27.185 Capítulo 27. Carga humana #2
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Capítulo 27. Carga humana #2

Ismael no contestó enseguida. Se miró las uñas, que tenía mordidas.

—Salí a las once y veinte. Cogí la A-2. Iba bien. A la altura de Medinaceli, en el repecho de después, a las doce y media, más o menos, oí un golpe. —Tragó—. Un golpe sordo, desde atrás. Como si se hubiera movido un palé. Y después otro. Y después un ruido así... largo. Raro.

—¿Qué hizo?

—Bajé la radio. —Se encogió de hombros con una torpeza infantil—. Puse música. Era un servicio de seiscientos euros. Tengo una hipoteca.

Víctor no se movió. Estaba mirando la formica. En el borde de aluminio de la mesa, a la altura de su dedo, había una muesca pequeña con forma de cruz.

—Yo no abrí nada —dijo Ismael, y levantó por fin los ojos, y Víctor vio que no hablaba para Sara—. Me dijeron que no se abre en ruta.

Nadie habló. En el televisor, sin sonido, un presentador movía los labios sobre un mapa de España cubierto de flechas.

—Llegué a la una y catorce —siguió Ismael, más bajo—.

Una cooperativa, con una báscula. Me abrió la verja un hombre de gorra, con bigote.

Fino. Entrecano. No dijo palabra. Cogió los papeles, miró el precinto, hizo una seña para que desenganchara.

Mantuvo siempre la cabeza baja. Lo noté porque no la levantó ni cuando le di las buenas noches.

Desenganché, firmé en la báscula. Me dio un sobre.

Seiscientos euros, contados. —Hizo una pausa—.

Antes de irme me dio las gracias. Con una voz como de catarro.

Fue lo único que dijo. «Gracias, chaval. »

Víctor notó que Sara lo miraba de reojo. No le devolvió la mirada.

—¿Volvería a reconocerlo?

—No creo. Llevaba la visera muy baja. —Ismael se pasó las dos manos por la cara—. ¿Me van a detener?

—Hoy no. —Sara cerró la libreta—. Mañana a las diez declarará en Calatayud, con abogado de oficio si no tiene. Lo que usted me ha contado es lo que dirá allí. Ni una palabra menos. Si no aparece, iré a buscarlo.

—Iré.

—Bien.

Ismael se levantó. Se puso la gorra. Se quedó de pie un segundo, mirando a Víctor sin saber qué hacer con los brazos.

—Usted lo hacía antes también, ¿verdad? —dijo, bajito—. Lo de Arce. Me lo ha dicho ella.

—Sí —dijo Víctor.

—Pues. —Buscó la palabra—. Que no es fácil.

Se fue. Cuando la puerta de cristal se cerró detrás de él, Víctor sintió que le habían quitado de encima una cosa que no quería perder: su propia cara, vista desde fuera.

*

—Es como yo —dijo.

Sara no contestó enseguida. Había cogido uno de los cafés fríos y lo sostenía sin beberlo. Esperó a que la camarera pasara con una bandeja.

—Participó. Cargó, condujo, entregó. Eso es material y nadie lo discute.

No sabía lo que llevaba. Eso es otra cosa, y hay que probarla.

Y no quiso saber. Eso es una tercera, y no está en el Código Penal.

Son tres cosas distintas. Un juez las mide por separado.

—Dejó la taza—. Y usted lo sabe mejor que yo, así que no se lo digo para consolarlo.

—No me ha consolado.

—No lo intentaba.

Fuera llovía con fuerza. Una racha de viento hizo vibrar los cristales del restaurante. Sara apoyó los codos en la mesa y se frotó la cara.

—Hace ocho años cerré cinco expedientes de chicas de centros de menores.

Fugas voluntarias. Otoño, noche, una furgoneta o un camión largo que ninguna testigo supo describir.

Yo sabía que no eran fugas. No tenía nada con lo que decirlo.

—Cerró los ojos—. A una de ellas, Lidia, la vio una niña de catorce años desde la ventana de su dormitorio.

Un camión parado delante del centro, a las once de la noche, con el motor encendido.

Me lo dijo tres veces. Cuando fui a verla, la cuarta, se había ido de casa.

—Abrió los ojos—. Ismael llevó a Alba. Alguien llevó a Lidia.

No hay un solo conductor que lo supiera. Y no hay uno solo que no lo sospechara.

Víctor no dijo nada. Pensó en un ojo húmedo en una rendija.

El teléfono vibró encima de la mesa. Era el suyo, el móvil de plástico negro, que había recuperado esa misma tarde.

