27.185 Capítulo 28. Tres voces
83%

Capítulo 28. Tres voces

Ugarte los esperaba fuera, con el Land Rover aparcado junto a los surtidores y el motor al ralentí, leyendo un periódico deportivo bajo la luz del toldo.

No preguntó. Dijo que su mujer había preparado la cama de su hija, que estaba estudiando en Zaragoza, y que a la sargento le iría bien dormir cuatro horas en una casa con calefacción antes de que su capitán la llamara.

«En la casa-cuartel hay café desde las seis, y una pared gruesa», dijo.

Sara aceptó con un gesto seco, como se acepta una condecoración que uno no quiere llevar.

Antes de subir al coche se acercó a Víctor, que esperaba junto al camión con las manos en los bolsillos, y no le tendió la mano.

—Hecho.

—Eso me ha sonado a lo del domingo.

—Esta vez, de verdad.

Sara lo miró un segundo más, con esa mirada que parecía registrar la cara en una ficha, y se subió al Land Rover.

Víctor vio cómo se alejaba por la carretera mojada, con los pilotos rojos temblando entre las cortinas de agua, y se quedó solo con el camión, la gasolinera y el ruido del viento en las lonas de los surtidores.

*

El área de descanso del kilómetro 205 era un lugar para esperar.

Tres camiones de otras empresas dormían con los motores parados y las cortinillas echadas, y bajo una de las dos farolas de sodio un frigorífico polaco, quizá el mismo del primer jueves, tenía las luces de gálibo encendidas como una mesa de camping.

Víctor aparcó al fondo, de cara a la autovía, lejos de la luz.

Apagó el motor. La cabina se llenó de golpes: la lluvia en el techo, el viento en el retrovisor, el agua corriendo por las juntas.

Lucía llegó a las doce y cuarenta, cuando él estaba a punto de quedarse dormido con la frente apoyada en el volante.

Oyó la moto antes de verla, un petardeo seco que subió desde el ramal, dobló la curva y se detuvo junto al camión con las ruedas lavando el asfalto.

Bajó con el casco puesto, empapada de arriba abajo, con la mochila forrada de una bolsa de basura negra y las manos moradas de frío.

Víctor abrió la puerta del acompañante. Ella subió el escalón de un salto, se dejó caer en el asiento y se quitó el casco. Estaba temblando.

—Cierra —dijo—. Que se me va a caer el pelo.

Víctor cerró. Puso la calefacción al máximo.

En la cabina olió a lana mojada y a gasolina, y durante un rato nadie habló.

Lucía se sacó los guantes con los dientes.

Sacó el portátil de la mochila, lo apoyó sobre las rodillas, lo abrió, y la pantalla le iluminó la cara desde abajo, empequeñecida, con los ojos hundidos de tres noches malas.

Pasó un minuto en silencio, tecleando con los dedos rígidos. Después levantó la cabeza.

—Quiero enseñarte una cosa. Y quiero que me prometas que cuando termine no vas a decir que lo sabías.

—No lo sabía.

—Pues cállate y mira.

Giró la pantalla hacia él. Eran tres columnas de imágenes: espectrogramas, cada uno una mancha de colores sobre un fondo oscuro, con el tiempo en el eje horizontal y la frecuencia en el vertical.

Debajo de cada una, un rótulo en letras pequeñas.

A la izquierda, E1 E2 E5 E13 . En el centro, E3 E12 . A la derecha, E6 E7 .

—Llevo tres días mirando las trece emisiones que tenemos y la llamada de Martín. Y he hecho lo que me enseñó Julián: no escuchar lo que dicen, escuchar cómo suenan. —Pulsó una tecla—. Primera familia.

En el altavoz sonó el silbido tembloroso y agudo, la deriva, y la tos, y una voz de hombre con una flema en el fondo que decía la chica sigue respirando .

—Equipo viejo. El cristal sustituido, la malla soldada, las bandas laterales a doscientos y cuatrocientos hercios.

Es la firma de Julián. Tiene que ser uno de esos cuarenta.

Voz de hombre de unos cincuenta, con catarro crónico o con una garganta tocada por el tabaco.

Siempre en el mismo sitio, si miras las marcaciones: la cooperativa de San Esteban, o muy cerca.

Y siempre en la misma ventana: martes y jueves, entre la una y treinta y cinco y la una y cincuenta.

—Mis horas.

—Tus horas. —Lucía bajó los ojos—. Pero fíjate en otra cosa.

Sara me mandó lo que le contó Anselmo. De martes a jueves por la noche la cooperativa carga pienso para unas granjas de Bubierca.

Camiones de cuba. Se trabaja hasta la una y media, hora en que el turno se va y la báscula se queda sola hasta las seis.

La noria sigue otros veinte minutos, limpiándose.

Es decir: hay media hora en la que el que hace guardia en la caseta no tiene a nadie cerca, y la noria suena de fondo.

Es la ventana. No es que emita cuando pasas tú.

Es que emite cuando puede, y tú pasas cuando pasas.

Víctor no dijo nada. Pensó en todos los martes y jueves de tres años. En un hombre esperando con una emisora de mano a que la caseta se quedara sola.

—Segunda familia.

