usted desobedeció una orden directa. Le dije que se alejara del camión y corrió treinta metros hacia el remolque. Podían haberle matado en esos treinta metros.
—Lo sé.
—No es un héroe. —No lo dijo con dureza—.
Es un testigo. Es lo que necesitaba. Ahora lo que tengo es una libreta, una escucha, una grabación de anoche con el pulsador de Tomás y cuarenta y siete portes documentados.
Con eso se hunde una célula. —Miró el techo—.
No la red. Logística Ribota seguirá existiendo con otro administrador.
Los clientes finales, los que recibían del otro lado del relevo, no tienen cara.
Tomás no los conoce. Martín no los nombrará. Alguien tomará el relevo de un relevo.
—¿Y entonces?
—Entonces mañana habrá otro Ismael. —Se frotó los ojos—. Pero esta noche hay una niña con su madre.
Se quedaron un rato sin hablar. Pasaba gente por el pasillo con cajas.
—Tardé tres semanas en dejar de creerle a medias —dijo Sara al fin—. Ahora creo la mitad. La otra mitad no puedo. Es lo que hay.
—Es lo que hay.
Ella se levantó. Le tendió la mano. Víctor se la estrechó, y fue un apretón corto, firme, de dos personas que han hecho un trabajo juntas y no tienen otra cosa que decirse. Sara sacó del bolsillo un pendrive del tamaño de una uña.
—La UCO ha entrado hoy en la Nave 3. Detrás de un panel de la oficina del fondo había un aparato con un temporizador y una antena.
Lo que sonaba a las doce de la noche. —Se lo puso en la palma—.
Es la grabación original. No la que usted oyó: la entera.
Se la entrego yo, no la jueza. No tengo autorización. Mañana se la quito.
Víctor cerró la mano.
*
Dos guardias de Tráfico habían devuelto la tractora al solar de Alcalá, y una patrulla lo llevó hasta allí a media tarde.
Nadie lo siguió. Entró en el solar con la luz ya baja, saludó al guarda con un gesto, puso la tractora al fondo, de cara a la valla, y apagó el motor.
El silencio de la cabina cayó sobre él como una manta.
Fuera, las farolas se encendieron una a una.
No comprobó el cierre del remolque. No abrió la cortina de la litera.
Se quedó un rato quieto con las manos sobre las rodillas. Después sacó el móvil, conectó el pendrive con el cable adaptador, buscó el único archivo y lo abrió.
Primero sonó el ruido de una habitación.
Un clic de lámpara. Una respiración, la de alguien a medio despertar.
Después, muy cerca del auricular, una voz de mujer que decía: «Venga, Elena.
Venga.» Y luego, sí, la frase conocida, entera, la de treinta y ocho segundos, la de las doce de la noche en una nave vacía.
— Víctor, me ha llamado Tomás. Dice que no vayas a la Guardia Civil, que él lo arregla. ¿Qué has visto? Llámame. Ven a casa, que el cierzo no perdona.
Hubo una pausa. Dos, tres segundos de silencio con el ruido blanco de un teléfono. Y entonces, más bajo, ya sin prisa, con la voz de las cosas que se dicen cuando se piensa que nadie va a oírlas:
— Y no tardes.
Después, la locutora enlatada de la operadora: Fin del mensaje. Recibido el viernes, veintiséis de octubre, a las dos y diecinueve.
Víctor no se movió. La cabina se había quedado a oscuras. Fuera, una farola proyectaba sobre el parabrisas un cono de luz naranja, y en él, de vez en cuando, pasaba una polilla.
—Ya voy a casa —dijo.
Lo dijo en voz alta, en la cabina vacía, con una voz que le sonó extraña, la de un hombre que habla por primera vez en mucho tiempo.
No esperó respuesta. Alargó la mano hacia la emisora fija.
El 19 estaba encendido, bajo, con su lluvia fina de siempre, y debajo de la lluvia, a lo lejos, una voz de camionero preguntaba si alguien había visto a un tal Mochuelo.
Lo escuchó un momento.
Y pulsó el botón de apagado, sin prisa, con el pulgar. El zumbido se cortó. La luz verde del cuadro se fue. Por primera vez en treinta años no tuvo miedo del silencio.