Capítulo 30. La ruta fantasma #2
Había páginas enteras así, con las entradas en columna y los detalles de cada noche.
La hora de recogida. El kilómetro de cada parada.
La matrícula del remolque. El número del precinto.
Lo que le habían dicho por radio. Dos o tres líneas por noche, siempre las mismas, y a veces, en el margen, una palabra suelta.
Pesa poco. Silencio. Golpe. Palés (T). En la entrada del 12 de junio, junto al número 21, había escrito una cosa que no recordaba y que le hizo apretar los dientes: Ruido raro en caja. T. dice palés.
—Aquí —dijo Sara.
Le tendió la libreta. En una de las hojas, en septiembre, escrito con tinta más oscura y subrayado dos veces, había un párrafo que Víctor no había visto jamás.
Ruta B. Salida 214. Venta. N-II sentido Calatayud. Bajar por Cañada Honda, junto al río. Puente de Ribota (estrecho, un carril). Después del puente, comarcal a la izquierda. No usar A-2 entre 214 y Calatayud. Evita cámaras de peaje y control de Tráfico. Dictada por radio, 03/09.
—Ruta B —repitió Lasheras—. La que baja por el fondo de la cañada.
—No la he recordado.
—No hace falta. La escribió usted. —Sara cerró la libreta con las dos manos, con una especie de respeto—.
Cuarenta y ocho portes. Cuarenta y siete terminan en la Venta o en San Esteban.
Y la ruta B, al menos once veces, baja por el Puente de Ribota.
Es una autopista fantasma. Sin cámaras, sin peajes y sin control.
Una red que lleva diez años usando el mismo camino porque funciona.
Martín lo dijo, o lo dirá: lo que funciona no se toca.
Se hizo un silencio. La lluvia fina caía sobre la lata abierta.
La última entrada, la del 25 de octubre, estaba a media página. Jue. 25/10. 23.00. Almacén 3. Carga 17. Prec. 17. Ruta A. Pinar 02.30. 00.55 Venta (latiguillo eje 2). 01.05 T. llega. Y debajo, nada.
—Ahí se acaba —dijo Víctor.
—Ahí se acaba.
Lasheras apagó la cámara. Hizo una cosa que Víctor no esperaba: se quitó las gafas de sol del cuello, las guardó en el bolsillo del pecho y se pasó una mano por la cabeza rapada, despacio, como quien se deshace de un sombrero que ya no corresponde.
—Esa noche yo estuve en la bajada —dijo—.
Llegué antes que nadie. Anoté cosas en mi libreta de servicio que más tarde me mandaron borrar.
No se las voy a contar hoy. —Miró a Víctor—.
No porque no quiera. Porque usted tiene la cabeza llena de piezas que están volviendo, y yo no quiero que una de ellas sea mía.
Cuando lo vea un juez, se lo enseñaré yo mismo. Se lo prometo.
—¿Por qué ahora?
—Porque Gutiérrez, mi compañero de aquella noche, se murió hace tres años ya jubilado, y llevaba siete haciéndose preguntas como las suyas. —Se encogió de hombros—. Y porque Ugarte dice que ayer estuvieron ustedes en la cooperativa y que hay una niña.
Nadie dijo nada más. Ugarte, desde el cuadro, miraba al suelo.
*
El plan lo montaron en la plataforma del remolque, a las siete y media, con un mapa de carreteras desplegado sobre la chapa y sujeto con cuatro cantos rodados del apartadero.
El viento intentaba llevárselo. Lucía había llegado a las siete y diez en la moto, empapada, con el aro de cobre a la espalda y una mochila forrada de plástico, y se había quedado de pie, algo apartada, con un auricular en una oreja y la mirada puesta en el portátil.
Sara habló sin levantar la voz.
Roldán había firmado a las cuatro y diez.
Una escucha judicial sobre los dos teléfonos del capitán Íñigo Barroso Pardo, el oficial y el particular, por indicios de revelación de secretos, con efecto desde las diecinueve horas y a cargo de un equipo de la UCO de Madrid que no respondía ante nadie más que ante ella.
El auto lo había redactado la propia jueza con una letra pequeña y firme, y al terminar le había dicho: Si se equivoca, señora Molina, no será solo usted quien lo pague. Sara había contestado que lo sabía.
—Barroso me ha recibido a las doce con un café y una sonrisa.
—Se pasó la lengua por el labio—. Me ha ofrecido dos días de permiso.
«Para que descanses.» Me ha dicho que Zaragoza no es mi jurisdicción, que me va a retirar el caso de Alba «por tu propio bien» y pasarlo a un equipo de Madrid, que ya lo sabrán todo en cuanto yo me haya ido.
—Torció la boca—. Le he dado las gracias.
—¿No sospecha?
—Cree que lo he entendido. —Miró el reloj—. Son las siete y treinta y cinco. La escucha lleva en marcha treinta y cinco minutos. Voy a llamarlo ahora, desde aquí.
Marcó con el pulgar. Se apartó dos pasos, de espaldas al viento, y habló cuatro minutos.
Los que escuchaban sólo oyeron su parte: «Capitán, perdone la hora…
He estado pensando en lo que me dijo… Sí, tiene razón, necesito dormir…
Pero hay algo que debo contarle antes de irme, porque no quiero dejarle el marrón…
Un confidente, de los de siempre, dice que esta noche habrá un relevo en la Venta del Pinar.
A las dos y media… No puedo asegurarle nada.
Voy yo, con dos hombres, a verlo… Se lo digo para que lo sepa, por si le sirve…
Sí, desde luego, esta es la última vez, se lo prometo… »
Colgó. Se quedó un momento mirando el teléfono.
—Ya está.
Pasaron veinticinco minutos. Fueron los más largos de la tarde. Ruiz trajo un termo de café de la casa-cuartel y nadie lo tocó. A las ocho y cuatro, el móvil de Sara vibró contra la chapa del remolque. Ella lo leyó con el ceño fruncido, dos veces, y lo giró para que lo vieran.
UCO-1. 20:04. Barroso → nº prepago. 38 s. «Esta noche, no mañana. A las dos y media en la Venta. La Molina con dos. Cambiad la ruta. Yo me ocupo de que nadie más suba.» Sin respuesta.
Ninguno de los cinco habló. La lluvia golpeaba el mapa con un ruido de uñas.
—Ahí lo tienen —dijo Sara—. Con su voz. Un auto, una fecha y un teléfono. —Cogió aire, y el aire le salió con un temblor—. Ya no importa lo que pase esta noche. El capitán Barroso ha caído. Lo que importa es lo otro.
*