27.185 Capítulo 29. La noche del accidente #2
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Capítulo 29. La noche del accidente #2

Tenía las dos manos agarradas al guardarraíl y el cuerpo doblado hacia delante. Lucía le sujetaba por el codo. No sabía cuánto tiempo llevaba así. En la boca le sabía a ceniza y a sangre, y el viento le había secado el sudor en la frente. Abajo, en la bajada, un camión volvía a soltar aire.

—Estoy bien.

—No lo estás. Siéntate.

Se sentó en la grava, con la espalda contra el poste del guardarraíl. Lucía se agachó frente a él y no dijo nada. Tenía los ojos muy abiertos. Le dio el termo con las dos manos. Víctor bebió y no sintió que fuera café.

—Lo recordé todo —dijo.

—Dime.

Se lo contó. Habló despacio, con las frases entrecortadas, poniendo cada cosa en su sitio como quien monta un motor sobre una mesa.

El pedal que cedía poco a poco. El manómetro que bajaba.

Los noventa y cuatro kilómetros por hora, la segunda, el freno motor, el ferodo.

La rampa. El talud. El camión recostándose despacio, sin una violencia.

Lucía lo escuchó sin interrumpirlo, con los codos en las rodillas.

—Un momento —dijo al final—. ¿Poco a poco?

—Poco a poco.

—Sara me enseñó el informe pericial. Un racor aflojado en el latiguillo del eje delantero.

Compatible con mantenimiento deficiente.

—Hablaba como si se lo dijera a sí misma—.

Si alguien quiere matar a un conductor en una bajada de cuatro kilómetros, corta el latiguillo.

De un tijeretazo. El aire se va entero y el pedal se hunde a los pocos segundos.

No hay manera de frenar. Pero si lo aflojas...

si lo aflojas a medias... se pierde presión despacio.

Tienes dos kilómetros. Tienes setenta segundos.

—Tiempo suficiente.

—Para llegar a una rampa que está donde está. —Lucía se pasó la lengua por los labios—. Alguien lo calculó. Alguien midió cuánto tardarías en llegar.

—Alguien que sabe de camiones.

—Alguien que se tumbó debajo del tuyo, sin mirar, mientras otro te daba un sobre.

No hizo falta nombrarlo. La mano de Tomás sobre un racor, apretando a medias lo que debía haber cortado. La voz que decía ve despacio, que la bajada es mala , con una ternura que Víctor no le había oído nunca.

—Me lo dijo —murmuró—. Me dijo que fuera despacio.

Lucía no contestó.

—Alguien me quiso muerto —dijo Víctor, pausado—. Y alguien, al mismo tiempo, me quiso vivo. Y los dos estaban debajo de la misma cabina.

—Las tres manos —susurró ella.

—Hace diez años ya eran tres.

Se quedaron un rato en silencio. Pasó otro camión. El siseo se alargó sobre la ladera y se perdió en el valle.

—Y el grito —preguntó Lucía por fin, con mucho cuidado.

—No sé. —Se llevó una mano a las costillas—. Tuvo que ser mío. No puede haber sido de nadie más.

Lo dijo despacio, convencido a medias. No era una mentira. Era lo que se dice cuando falta lo demás.

*

Lucía subió al camión a por el termo vacío y la bolsa de la moto.

Quería probar la ventosa del aro de cobre, que se le había soltado la noche anterior, y buscó con la mano debajo del salpicadero, en el hueco del acompañante, donde había visto la lata azul.

Víctor, desde el guardarraíl, la vio inclinarse por la puerta abierta.

La oyó rebuscar. La oyó abrir la tapa con un rasguño.

—Qué lata más vieja —dijo ella en voz alta, para sí—. Bridas. A ver.

El ruido que hizo la tapa al abrirse, un chasquido metálico de borde abollado, le llegó a Víctor por el aire frío.

Y entonces lo vio. No fue una imagen. Fue la lata.

Una lata redonda, roja, de galletas de mantequilla, que había llevado en el hueco de la puerta del conductor durante años, en el camión viejo, y que había dado por perdida con él.

Una lata del tamaño de un plato hondo, con un molino dibujado en la tapa.

Dentro llevaba lo mismo que la nueva: fusibles, terminales, bridas, cinta aislante.

Él la sacó esa noche de la puerta y la vació sobre el asiento.

Era la una y media de la madrugada. Estaba oscuro. Había una linterna entre los dientes.

Sacó la libreta del bolsillo de la cazadora.

Estaba a medias de hojas, con las tapas azules y el bolígrafo colgando de su cuerda.

Cuarenta y ocho portes, con la fecha, la matrícula, el número del precinto, el relevo.

Todo con su letra cuadrada. Cabía justa.

La envolvió con el trapo con el que se había limpiado las manos y la dejó en el fondo.

Echó encima, a puñados, los fusibles, los terminales, las bridas y la cinta, hasta que de la libreta no quedó ni el borde. Apretó la tapa.

Si llegan, que no lo encuentren. No fue un pensamiento. Fue un reflejo. El de un hombre que ha oído una voz decir por favor y sabe que alguien va a venir a preguntarle por ella.

Cruzó la grava en la oscuridad. Se detuvo bajo la farola, al otro lado del poste, donde la luz no daba.

Desenroscó el alambre de la puertecilla de rejilla, tres vueltas, con dos dedos.

Metió la lata hasta el fondo de la caja, detrás de los cables del cuadro, entre dos tubos de plástico que olían a polvo.

La empujó con el canto de la mano. Volvió a enroscar el alambre. Tres vueltas. Tiró.

Después se sentó en el banco de hormigón a esperar.

—Víctor —llamó Lucía desde el camión—. ¿Estás bien? Parece que has visto algo.

Se había levantado sin darse cuenta. Estaba de pie, con la mano abierta en el aire, y el viento le tiraba de la ropa. En el hueco que dejaba el viento, a doce kilómetros de allí, una farola de sodio apagada colgaba de un poste con una caja gris abrazada al pie.

—En la Venta —dijo—. En el cuadro del alumbrado. —Y repitió, porque la frase le sonaba rara en la boca—. La libreta está en la Venta.