Capítulo 29. La noche del accidente
Lucía dormía en el asiento del acompañante con la cabeza contra el cristal, la boca entreabierta y las gafas torcidas sobre la nariz.
Le había cubierto los hombros con su cazadora.
La había mirado un rato, sin pensar en nada, como se mira a alguien que duerme en un sitio donde nadie ha dormido en mucho tiempo.
El teléfono vibró a las ocho y cinco. Era Sara. Habló bajo, con la voz espesa del café recién tomado y de una noche de cuatro horas en una cama de niña.
—Me ha llamado Barroso a las siete y media.
—¿Qué dice?
—Con voz de padre. Tal y como le dije. —Se oyó una taza dejada sobre una mesa—.
Que ha recibido una llamada de Zaragoza.
Que estoy en una provincia que no es la mía, haciendo cosas que no consta que me haya encargado nadie.
Que está preocupado. Que me quiere en su despacho a las doce con un café y que hablaremos «como amigos».
—Hizo una pausa—. No me ha preguntado con quién estaba.
—Eso es mala señal.
—Es una señal. Ya sabe quién estaba. —Cambió de tono—.
Voy a ir. Es la única forma de que no sospeche que lo sé.
Quintana viene a recogerme a Ateca a las nueve y diez, y a las doce me siento delante de él y le sonrío.
Por la tarde veré a Roldán con la llamada de Martín.
Para pedirle lo que ya sabe que le voy a pedir.
—¿Y la cita de esta noche?
—La cita es de ustedes. Y mía. —Se detuvo—. Hay algo más. Lasheras me ha mandado un mensaje a las siete. Dice: «Si necesitan a alguien en la Cañada, estoy.» Nada más. Ni una palabra de papeles.
—¿Se fía?
—Tendré que hacerlo. —Y luego, más baja—: Quiero que vea usted la bajada. De día. Usted solo, o con Lucía. No para hacer nada: para mirarla. Yo estaré en Guadalajara hasta las tres y quiero saber, cuando salga, cuánto mide ese puente.
Colgó. Víctor se quedó mirando el aparato. Después alargó el brazo, tocó con dos dedos el hombro de Lucía, y ella abrió los ojos de golpe, con la mirada limpia y asustada de quien despierta en un lugar que no es el suyo.
*
Tomaron la autovía hacia el este a las ocho y media.
El viento había vuelto a subir y los carteles luminosos de la DGT, sobre los pórticos, parpadeaban un aviso en ámbar: VIENTO FUERTE.
EXTREME LA PRECAUCIÓN. VEHÍCULOS ARTICULADOS, MODERE VELOCIDAD.
Víctor condujo a ochenta con las dos manos en el volante y la sensación en las yemas de que el camión no le pertenecía del todo.
Pasó la salida 214 sin mirarla. No se cambió de carril.
No sintió el metal en la boca. Era una salida más, un cartel azul con tres nombres de pueblos, y se dio cuenta de que le dolía mucho más no tener miedo que tenerlo.
En el kilómetro 226 puso el intermitente y tomó el ramal corto que moría en el apartadero de grava. Aparcó detrás de unas rocas que servían de límite. Allí no había ningún coche patrulla; Lasheras no estaba. Apagó el motor.
—Quiero verlo andando —dijo.
Bajaron. Lucía se subió la cremallera de la parka hasta la barbilla.
El viento les empujó a los dos hacia el guardarraíl, y se agarraron a él, de costado, mirando hacia el sur.
Desde allí la bajada se abría delante como una mano.
La autovía descendía por la ladera en una pendiente larga y limpia, de cuatro kilómetros, entre cortes de roca rojiza y lomas peladas, con una curva suave al principio y un tramo recto al final.
Abajo, minúscula, un hilo de plata se retorcía entre los chopos: el río.
A mitad de camino, a la derecha, una franja de grava gris corría paralela a la calzada y subía en una rampa leve hasta perderse en un talud de tierra. Era el lecho de frenado.
—Está más lejos de lo que pensaba —dijo Lucía.
—Dos kilómetros. El cartel lo avisa aquí mismo.
—¿Cuánto tarda un camión en llegar?
—A ochenta, cien segundos. —Víctor no apartaba los ojos de la rampa—. Si no tiene frenos, setenta.
Se quedaron quietos. El viento silbaba en el guardarraíl como en la boca de una botella.
Por la calzada pasó un tráiler con la caja azul, lento, con el freno motor puesto, rugiendo en su bajada.
Detrás venía otro. Víctor los vio entrar en la pendiente con las luces de posición encendidas y oyó, cuando el segundo pasó por debajo de ellos, el siseo.
Fue una cosa mínima. Un soplo largo, grave, rasposo, que un camión suelta al aliviar la presión de aire: pshhhhh . Lo había oído miles de veces. Lo había oído toda su vida. Esta vez se quedó en el oído como un clavo.
Olía a hierro caliente.
*
Salió de la Venta a las dos y cuarenta y cinco. Lo supo porque lo miró, el reloj verde del cuadro, y porque cuando lo miró recordó que se había prometido llegar a Zaragoza con tiempo.
Llevaba el sobre en el bolsillo interior de la cazadora, contra las costillas, y lo notaba a cada respiración.
