Capítulo 31. La última parada
—Se mueve —dijo Lucía.
—Sale de un aparcamiento. A cuarenta kilómetros, al oeste.
—Giró el aro un grado con la punta del dedo—.
No debería oírlo a cuarenta kilómetros, y lo oigo.
Es la noche: aire frío y seco, sin una nube, que lleva la señal más lejos de lo normal.
No te fíes de la distancia, fíate de la dirección: doscientos setenta grados.
Y se mueve. Hay tres motores. Uno es el que emite.
Los otros dos suenan fuera, por detrás y por delante.
—El SUV, la tractora y la furgoneta.
—Eso supongo.
Víctor miró el reloj del cuadro. La una y doce.
Afuera, el viento había pasado de ser una presencia a ser una fuerza, y empujaba el remolque contra los amarres con un gemido grave, de barco.
Las luces de gálibo de los nueve camiones del área se movían unas contra otras, como las de una flota.
Dos conductores se habían bajado y fumaban a resguardo de una cabina, encogidos, con las capuchas puestas.
Sacó de debajo del asiento del conductor las tenazas largas de mango de goma y las metió en el bolsillo grande de la cazadora, con los mangos asomando. Tardó más de lo necesario en cerrar la cremallera.
—Voy a bajar —dijo.
—Lo sé.
—Sara dijo que iba a llamar a las…
—Sara dijo que llamaras primero. —Lucía no le miró—. Pues llama.
Cogió el micrófono de la emisora fija. Era el de mano, con el cable en espiral, el que había tenido entre los dedos durante treinta años sin pensar en qué hacía con él. Notó el pulsador gastado por un pulgar de muchos años. El pulgar era el suyo. Lo dejó apoyado.
Pensó que no sabía cómo se hacía aquello.
Pensó que lo que estaba a punto de hacer no estaba en ninguna libreta.
En el 19 se oía una especie de zumbido de voces aburridas: el Zaragozano, que preguntaba otra vez por Calatayud; un portugués que contaba cuántas horas llevaba parado; un conductor de una cuba que se quejaba del frío; un chaval que se reía de un chiste.
Cientos de cabinas, quizá, en todo el valle, en los arcenes, en las áreas, detenidas por una prohibición de la DGT, con la emisora encendida por no tener nada mejor que hacer.
Hacía años que nadie decía nada importante en el 19.
Pulsó.
—Aquí Mochuelo.
El zumbido se interrumpió. No del todo. Se oyó un clic, un roce, la respiración de alguien que se había quedado con el pulgar en el aire.
—Aquí Mochuelo —repitió, más despacio—. Necesito camiones atravesados en la Cañada Honda. Antes del Puente de Ribota, en la vieja N-II. Por la vía de servicio del 226, hacia abajo. Dentro de un remolque va una chica. —Tragó—. Una chica de diecisiete años. Alba Serrano, la de la tele.
Soltó el pulsador.
El silencio duró ocho segundos. Los contó.
Era un silencio de cabina, hecho de motores apagados y de decisiones que cada cual toma solo.
Pensó que ya estaba. Pensó que había pedido a trescientas personas desconocidas, en una noche de cierzo, que se metieran por un camino sin cámaras, y que lo normal era no oír nada.
— Aquí el Seco.
Era una voz de gallego, grave, tranquila, que Víctor había oído mil veces en la barra de El Mirador pidiendo un café con leche en vaso.
— Mochuelo, hostia. Soy el del Mirador. Estoy en el 205, en la fila. ¿Qué hace falta?
—Cualquier cosa que pese —dijo Víctor—. Atravesada. Con las luces de avería. Y no os bajéis.
— Voy.
Otro clic.
— Aquí Costel. Rumano. Voy a Valencia con lácteos. Estoy en el 205 también. Yo oí el tema de la niña. En la tele. En mi casa. —Una respiración—. Voy detrás del Seco.
— Aquí el Zaragozano. Estoy en el 232, en el arcén, pasado Calatayud. Yo voy al puente por la vieja, es un momento. Dime dónde.
— Aquí Iván. Tengo veinticuatro años y una cuba de leche. —Un chaval, con el timbre desafinado de los que se acaban de hacer hombres y se sienten ridículos por ello—. Si hay que cruzar la nacional, cruzo.
Y luego, entre dos voces, una más baja, ronca, de un hombre que se aclaró la garganta antes de hablar.
— Mochuelo. Soy Fermín. Fermín Cuesta. —Un silencio—. El del silo. Te debo una.
Víctor cerró los ojos un instante. Pensó en una barra de hierro, en un gorro de lana, en un guardia joven que temblaba con una pistola, en una mano suya extendida.
—Fermín. ¿Dónde estás?
— Pasado Calatayud también. Con el Zaragozano. Con tres más. Vamos a por ti.
—Poned el 20 también —dijo Víctor, y se oyó decirlo con una voz que no era suya, la voz del que habla a un pelotón—. Los que tengáis una segunda emisora. El 27,205. Vais a oír el motor del remolque. Vais a oír a la chica. Cuando yo diga, tres bocinazos largos. Que sepa que estáis.
— Tres largos. —El Seco—. Recibido.
Era la palabra. Era la palabra de la que había vivido treinta años sin saber para qué servía.
