27.185 Capítulo 30. La ruta fantasma #3
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Capítulo 30. La ruta fantasma #3

—Quiero que quede una cosa clara —dijo Sara, y apoyó el dedo en el punto exacto del mapa—.

Les he dicho dónde estoy. No para que no vengan: para que sepan lo que van a hacer.

Tomás ya les ha puesto en la boca lo que van a hacer: si hay luces, Cañada Honda.

Voy a poner luces. Dos coches, con los faros encendidos, en la Venta, a partir de la una y media.

Visibles desde la comarcal y desde el ramal.

—Si lo pone —dijo Lasheras—, no se paran.

—No se paran. Siguen por la vieja N-II, pasan el cruce, bajan por la Cañada y llegan a esto.

—El dedo se movió por el mapa, siguió una línea fina entre dos manchas verdes, y se detuvo en una cruz azul sobre un hilo de agua—.

El Puente de Ribota. Un solo carril, piedra, pretiles bajos de sillería, tapias a los dos lados en sus doscientos metros finales.

No hay un camino lateral. No hay arcén. No hay manera de dar la vuelta sin retroceder.

Si llegan con tres vehículos y el puente está cerrado, lo único que pueden hacer es parar.

Y si por detrás se cierra la carretera, no pueden hacer ni eso.

—Yo cierro detrás —dijo Lasheras—. Con dos hombres y el patrulla, en el cruce de la comarcal. Cuando pasen, salgo de los pinos y cierro.

—Ugarte, Ruiz y yo estaremos en la Venta con los faros.

En cuanto pasen, bajamos tras ellos. Quintana y Zubiri vienen desde Calatayud con otro coche y se quedan al otro lado del puente, a doscientos metros, sin mostrarse.

—Levantó los ojos—. Ocho agentes contra dos hombres armados, quizá tres.

Con el cierzo. Con un remolque cerrado que no sabemos qué lleva.

—Lleva a Alba —dijo Víctor.

—Eso creemos todos. —Lo miró—. Y ahora la parte que no le va a gustar.

—Dígala.

—Quien cierra el puente es usted. Con su camión y su remolque, atravesados, con las luces de avería.

Es el único vehículo del país que ellos no sospecharían a esa hora, en esa carretera y con ese viento.

Un pesado averiado. Y quiero que, en cuanto el convoy pare, usted baje y se aleje por la tapia.

Lejos. Que no se acerque a ninguno de ellos.

—Vale.

—No me diga vale.

—Voy a bajar y voy a alejarme. —Se pasó el pulgar por el labio—. Lo digo en serio.

Sara no le creyó. No hizo falta que lo dijera.

Lucía levantó una mano, como en clase.

—Yo me quedo en el 205 con el aro y las dos radios.

Voy a seguir el convoy por radiogoniometría desde el momento en que salga.

Desde las doce y media escucharé el 20, el 27,205, porque Tomás ha dicho «veinte» y quiero saber para qué.

—Tragó—. Y el 19 también. No sé cómo explicar esto: si algo se tuerce en esa carretera, el canal 19 es el único sitio donde hay gente. Lo han sido siempre.

—La DGT ha anunciado a las cinco —dijo Ruiz, que había estado callado todo el rato—. Restricción de pesados en la A-2 desde Calatayud a Zaragoza a partir de la una y media. Los camiones tendrán que parar donde pillen. Se van a llenar los arcenes.

Nadie contestó. Víctor miró hacia la autovía, que se veía como un hilo gris por encima de la ladera, y pensó en cuántas cabinas con luces de posición y termos de café y radios apenas encendidas iban a pasar esa noche detenidas, esperando, junto a los guardarraíles de un valle que no era el suyo.

*

El 205 a las doce y media era un campamento.

Nueve camiones aparcados en fila, ya, con los motores parados y las luces de gálibo encendidas, esperando que se abriera la restricción que todavía no existía.

Las lonas de los remolques se hinchaban y se deshinchaban con el viento, y en el aire había un olor a gasóleo y a nieve, a pesar de que no iba a nevar.

Víctor aparcó al fondo, con el remolque detrás, de cara a la autovía, como la primera noche.

Lucía había montado el aro en el techo de la cabina, atado con bridas, y se había instalado en el asiento del acompañante con el portátil, un auricular y una manta. Tenía dos radios. En una escuchaba el 19. En la otra, el 20.

Esperaron.

A la una y cinco, el 19 dijo: «Aquí el Zaragozano, ¿alguien sabe si abren Calatayud?» Y alguien contestó, con un acento de Soria: «Qué van a abrir. Esto no lo abre ni el Pilar.»

A la una y diez, la radio del 20 se encendió.

No hubo aviso. No hubo una voz. Hubo un ruido grande, redondo, de un motor diésel en marcha lenta, la vibración de un chasis, un golpeteo suave de remolque, el roce de una lona.

Un sonido de cabina. Alguien había dejado el pulsador de una emisora de mano abierto, bloqueado con un trozo de cinta, y el micrófono recogía todo lo que había dentro de la cabina de un camión que acababa de ponerse en marcha en algún sitio, a cuarenta kilómetros.

Lucía levantó la cabeza. El aro giraba.

Entonces, por encima del motor, por debajo, desde algún lugar de la caja, a través del metal, empezó a sonar un golpe. Seco, nítido, repetido, golpeado con los nudillos contra una pared de chapa.

Toc, toc... tooc.

Una pausa. Y otra vez.

Toc, toc... tooc.

Dos cortos y uno largo. Con la exactitud de un reloj.

Víctor no se movió. En el asiento de al lado, Lucía se había tapado la boca con la mano. Los golpes seguían, constantes, implacables, a través del metal y del viento, en un canal de radio que ya nadie usaba, a cuarenta kilómetros, en la oscuridad. Alguien estaba tocando para él.

Era Alba, en directo.