27.185 Capítulo 31. La última parada #2
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Capítulo 31. La última parada #2

La tractora paró detrás, con un siseo largo.

La furgoneta, más atrás, se detuvo cuando sus faros iluminaron el costado del remolque, y Víctor vio, por un segundo, algo moverse en la oscuridad entre los chopos: una silueta, otra, de agentes que se acercaban con las linternas apagadas.

Del lado de la cuesta, en lo alto, dos faros más, azules, que no emitían nada.

Un patrulla de Tráfico, parado en seco, cerrando la carretera por detrás de la furgoneta.

Lasheras había salido de los pinos. Detrás de la furgoneta, los camiones del Seco encendieron las luces de avería y cerraron el carril junto a la patrulla.

La portezuela del SUV se abrió. Bajó un hombre.

No era alto, pero ocupaba mucho sitio. Cuarenta años, hombros anchos, pelo muy corto, una cazadora de cuero negro y un paso de patio de cuartel. Llevaba la mano derecha pegada al muslo, y en la mano, sin levantarla, una pistola. No la apuntaba a nada. La llevaba como se lleva una linterna.

—Mueve el camión —dijo.

La voz era seca. No gritaba. El que manda, pensó Víctor.

—No puedo —dijo—. Se ha averiado.

—Mueve el camión. No me hagas repetirlo.

—Es el cierzo. Se me ha cruzado en la bajada. —Habló con voz tranquila, la voz de un camionero con un problema—. Han ido a por una grúa. Hay otros delante de mí. Si quieres pasar, tienes que esperar.

De la furgoneta salió otro hombre. Joven, delgado, con una capucha puesta y la cara redonda de un chaval de pueblo.

Llevaba también una pistola, más baja, y miró hacia atrás con un gesto de animal.

Víctor lo vio ver la patrulla de Tráfico.

Lo vio ver las sombras entre los chopos. Se obligó a no mirarle más.

El de la cazadora de cuero había mirado atrás también.

—Dani —dijo sin volver la cabeza—. Cuántos.

—No sé. Dos coches. Quizá más.

— Guardia Civil.

La voz de Sara llegó desde atrás, amplificada por un megáfono pequeño, fría, clara, y rebotó en las tapias hasta quedarse suspendida sobre el río. Estamos todos. Están rodeados. Suelten las armas y pongan las manos donde pueda verlas.

Nadie se movió.

En la cabina de la tractora, a la altura de los faros, una ventanilla bajó despacio.

Víctor vio asomar una mano morena, una gorra de visera, una cara.

Cincuenta y cinco años. El bigote entrecano.

Las arrugas alrededor de los ojos pequeños y bromistas, ahora hundidas, amarillas por la luz del cuadro.

Tomás miraba el puente, el camión atravesado, las luces de avería, y por último a él.

—Mochuelito —dijo.

Se le doblaron un poco las rodillas.

Diez años. Una voz con la flema de siempre, tranquila, que no quería asustar a nadie. Tenía la mano izquierda sobre el volante. Y en el salpicadero, detrás del parabrisas, Víctor distinguió una forma negra, un micrófono de mano con el cable en espiral, y una cinta aislante rodeando el pulsador.

—Tomás —dijo.

—Qué cara —murmuró el otro—. Pareces un cura.

Víctor dio un paso. No supo quién se lo ordenaba. Dio otro, hacia la tractora, hacia la ventanilla, a pesar de los quince metros que lo separaban y de la pistola del de la cazadora de cuero, que se había movido un poco hacia su costado.

—¿Y la otra? —preguntó.

La palabra salió sin que la preparara. No era la pregunta que había planeado. Era la que le quemaba desde que había visto a una chica descalza saltar de un remolque y apartarlo con el hombro, hacia los pinos, con un hombre de gorra corriendo tras ella.

—¿La que salió corriendo? —dijo—. ¿Qué pasó con ella?

Tomás lo miró. Algo se movió detrás de su cara. No era miedo. Era un cansancio de diez años que se ponía en pie.

—Eso es mío —dijo.

Y en el bolsillo de la cazadora de Víctor, medio segundo más tarde, la Midland repitió con una voz diminuta y metálica, con un eco de cabina y de motor:

— Eso es mío.

El de la cazadora de cuero se quedó quieto.

Hubo un instante largo en el que el viento no sopló.

Víctor lo vio ladear la cabeza, como un perro al que le hablan desde detrás de una pared.

Lo vio mirar a Tomás. Lo vio mirar la Midland que asomaba del bolsillo.

Y lo vio comprender, de una sola vez, con una especie de lentitud horrible, lo que llevaba una hora sonando a su espalda: el motor, el chasis, el roce de la lona, los golpes, la respiración de los dos hombres, su propia voz diciendo mueve el camión , repetida un instante más tarde, en un canal que no era el suyo, a través de una radio con el pulsador bloqueado.

—Hijo de puta —dijo el de la cazadora de cuero.

Levantó el brazo.

El disparo fue un golpe seco, enorme, que no dejó eco.

Tomás se echó hacia atrás en el asiento con la gorra todavía en la cabeza, y la mano que tenía en el volante resbaló por el cuero y se quedó colgando.

En la radio, en el bolsillo de Víctor, el disparo se repitió, deformado, diminuto, y debajo se oyó cómo una cabina entera se llenaba de un solo aliento.

— ¡Al suelo! —gritó Sara—. ¡Al suelo, ya!

Víctor oyó gritos. Oyó un segundo disparo y un tercero, y algo duro que golpeaba la piedra del puente, y el ruido hueco de un cuerpo contra el paragolpes.

Alguien dijo suelta eso . Alguien dijo no te muevas .

Lasheras gritaba una orden y Ugarte otra.

Cegado por los faros, con el corazón en las costillas, vio al de la cazadora de cuero caer de rodillas con un brazo agarrándose el muslo y la pistola rodando por el asfalto.

Vio a Dani correr hacia el fondo de la cuneta con las manos vacías, sin dirección, hacia los chopos, y tropezar, y quedarse tumbado en el barro con los brazos extendidos como un niño en una nevada.

Vio agentes. Vio linternas, voces, el reflejo de un arma en una mano.

Más arriba, junto a la patrulla, el Seco bajaba de la cabina con una llave inglesa y Costel lo agarraba por el brazo.

Y vio, a su derecha, a lo largo del flanco de la tractora, la pared de chapa blanca del remolque. Las bisagras. La barra de hierro. En la argolla del cierre, un disco gris.

Corrió.

*