La voz que salió del altavoz era limpia, cálida, sin una sola arista. Mochuelo. ¿Sigues despierto? Aquí base. Recibido. Lucía congeló la imagen en el centro de la pantalla. La mancha era nítida, de contornos claros, sin ninguna deriva.

—Equipo moderno, de calidad. La portadora no se mueve ni un hercio.

Voz de hombre mayor, de despacho, con una inspiración corta antes de cada frase importante.

E3 y E12. Lo oíste en el 209, lo oíste anoche.

Las dos veces se oyó fuerte, cerca de ti.

Y siempre cuando acababas de dar un paso: el aviso de Barroso, tu respuesta a la sargento, tu respuesta de anoche por radio.

Es la única emisión que parece reaccionar a lo que haces. —Dudó—. Y es Martín.

—Es Martín.

—Que yo sepa, es Martín. —Pulsó otra tecla—. Tercera.

Sonó una voz plana, joven, sin matices, que parecía leer en un papel. Mochuelo. Ya no queda nadie que te ayude. Detrás, un silencio de motor de coche. Lucía lo cortó.

—También equipo moderno, pero otro. Más barato, más duro de frecuencia.

Una voz de chaval que no pone ni una emoción.

E7, la del día que lo encontramos, y E6, la del silo, que es un bucle.

No es Martín. No suena a él ni respira como él.

No se adapta a lo que haces: te manda a un sitio equivocado o te amenaza, y desaparece.

No habla más que cuando tiene algo que hacer.

—¿Y el que corta la antena?

—No habla. Ni siquiera emite. —Sonrió sin alegría—. Esos son los que actúan. Tengo tres manos, Víctor. Lo único que he demostrado en tres semanas es eso. Una que se esconde para ayudar. Otra que sondea para saber. Y otra que quita de en medio.

—Anótalo.

—Está anotado. —Hizo clic y los tres espectrogramas se quedaron quietos en la pantalla, como tres huellas dactilares sobre una mesa—.

Y hay una prueba más, la que a mí me ha quitado el sueño.

Anoche a la una y cuarenta y uno hubo dos emisiones con cinco minutos de diferencia.

Una la tuya, la de Martín, en Alcalá. Y otra en el valle, a la una y cuarenta y seis, grabada por Eusebio a ciento sesenta kilómetros.

Eso no lo hace una persona sola. Y no creo que sea cosa de un mismo grupo que habla con una sola voz.

—Se llevan mal.

—No se llevan nada. —Lucía subió las gafas con el dorso de la muñeca—. Uno quiere que oigas, otro que dudes y otro que calles. Ahora mismo, el que más te ayuda es el que más se oculta. Y no puedo demostrar quién es.

Víctor miró la pantalla. Pensó en la mano de Tomás sobre su hombro. Pensó que la verdad de las cosas no es un dato, sino una distancia.

*

A la una menos diez tomó el primero de los tres cafés del termo.

Lucía bebió el suyo con las dos manos. La lluvia había parado un rato y el viento subía, un viento largo que empujaba la cabina de costado con una insistencia dura, de fin de semana largo.

En el 19, tres camioneros hablaban de él.

Uno, de Soria, decía que esa noche no era noche para circular.

Otro, un gallego, contaba que llevaba desde las ocho esperando en una gasolinera de Medinaceli a que se calmara.

Uno más joven preguntó por la previsión de mañana.

—Aviso naranja desde las seis de esta mañana hasta las seis del viernes —dijo Lucía, que había abierto otra ventana en el portátil—.

Cierzo del noroeste. Rachas de hasta ciento diez en el valle del Ebro y en el Jalón, y lo peor entre la medianoche y el amanecer.

La DGT dice que es probable que restrinja la circulación de pesados en la A-2 a partir de Calatayud, hacia Zaragoza.

Todavía no hay decisión. La anunciarán esta tarde.

—Cierzo —repitió Víctor.

— Ven a casa, que el cierzo no perdona.

—No lo digas.

—Perdón. —Ella cerró la ventana—. Hay otra cosa.

Julián llamó a un móvil la tarde del catorce, mientras vosotros estabais en su taller.

Una llamada de dos minutos. Sara lo ha mirado esta tarde: el móvil está a nombre de un tal José María Mora, de Guadalajara, cuarenta y un años.

Alias Chema. Jefe de tráfico de Logística Ribota.

—Tenía la voz muy baja, muy controlada—.

El mismo que llamó a Ismael. El que te llama «calvo con voz de fumador».

—El de la flota.

—Julián llamó a Chema, y esa misma noche estaba muerto. No hace falta un espectrograma para entender eso.

Víctor no dijo nada. Lucía tampoco añadió que lo anotara como hipótesis.

*

El segundo hallazgo vino a la una y veinte. Lucía había pasado el audio de E5 por un programa de su invención y, después de diez minutos de ventanas y filtros, giró la pantalla. Tenía los ojos muy abiertos.

—Mira esto. La noria. Cada cuatro segundos, un golpe. Lo restamos. Se lo quito entero, con su plantilla, hasta que sólo queda lo que no es la máquina. —Pulsó—. Mira lo que queda.

En la pantalla había aparecido una fila de puntos finos, esparcidos entre los espacios que había dejado la noria. Pequeños, ágiles, secos. Lucía los señaló con la uña.