27.185 Capítulo 31. La última parada #3
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Capítulo 31. La última parada #3

Eran más de treinta metros. Los hizo agachado, con una mano en el costado del remolque y la otra en el bolsillo, entre el muro y la chapa, con la grava saltándole bajo las botas.

Oyó un grito detrás. Alguien le gritó su nombre.

No se detuvo. Pasó por delante de la cabina de Tomás sin mirar.

Pasó junto al guardabarros trasero. Dobló la esquina del remolque y se encontró de pronto en la oscuridad, a la sombra de la caja, con las luces de la furgoneta muy cerca y el ruido de la gente tirado a su espalda como un abrigo.

La puerta estaba allí. Chapa blanca, desconchada en la esquina. La barra de hierro, fría, gruesa, gastada por el uso de otras manos. Debajo, en la argolla, colgando de su alambre de tres vueltas, un disco de plomo.

Lo miró un segundo. Un número estampado. No lo leyó.

En el interior del remolque, a través del metal, sonaba un golpe de nudillos. Dos cortos. Uno largo.

Sacó las tenazas del bolsillo. Eran largas, de mango de goma. Pesaban en la mano como un hueso. Abrió las mordazas. Las colocó sobre el alambre.

Las puertas no se abren en ruta.

Y en ese instante, a su espalda, en lo alto de la cañada, el Seco apretó el claxon.

Fue un bocinazo largo, grave, de camión, que llenó el valle.

Detrás de él vino otro, el de Costel, y otro, el del Zaragozano, y otro, el de un chaval de veinticuatro años con una cuba de leche, y otro, y otro, hasta que el aire entero de la cañada se convirtió en un solo bramido ancho y sostenido.

Tres veces. Tres largos. En el bolsillo, la Midland empezó a repetir, a una distancia de milímetros, un coro de bocinas.

Víctor cerró las manos.

El alambre cedió con un crujido seco y limpio, como el de una nuez entre los dedos. Puso el hombro contra la barra. La barra subió. La puerta se movió.

*

Había contado durante horas. Había perdido la cuenta tres veces y la había retomado.

Cuatro tiempos. Si pierdes la cuenta, pierdes la cabeza.

Era lo que decía Rober en el aula pequeña de Pulso , con las baquetas cruzadas sobre la rodilla y la sonrisa de quien enseña un truco muy viejo: no se cuenta el tiempo, se cuenta uno dentro del tiempo.

Ella contaba. Contaba cuando se ponía el motor en marcha, cuando se paraba, cuando alguien abría una puerta que no era la suya y le dejaba pan.

Contaba el golpe de la noria, la campana, las rondas, los siete minutos, los veintiuno.

Contaba lo que había hecho el hombre del bigote cuando había dicho no preguntes .

Contaba su propia mentira, la carpeta compartida, la contraseña que se le había olvidado, sostenida cada vez que le preguntaban, con la voz de la que se sabe de memoria una pieza que no ha tocado nunca.

Estaba a oscuras. Estaba sentada en el suelo de madera, con la espalda contra la pared de chapa y las rodillas pegadas al pecho, y el cuerpo se le movía con el balanceo del remolque como el de una niña en una cuna rota.

Hacía frío. Olía a hierro y a aceite y a su propio miedo, que ya no le olía.

Había dejado de oírse la respiración desde hacía rato.

Tocaba. Era lo único que le quedaba. Con los nudillos de la mano derecha contra la pared, dos cortos y uno largo, cada cuatro compases, la figura que había hecho tantas veces que ya no sabía si la tocaba ella o la tocaba el aire. No para que la oyera nadie. Para no desaparecer.

Cuatro tiempos. Dos cortos, uno largo.

Hacía un rato, en algún momento que no habría sabido fechar, alguien le había contestado.

No desde fuera. Desde la parte de delante, del lado de la cabina.

Un golpe pequeño, contra la chapa fina que separaba el remolque de la cabina, tan flojo que casi lo confundió con el motor.

Dos cortos. Uno largo. Sin ritmo, torpe, con la intención clara de quien copia algo que ha oído, con las manos duras, para decir estoy aquí .

Alba se había quedado inmóvil. Después había repetido la figura.

Y el otro la había vuelto a repetir. Fueron tres veces.

No sabía quién era. No sabía si era el hombre del bigote.

Sólo sabía que alguien, en ese momento, en algún lugar de aquella caja de metal, tocaba con ella.

Luego, el camión se había parado. Había oído voces, lejos.

Un grito que no entendió. Un golpe seco, enorme, que reconoció como el ruido de un platillo cuando se rompe, pero hueco, de plomo.

Otros dos más. Y de pronto, por todas partes, un estruendo que le entró por los pies.

Un bramido largo, grave, que hizo vibrar el suelo, las paredes, los huesos del pecho.

Eran bocinas. No lo sabía, pero lo supo.

Eran tres, muy largas, como un compás de tres tiempos sostenidos, y ella no conocía la partitura pero reconoció, sin saber cómo, que estaban tocadas para ella.

Se puso de rodillas.

Fuera, alguien corría. Alguien se detuvo justo al otro lado de la puerta. Oyó el roce de unas botas en la grava, una respiración rota. Un metal frío golpeó el metal. Un chasquido seco, limpio, como el de una nuez.

La puerta se movió.

Alba dejó de contar.

Y luego, la luz.