Capítulo 30. La ruta fantasma
—No la toque —dijo Sara.
—Si la sacamos usted y yo, solos, el abogado de Ledesma dirá que la plantó usted.
Una lata en un cuadro de luz, con una libreta suya dentro, que aparece diez años después cuando a usted le conviene.
Tiene que abrirla otro delante de testigos, con guantes y con una cámara.
—Quintana subió el volumen de la radio—.
Ugarte y Ruiz van para allá ahora. Se quedan en los pinos, a doscientos metros, sin acercarse. Si alguien toca ese cuadro, los verán.
—¿Y yo?
—Usted tiene un camión y un remolque vacío que necesito esta noche. Y un cuerpo que no duerme desde el martes. —Dudó—. Vuelva a las siete. Con la luz. Quiero que esté usted cuando se abra.
Colgó. Víctor se quedó mirando la ladera pelada de la bajada, la franja gris del lecho de frenado, el hilo de plata del río, y por primera vez en tres semanas hizo lo que le habían pedido sin discutir.
Dejó a Lucía en el 205, con su moto y su aro, y ella le puso una mano en el brazo sin decir nada y se fue hacia Madrid con el casco ya puesto, para dormir cuatro horas y volver con las baterías cargadas.
Él siguió hasta Alcalá a ochenta, con el viento empujando de lado y las manos a las diez y las dos.
En el depósito de Transitarios Henares, un patio cercado de grava junto a una nave de chapa, Bernardo salió a recibirlo con una carpeta bajo el brazo y la cara de quien lleva una semana pidiendo perdón.
Le dijo que el remolque estaba donde lo había dejado.
Le dijo que había un cliente de Torrejón con una carga de papel para el lunes y que, si quería, era suya.
Víctor le dijo que ya hablarían el lunes.
Bernardo lo miró dos segundos de más, tragó, y no preguntó.
Enganchó. Dejó la unidad en la esquina del patio, de cara a la valla. Subió a casa, se tumbó vestido en la cama con la mancha de humedad en el techo y durmió dos horas sin soñar.
*
A las tres y media estaba de vuelta en el patio.
La luz era de ceniza. El viento había arreciado y hacía golpear contra un poste una chapa suelta de la nave, con un ritmo desigual que le recordó una noria.
Bernardo se había ido a casa. Víctor dio una vuelta completa al camión, despacio, con las manos en los bolsillos.
Después hizo lo que hacía siempre y lo que hacía con más cuidado que nunca.
Comprobó el cierre de la quinta rueda. Comprobó el cierre de las puertas del remolque, dos veces, la segunda más despacio.
Abrió la cortina de la litera con dos dedos, miró la cama hecha, la manta doblada, la almohada, y la cerró.
Arrancó el motor. Esperó a que el manómetro subiera a la zona verde.
Después apagó el motor, se bajó, se agachó junto a la rueda delantera izquierda y pegó la oreja al chasis.
Es una cosa que le enseñó su padre, en un taller de Alcalá, cuando todavía no tenía edad para llegar al estribo.
Los frenos de un camión se escuchan. Con el motor parado y el circuito lleno, el aire quiere salir por cualquier sitio, y el sitio por donde sale hace un ruido.
Hay que quedarse quieto, respirar despacio, y dejar que el camión hable.
Oyó el viento. Oyó la chapa. Oyó el latido de su propia oreja contra el hierro.
Y debajo de todo eso, un hilo.
Era un siseo tan fino que habría pasado por una brizna de arena rozando una lámina.
Venía de atrás, de la parte izquierda, de debajo del tanque.
Se tumbó en el suelo de grava con la linterna entre los dientes y se arrastró hasta el hueco que había entre la cabeza tractora y el remolque.
Siguió el hilo con el pulgar. Pasó por el tubo de nylon negro de la alimentación del remolque, por la abrazadera, por el soporte, por la junta. Se detuvo.
El tubo estaba cortado. No del todo. Alguien había hecho un tajo transversal con una cuchilla afilada, limpio como el corte de un bisturí, por la parte de abajo, donde la goma del acoplamiento lo ocultaba de la vista, y había dejado una lengüeta de nylon sin cortar de unos tres milímetros.
Por eso se mantenía la presión. Por eso no habría sonado en la primera maniobra.
Hasta la primera bajada larga, hasta que alguien apretara el pedal con ganas, y la lengüeta cediera de golpe, y el aire se fuera entero.
Se quedó tumbado, con la mejilla contra la grava.
Pensó en un racor aflojado a medias. En un hombre bajo un camión con una llave inglesa, en la luz amarilla de una farola, sin mirar hacia ningún coche.
Aquello era otra cosa. Aquello era un tajo con el que el que lo había hecho quería ver el resultado.
No había dejado a nadie una oportunidad.
La había dejado a medias, pero justo la mitad que mata.
La diferencia era exacta. La sintió en el pecho como un peso que cambia de sitio.
Cogió la lata azul de debajo del salpicadero.
