27.185 Capítulo 28. Tres voces #2
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Capítulo 28. Tres voces #2

—Alguien golpea, a mano, entre un golpe de la máquina y el siguiente. Nunca encima. Siempre a contratiempo. Y no son golpes cualquiera.

Pulsó el audio y Víctor oyó una cosa que reconocía de la noche del jueves, pero que hasta ahora sólo había sido eco: toc, toc... tooc. Una pausa. Toc, toc... tooc. Dos cortos y uno largo. Dos cortos y uno largo. Con una exactitud de reloj.

—Intervalos de sesenta pulsaciones por minuto, ajustados a diez milisegundos. —Lucía no apartaba los ojos de la pantalla—. Eso no es nervios. Eso es oído. Eso es una persona que cuenta sin reloj.

Sacó el móvil, abrió una fotografía y se la tendió. Era la que Sara le había mandado desde el cuarto de ladrillo de la cooperativa: la pared de yeso, los grupos de rayas hechos con una uña, dos cortas, una larga, dos cortas, una larga.

Víctor miró las dos cosas. La foto. La pantalla. Sintió un nudo subirle por la garganta.

—Es la misma figura.

—La misma figura. —Lucía tragó—. Alba tocaba junto a la noria, con los nudillos, en el tubo de agua que pasa por detrás del cuarto, y cuando no tenía dónde tocar, rascaba la pared.

No es una señal de socorro. No creo que supiera que alguien oía.

Es otra cosa. Es lo que hace una batería cuando no tiene batería. Es una firma.

Se hizo un silencio.

—Dime que está viva —dijo Víctor.

—Estaba viva esta tarde. Eso lo dice el pan. —Lucía le puso la mano en el antebrazo, un segundo, y la retiró—. Y sé que sigue contando.

*

A la una y treinta y cinco apagaron la luz interior y el cuadro de mandos.

Lucía puso el aro de cobre fuera, sujeto a la cabina con ventosas, y orientó la dirección con la mano libre, como una niña que apunta un telescopio.

Víctor encendió la emisora fija, la bajó al mínimo.

La radio del bolsillo, la Midland, estaba sobre el salpicadero, apagada.

El grabador conectado a la salida de audio tenía la luz roja.

En el frigorífico polaco se encendió una cortinilla y volvió a apagarse.

Fuera, el viento se llevó una caja de cartón que ruedó por la explanada con un ruido de tambor.

A la una y cuarenta, el 19 cambió de textura.

Lo notó antes que Lucía. Una finísima capa de sonido nuevo se posó sobre la estática, un silbido agudo que subía y bajaba con la regularidad de una respiración, y que él habría reconocido entre mil, en una habitación vacía, a oscuras.

La aguja subió una raya. Otra. Lucía había dejado de respirar.

El aro giraba lento, ciento diez, ciento quince, y se paró, y la pantalla del receptor de ella marcaba un nombre de frecuencia: 27,185 más trescientos hercios.

Una tos. Una flema.

La voz del catarro habló bajo, despacio, con una dicción que no era la de las otras veces. No era la voz de quien piensa en voz alta. Era una voz que había ensayado cada palabra, desde hacía horas, mientras limpiaba una caseta, para que no se repitiera ni una vez.

— Jueves noche. Dos y media. La Venta.

Una respiración.

— Si hay luces, Cañada Honda.

Un golpe de noria, muy lejos. Uno. Dos. Tres.

— Veinte.

Clic.

La señal cayó de golpe. El silbido se desvaneció y no quedó más que la lluvia fina, y el graznido de un camionero que no se había enterado de nada y que preguntaba, en el 19, si alguien sabía si con aquel viento iban a cerrar Calatayud.

Lucía soltó el aro. Tenía los dedos blancos de apretarlo.

Durante un rato ninguno de los dos pronunció ni una palabra.

*

—Hipótesis uno —dijo Lucía por fin. Hablaba despacio, como si se le fuera a romper algo—. Es el Guía. Es real. Nos da el plan de un traslado, fecha, hora, sitio. Nos dice dónde y qué ruta si hay peligro.

—Hipótesis dos.

—Es una trampa. Martín o el chico de los bucles han descubierto que alguien usa el equipo viejo y lo han copiado o lo han forzado. Nos dan una cita falsa. Una hora, un lugar. Nos hacen ir a la Venta para que... —no terminó—. Para que pase lo del silo otra vez. Pero peor.

—Julián diría que una trampa no pone «veinte». —Se oyó decir Víctor.

—Julián diría que una trampa pone lo que haga falta.

—Lucía bajó la voz—. Pero hay pocas cosas que me gusten de esta emisión, y ninguna es de las que se fabrican.

No es un bucle, porque las palabras son nuevas y no las ha dicho nunca.

«Cañada Honda» no sale en ninguna de las anteriores.

La tos de la mitad es natural; en un clon, la flema se repite igual.

El golpe de la noria entra donde debe entrar. Y el catarro es el catarro.

—Es Tomás.

—Es la voz que se llama Tomás. —Se apretó el puente de la nariz—. No te estoy diciendo que sea de fiar. Te estoy diciendo que es el único de los tres que ha corrido un riesgo.

Víctor tenía los ojos en el parabrisas. Delante, la autovía era una cinta negra con sus delineadores de plata, y más allá, en la lejanía, los faros de un coche solitario parecían contar los minutos de una noche que no iba a acabar.

Pensó en la frase. Dos y media. La Venta.

La misma hora. El mismo sitio. Era el relevo de aquella noche.

La hora a la que Martín había dicho en la radio ya sabes lo demás .

—Es una cita —dijo—. Con el pasado.

—¿Qué?

—El relevo era a las dos y media. En la Venta del Pinar.

Todos los relevos eran allí. —Se pasó el dorso de la mano por la boca—.

«Si hay luces, Cañada Honda.» Ese es otro camino.

Hay una carretera que sale de la 214, baja por la vieja N-II hasta el río, sigue por el fondo de la Cañada, cruza el Puente de Ribota y vuelve a la autovía más allá de Calatayud.

—¿Lo has recordado?

—No. —Meneó la cabeza—. Sara me llevó por allí el sábado, después de la rampa. Yo no lo había pisado nunca. —Dudó—. O sí, pero no lo sabía. Es una ruta sin cámaras y sin controles. Una ruta que alguien ha usado para llevar cosas. —Tomó aire—. Y «veinte»...

—El canal veinte. El de la pared de la nave. —Lucía miró por la ventanilla—. El 27,205. Ahí hablará.

—O ahí nos escuchará.

Se quedaron un rato en silencio. Fuera, la tormenta empezaba a pegar con fuerza. Una racha larga hizo vibrar toda la cabina y se fue sin ruido por el asfalto, y a lo lejos, en el cielo del este, un relámpago seco iluminó una hilera de nubes.

Víctor cogió el móvil. Marcó el número de la sargento. Ella contestó al primer tono, con la voz limpia de quien llevaba despierta todo el tiempo.

—Jueves —dijo él—. Esta noche. Dos y media. En la Venta. Y si hay luces, bajan por la Cañada Honda.

Hubo un silencio de aire, de calefacción lejana, de una mujer sentada en el borde de una cama prestada.

—¿Quién lo dice?

—Tomás.