Tenía en la boca el sabor del café del termo de Tomás, un sabor a quemado y a azúcar, y en los oídos la voz de Martín, Zaragoza, tienes que estar en el muelle a las cinco , y la de Tomás, que se había levantado de debajo del camión limpiándose las manos en un trapo sucio, con la gorra en la cabeza y los ojos en el suelo, y que había dicho, sin mirarlo:
—Está listo, Mochuelo. Ya no suelta aire.
Y después, más bajo, mientras Víctor ponía el pie en el estribo:
—Ve despacio. Que la bajada es mala.
No había dicho nada más. No se había despedido.
Se había quedado de pie en la grava, bajo la farola, con una mano en la nuca, al lado del coche oscuro de Martín.
Víctor lo vio por el retrovisor al salir, cada vez más pequeño.
Dos hombres inmóviles en un círculo de luz amarilla. Después la curva los tapó.
Condujo como se conduce cuando se quiere dejar de pensar.
A cincuenta y cinco, en cuarta, con las dos manos y el cierzo empujándole la caja.
Eran las tres menos diez. No había coches.
Una autovía negra y limpia, con las rayas blancas saliendo a su encuentro y las rachas del noroeste empujándolo hacia el carril de la derecha, con la insistencia de una mano.
Pensó en Elena. Pensó que le llamaría en cuanto descargara.
Pensó que él no era de los que cogen un sobre.
Se sorprendió con ese pensamiento tan limpio, y se le llenó la boca de una saliva amarga.
En el kilómetro 226 empezó la bajada.
Fue el panel verde. PELIGRO. DESCENSO PRONUNCIADO. 6%. 4 KM. USE MARCHA CORTA. Y debajo, más pequeño: RAMPA DE FRENADO A 2 KM. Lo leyó, como todos los martes y todos los jueves, y no lo vio. Puso el freno motor. Bajó a tercera. El camión cabeceó hacia delante, aceptó el peso, y empezó a descender.
Tocó el pedal a las tres y uno.
Era lo que se hace en el segundo kilómetro para ajustar la velocidad cuando el motor solo no basta: un toque, una caricia, la presión de la planta del pie. El pedal bajó. Fue un recorrido normal. Al final de ese recorrido faltaba algo.
Tuvo la sensación de que el pie bajaba un dedo más de lo que debía.
No había resistencia en el último tramo, esa firmeza dura, de goma apretada, que uno toca sin saber que existe hasta que desaparece.
Volvió a pisar. Esta vez el pedal bajó un poco más y se quedó.
El camión no frenaba lo que tenía que frenar.
Miró el manómetro. El indicador del circuito delantero, que debía estar en la zona verde, bajaba. No de golpe, no con un salto. Bajaba como baja el agua en un depósito agujereado, un milímetro cada pocos segundos, constante, tranquilo, implacable.
Venga.
Pisó otra vez. Más fondo. El pedal descendió con una blandura que le hizo apretar los dientes.
La velocidad subió: sesenta, setenta, ochenta, noventa.
Bajó a segunda, con el acelerador al fondo del hueco y el freno motor rugiendo como un animal agarrado de la cola, y el cambio crujió y el motor se quejó con un chillido largo.
Noventa y cuatro. El olor a zapatas, a ferodo quemado, ácido y dulce, entró por las rejillas.
Pensó en la rampa. Pensó en el segundo panel, el de los quinientos metros. La rampa de frenado, un trozo de grava en cuesta a la derecha, que en veinte años de profesión no había usado nunca. El volante se le puso pesado. Las manos se le habían quedado a las diez y las dos sin que él las mandara.
Venga, venga, venga.
Oyó su propia voz. Oyó el motor. Oyó el viento, que le empujaba la caja hacia la derecha, y el aire que se le escapaba del circuito con un siseo cada vez más largo. Y en un momento, en medio de todo eso, oyó un grito.
Fue corto, agudo, de puro espanto. Venía de algún sitio.
No supo de dónde. Lo oyó con las costillas y con los dientes, como se oye el golpe de un coche en la calle desde dentro de un portal.
Pensó que era suyo. Quiso creer que era suyo.
No habría podido jurar de quién, y ya no había tiempo de averiguarlo.
La rampa apareció a la derecha como una cicatriz de grava gris bajo los faros. Cogió el volante con las dos manos. No pensó nada. Tiró hacia dentro con todo el peso del cuerpo.
El camión se metió en la grava con un rugido de metal sobre piedra.
Las ruedas se hundieron. Todo el chasis tembló, y el morro se levantó un segundo hacia un cielo negro, y el camión perdió velocidad, noventa, setenta, cuarenta, como un animal que se mete en un fango, mientras la grava salía despedida en abanicos y golpeaba los bajos con un granizo de hierro.
Veinte. Diez. Al final de la rampa, el talud, un muro oscuro de tierra, venía hacia él muy despacio.
No lo tocó de frente. El camión, ya casi parado, se inclinó hacia el lado derecho, perezoso, con un crujido de bisagra enorme, y la cabina se echó sobre un costado, y la luz de los faros giró y se tendió sobre el suelo, y lo último que vio fue la grava a un palmo del cristal, y su propio brazo, y el rojo de una luz de emergencia que parpadeaba.
Después, nada.
*
—Víctor.