En la pantalla apareció un número fijo con prefijo de Guadalajara.

Lo reconoció: era el que había visto escrito en la pared del despacho de cristal de una nave de ladrillo claro, bajo un cartel que decía Aquí se descansa .

Sara cogió el aparato con dos dedos y lo miró un momento.

—Contéstele —dijo—. En altavoz. Yo grabo.

*

—Víctor.

La voz llenó el hueco entre la taza y la formica con la misma calidez de siempre, la de un hombre que habla a alguien que está de su lado. Se oía de fondo el roce de unos papeles y una puerta cerrándose muy despacio.

—Perdona la hora. Me han dicho que andabas por el valle del Jalón. Y que tu camión pasó hoy seis horas en una salida a la que, según tengo entendido, no entras nunca. —Una pausa de aire, apenas—. Me alegré, ¿sabes? Me alegré mucho. Es un buen sitio para recordar.

Sara levantó una ceja. Víctor sintió que el estómago se le encogía.

—Martín.

—Dime.

—¿Qué quieres?

—Verte bien. —Parecía sincero—. Y decirte una cosa que no te dije el sábado, porque el sábado no tocaba. Tengo la costumbre de contar las cosas cuando es el momento. Anoche me dijiste que sabes dónde dejaste algo. Quería que supieras que no hay prisa.

Ninguno de los dos respiró.

—No hay prisa, Víctor. A veces uno tiene que recordar con calma, aunque la calma sea un lujo. Yo lo entiendo.

—Dime lo que quieres decirme.

—Aquella noche se nos extravió un porte. —El tono no cambió. Sonaba como si hablara de unas facturas—. Un porte que se extravía siempre lo paga alguien. No eres tú, lo sabes. No lo has sido nunca. Tú hiciste lo que se te pidió, y te lo agradecí entonces y te lo agradezco ahora.

—¿Quién lo paga?

—Tomás sigue vivo, por cierto, y sigue pagando.

—Lo dijo con una ternura exacta, ligera, casi distraída—.

Te mentí el sábado y quiero pedirte perdón.

Dije que había muerto en Francia. Me pareció más piadoso.

A veces uno protege a un amigo de otro amigo.

Está bien. Está donde tiene que estar. No lo dudes.

Víctor miró a Sara. Ella no se había movido. Tenía la mandíbula dura y los ojos fijos en la pantalla.

—¿Dónde está?

—Donde ha estado siempre, Víctor. En su tramo. —Se oyó una risa corta—. Cada uno hace el suyo. Eso es todo lo que sé de la vida.

—Hay una chica.

—De la chica de la tele ya no sé qué decirte.

—Fue el único instante en que la voz bajó, un poco, como al pasar por un bache—.

Esa historia se ha complicado más de lo que quise.

Hablaremos. El viernes, cuando pase lo mío.

Tú y yo, con un café. Te lo prometo. Y todo lo que quieras saber, te lo contaré.

—El viernes es tarde.

—Descansa, Víctor. Mañana es jueves.

Colgó.

El teléfono quedó sobre la formica con la pantalla encendida, mostrando durante unos segundos la duración de la llamada. Cuatro minutos y doce. Después se apagó.

Sara paró la grabación. Se pasó una mano por el pelo mojado.

—No sirve —dijo.

—¿Cómo que no?

—No sirve para detenerlo. —Hablaba despacio, ordenando—.

No admite nada. «Se nos extravió un porte»: un paquete.

«La chica de la tele»: la prensa. «Tomás sigue vivo»: un hombre que corrige una información que dio.

«Descansa»: una frase de cortesía. Lo repite un abogado en una sala y suena a conversación entre dos conocidos que se preocupan el uno por el otro.

—Levantó los ojos—. Sirve para pedir una escucha.

A un juez le puedo decir que un empresario con una Fundación llama de madrugada a un testigo protegido y le habla de personas desaparecidas desde el teléfono fijo de su despacho.

Eso le va a gustar a Roldán. Pero lo que quiere Martín no es lo que dice. Es que lo oigamos.

—¿El qué?

—Que Tomás está en sus manos. —Cogió el móvil de Víctor y lo giró hacia él—. «Sigue vivo y sigue pagando». No se lo ha dicho para tranquilizarlo. Se lo ha dicho para que sepa qué cuesta cada cosa que usted haga.

Víctor miró el aparato oscuro. Pensó en un hombre con la gorra pegada al pecho, diciendo no lo hagas . Pensó en que alguien, en algún sitio, tenía en la mano la correa de ese hombre y se la acababa de enseñar.