Estaba la cinta, estaban los terminales, estaban dos racores rápidos de doce milímetros que había comprado por si acaso y que no había usado nunca.
Del compartimento de herramientas sacó un metro de tubo de nylon nuevo y el cutter.
Cortó la sección herida, limpia, con dos centímetros de margen a cada lado.
Midió el tubo nuevo. Lo cortó. Lo empujó dentro de los racores hasta oír el clic.
Lo apretó con las manos hasta que le dolieron.
Arrancó el motor, esperó la presión, lo apagó y volvió a pegar la oreja al chasis.
Silencio.
Eran las cuatro y diez. El cielo se había puesto de un color de peltre.
Se levantó, se sacudió la grava de las rodillas y miró un momento el camión.
Pensó que debía decírselo a Sara, y comprendió con una especie de calma que ya lo sabía.
Los que habían entrado en un depósito vallado con un guarda de noche para cortar un tubo de nylon no estaban actuando con la cabeza de Martín.
Eran los otros. Los de la mano plana. Y habían tenido tiempo de sobra para hacerlo sin ruido, porque nadie había mirado.
Él sí. Esta vez, sí.
*
Llegó a la Venta del Pinar a las siete menos cuarto.
Llevaba el camión con los cortos encendidos y el limpiaparabrisas a medio gas, y la farola estaba ya encendida, un cono amarillo sobre la grava con las gotas de lluvia cruzándolo como agujas.
Había dos coches parados. Un Land Rover verde con una abolladura en la aleta, y un patrulla de Tráfico, blanco y verde, con la luz del techo apagada.
Ugarte, de pie junto al cuadro de alumbrado con las manos en los bolsillos, lo saludó con la barbilla.
Ruiz estaba al otro lado, junto a los bancos, con una linterna.
Sara bajó del Land Rover cuando él apagó el motor.
Llevaba el mismo jersey azul marino del martes, las ojeras de tres días, y en la mano izquierda un par de guantes de látex.
A su lado caminaba un hombre de hombros anchos y cabeza rapada, con gafas de sol colgadas del cuello, y Víctor lo reconoció sin esfuerzo, por la manera en que sostenía la boca: el cabo Lasheras.
—No ha pasado nadie —dijo Sara—. Ni coches, ni peatones. Un todoterreno verde a la una, que ha pasado por la comarcal sin parar. Nada más.
—Buenas tardes —dijo Lasheras. Le tendió la mano, y esta vez Víctor se la estrechó—. Vengo de testigo. Y de otra cosa que ya le explicará la sargento.
Se quedaron un momento los tres delante del cuadro. Era una caja de chapa gris, de las que hay en cualquier polígono, con una puertecilla de rejilla y una cerradura oxidada que nunca había cerrado. La habían atado con un alambre. Víctor lo miró. Tres vueltas.
—Yo las hice con la mano izquierda —dijo, sin saber por qué.
Lasheras sacó el teléfono y puso en marcha la cámara.
Ugarte alumbró con la linterna. Sara se enfundó los guantes y, antes de tocar el alambre, dijo en voz alta la fecha, la hora y el lugar, los nombres de los presentes y el motivo de la diligencia.
Habló sin prisa, como quien lee un salmo.
Después deshizo las tres vueltas con dos dedos, abrió la puertecilla, que chilló, y metió la mano hasta el fondo.
Por un instante no encontró nada.
Después, algo. Sacó una lata redonda de color rojo desvaído, con un molino dibujado en la tapa, cubierta de polvo de tantos años que parecía de ceniza.
La sostuvo en las dos manos, a la luz de la farola, y todos miraron lo mismo.
En la tapa, escrita con rotulador que el tiempo había comido, había una letra cuadrada y pequeña. V.S.
—Es suya —dijo Sara.
—Es mía.
Hizo falta una navaja para levantar el borde.
Dentro había fusibles amarillentos, terminales ennegrecidos, un rollo de cinta aislante pegado a sí mismo, un puñado de bridas tan secas que se rompieron al tocarlas.
Y debajo, envuelta en un trapo gris, tiesa de grasa, una libreta de tapas azules con una cuerda enrollada en la espiral y un bolígrafo colgando de ella.
Víctor la tuvo delante un momento sin atreverse a respirar.
—Léala usted —dijo Lasheras—. Es la suya.
*
Sara la abrió por la mitad. Víctor la vio pasar las hojas con la punta de los dedos enguantados.
La letra era suya, cuadrada, de lápiz de ruta, con la presión de quien ha escrito demasiadas veces dentro de una cabina con el motor en marcha.
Mar. 17/04. 23.40 Almacén 3. Carga 1. Prec.
1. Ruta A. Entrega Pinar 02.30. Jue. 19/04.
23.55 Almacén 3. Carga 3. Prec. 3. Ruta A.
Mar. 08/05. 23.50. Carga 11. Prec. 11. Ruta A.
—Cuarenta y ocho —murmuró Sara.