Víctor soltó el micrófono, abrió la puerta, se bajó, y por primera vez desde que tenía memoria no comprobó el cierre del remolque.
*
La vía de servicio del 226 bajaba en curvas hacia la oscuridad con los cortos encendidos y el limpiaparabrisas inútil contra un aire que no llevaba agua.
Cuando las paredes de la cañada se cerraron a los lados, el viento dejó de golpear con la mano abierta y empezó a gemir en lo alto, en las crestas, como una cosa que ha perdido a su dueño.
Bajó a segunda. Puso el freno motor. Por el retrovisor, a lo lejos, vio que se encendía una luz de gálibo, y otra, y una tercera: el Seco, Costel y un camión sin nombre habían abandonado el 205 en fila.
La Midland, sobre el salpicadero, sonaba en el 20.
El motor. El chasis. El golpe de nudillos.
A veces el roce de una tela, un resoplido de hombre mayor, el clic de un mechero que no encendía.
Y en un momento, a la una y cuarenta y ocho, algo nuevo: un golpe de nudillos contra metal, también, pero no en la caja.
Más cerca del micrófono. Más seco. Dos cortos y uno largo.
Víctor se quedó con el pie en el aire.
Lo había hecho alguien más. Alguien, en la cabina, junto al micrófono, había contestado con los nudillos a la figura de la chica. No con una pared: con una mano. Lo repitió. Dos cortos y uno largo. Y en la caja, desde lejos, a través del metal, llegó la respuesta.
— Víctor —dijo la voz de Lucía en el 19, entre ruidos de aro y de ventosa—.
El convoy ha pasado el 205 por la vieja, tres kilómetros al sur.
Lo he visto a la una y cuarenta y nueve.
Son tres vehículos. Un SUV oscuro, delante.
Una tractora con remolque cerrado en medio.
Una furgoneta blanca, detrás. Van a sesenta con el viento.
A este ritmo cruzan el ramal de la Venta a las dos y cinco.
—Recibido.
— Y Víctor. —Lucía tardó—. El de la cabina está tocando con ella. Lo oyes.
—Lo oigo.
— Anótalo —dijo ella, con la voz rota—. Anótalo como lo que es.
Llegó al fondo de la cañada a las dos menos diez. El camino se estrechó entre tapias de piedra seca con los chopos desnudos de un lado y el río del otro. El agua sonaba abajo, invisible, con un correr ancho y frío. Al fondo, bajo las lámparas amarillas de unas farolas viejas, apareció el puente.
Era más pequeño de lo que recordaba. Un solo arco de piedra rojiza, bajo, con un lomo en el centro que levantaba la calzada como un espinazo, y los pretiles de sillería a la altura de una persona sentada.
Tenía el ancho justo para un camión. Más allá, la carretera subía en curva y se perdía.
A los lados, las tapias llegaban hasta la boca misma del puente y se cerraban sobre ella.
Maniobró despacio. Metió la tractora hasta el pretil derecho y fue girándola, y el remolque la siguió con un quejido, y la caja vacía fue cruzándose en la boca del puente hasta que el conjunto quedó atravesado de punta a punta, tocando el muro con un lado y el pretil con el otro.
Puso las luces de avería. Cortó el motor.
En el silencio nuevo, el río y el viento. Y, en la radio, golpes de nudillos.
A las dos y cuatro llegaron los camiones.
Los vio por el retrovisor, en la cuesta: tres focos grandes, que se agrandaron en el aire, bajaron entre las tapias con un rugido de frenos de motor, y se pararon uno detrás de otro en la curva de arriba, a trescientos metros, pegados al talud y con las luces apagadas, dejando libre el carril.
El Seco bajó de la cabina de un salto y levantó el brazo.
Costel hizo lo mismo. Detrás vino un cuarto, un quinto.
Y por el lado del puente, desde Calatayud, llegaron otros dos, los del arcén: una cuba con letras de una lechería y un tráiler de carga con una lona azul.
Del último bajó un hombre con gorro de lana y barba, a quien Víctor reconoció de lejos por el modo en que se frotaba las manos.
No dijeron nada. Arriba, en la curva, una linterna se encendió y se apagó una vez: el Seco.
A las dos y cinco, Lucía dijo en el 19:
— Han pasado el ramal.
Y a las dos y seis, muy bajo:
— No se han parado. Han visto las luces de Sara y siguen. Vienen hacia ti.
*
Los faros aparecieron a las dos y dieciocho.
Primero fue un resplandor en lo alto de la cuesta, una nube de luz blanca que lamió la ladera, y luego, uno tras otro, cuatro focos que doblaron la curva y bajaron hacia el puente con la lentitud cuidadosa de los vehículos que no tienen prisa.
El SUV, negro, con las lunas tintadas, primero.
Detrás, la tractora de un rojo oscuro, enorme, con el remolque cerrado golpeando en las rodadas.
Y al final, a unos cincuenta metros, la furgoneta blanca.
Víctor se bajó de la cabina. Se quedó de pie junto al paragolpes, a la luz de las luces de avería, que le teñían la cara de naranja a intervalos.
Sentía los dedos agarrotados. En el bolsillo, los mangos de goma de las tenazas le rozaban el muslo.
Los camioneros se habían quedado en sus cabinas, y arriba, en la curva, los camiones del Seco seguían a oscuras.
El SUV frenó a quince metros.