27.185 Capítulo 27. Carga humana
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Capítulo 27. Carga humana

Sara volvió a las seis y diez, con la lluvia ya cayendo en hilos finos sobre el parabrisas y los faros del Land Rover barriendo la grava como dos escobas amarillas.

Víctor la vio bajar antes de que el coche se detuviera del todo.

No corría, no andaba deprisa. Andaba con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza levemente adelantada, como camina quien lleva en la boca algo que no quiere dejar caer.

Ugarte se quedó al volante. Ruiz miraba a otra parte.

Abrió la puerta de la cabina y subió. Cerró. El agua le resbalaba por el pelo y le goteaba en el cuello de la cazadora. Se quedó un momento sin hablar, con las manos abiertas sobre las rodillas, mirando el cuadro de mandos apagado.

—Estuvo allí —dijo.

Víctor no preguntó quién.

—Hasta hace pocas horas. —Su voz salió muy baja, plana, cuidadosa—. Déjeme contárselo en orden.

Se lo contó. La cooperativa de San Esteban de Ribota ocupaba el fondo de un barranco seco, a tres kilómetros de la nacional, tras un pueblo de casas de adobe y una iglesia con una espadaña de ladrillo en la que alguien había anidado una cigüeña.

Tenía la fachada de un edificio de los años sesenta con un cartel de azulejos.

Dentro, un patio de hormigón, una báscula puente con su caseta, dos silos redondos, el secadero con su chimenea de chapa y, en lo alto, la torre de la noria, un torreón de hierro del que sobresalía el cuello de un elevador.

Sara había oído el golpe desde el coche.

Cada cuatro segundos, un repiqueteo metálico, como si dentro de la torre alguien arrastrase una cadena con un eslabón torcido.

—Lo reconoció usted desde una cabina a ciento sesenta kilómetros —dijo—. No me lo explico.

Don Anselmo, el gerente, tenía sesenta y cinco años, gafas de pasta, un jersey de lana gris con coderas y una fiambrera abierta sobre la mesa de su despacho.

Había dejado el tenedor en el aire al verlos entrar.

«¿Una niña? ¿Una niña de Guadalajara?» No sabía nada.

Se lo habían dicho los ojos antes que la boca.

Ugarte le explicó que sólo querían echar un vistazo, que la Guardia Civil no tenía orden pero que si él lo consentía, como dueño del recinto, podían recorrerlo.

Anselmo se levantó sin acabar la frase. Dijo que sí a todo.

Que cómo no. Que si había una criatura, él mismo abriría hasta la última puerta.

—La nave anexa —dijo Sara—. La segunda, la que está al fondo, junto a la tapia. La tenía alquilada una empresa de transportes.

—Logística Ribota. Desde hace cinco años.

Paga puntual, por transferencia, a primeros de mes.

Tienen allí remolques, algunos palés, no sé.

Yo nunca he entrado. —Se había quitado las gafas y las limpiaba con el borde del jersey—.

Tengo una cláusula, por lo del seguro contra incendios, que dice que puedo inspeccionar cuando quiera. No la he usado jamás.

La usó. Abrió el candado con una llave de la cooperativa que colgaba en un cuadro de madera, entre cientos de otras, rotuladas a mano, y por un instante el hombre y el candado parecieron desconocerse.

La puerta daba a un almacén largo y oscuro, con dos remolques vacíos y un olor a gasóleo y a polvo de cereal que Sara reconoció, dijo, por lo que había oído en la grabación.

Al fondo, pegado a la pared, había un cuarto de ladrillo que había servido de laboratorio de muestras.

Estaba abierto. No tenía llave.

—Había un colchón —dijo Sara. Se miraba las manos—.

De espuma, de los de camping, sin funda.

Un cubo con tapa. Una botella de agua de medio litro, empezada, todavía fría.

Y un trozo de pan en un plato de plástico, con la señal de un mordisco.

— Hizo un gesto con el pulgar y el índice, muy pequeño—. Pan blando. De hoy.

Víctor no se movió.

—En el suelo, entre el colchón y la pared, había tres mechones de pelo con tinte. Violeta. Los he recogido con pinzas. Están en una bolsa en el Land Rover. —Respiró—. Y en la pared, a la altura de la cadera de alguien que está sentado, hay unas marcas.

Sacó el móvil y le enseñó la foto. Rayas hechas con una uña o con el borde de un objeto duro, sobre el yeso, en grupos.

Dos cortas y una larga. Dos cortas y una larga.

Una pausa más ancha, y otra vez. Había por lo menos treinta repeticiones, ordenadas en filas casi rectas, como una partitura de alguien con prisa.

—¿Qué es?

—No lo sé. —Ella ladeó la cabeza—. Pero es un ritmo. Y quien lo hizo tenía mucho tiempo.

Fuera, el viento arreciaba con la lluvia. Una racha golpeó la cabina por el lado del conductor y la sacudió un poco.

—Se la llevaron antes de que llegáramos —dijo Víctor.

—Sí.

—Esta mañana mi camión estuvo seis horas debajo de esa farola. Desde el pueblo se ve el humo de un tubo de escape. —Se le quebró la voz en algo que no era llanto—. Los hemos movido nosotros.

—Probablemente. —Sara no suavizó nada—. Y si no hubiéramos venido, estaría allí dentro y no lo sabríamos. Las dos cosas son verdad. No intente quedarse con la peor.

Se frotó los ojos con las dos manos.

—Hay otra cosa. En la caseta de la báscula hay un libro de registro.

Todos los camiones que pasan por la báscula dejan un apunte: matrícula, peso, hora, conductor.

Anselmo lo guarda por obligación del seguro.

Lo he hojeado. —Metió la mano en el bolsillo y sacó una libreta—.

El martes primero de noviembre, a la una y catorce de la madrugada, entró una tractora con un remolque de Ribota procedente de Guadalajara.

Matrícula, la del remolque. Conductor: Cortés, Ismael.

—La una y catorce.

—La una y catorce. —Sara asintió—. Un día y veintiséis minutos antes de lo que usted oyó en el kilómetro 209.

*

Ugarte no preguntó nada. Los dejó en el cruce con un gesto de la mano y dijo que él avisaría a su comandancia antes de las siete, que para eso estaba.

Sara asintió sin mirarlo. Cuando el Land Rover se perdió bajo la lluvia, tenía la expresión de quien acaba de oír cómo se cierra una puerta a su espalda y sabe qué pasillo hay detrás.

—Mañana por la mañana el capitán sabrá que he estado en un pueblo de Zaragoza sin avisarle —dijo.

—¿Qué va a pasar?

—Que me llamará. Con voz de padre. Y que dejaré que me hable.

Llamó a Ismael desde el camión, con el número del albarán que el gerente le había dejado fotografiar. Habló cuatro minutos, de pie bajo la farola, con el móvil pegado a la oreja y una mano en el techo del camión. Cuando volvió a subir, traía la cara de las mañanas de domingo.

—Está en Calatayud. Vuelve de Zaragoza. Dice que no tiene nada que contarme. Lo he convencido de que cenemos con él en la gasolinera de Ateca, a las nueve, sin abogado, sin acta y sin que nadie escriba nada. —Se sentó—. Ha puesto una condición.

—¿Cuál?

—Que usted esté. Quiere hablar con «el otro camionero».

*

La gasolinera de Ateca tenía un restaurante de carretera de los de antes: mostrador de acero, mesas de formica con el borde de aluminio, un televisor mudo sobre la máquina de tabaco, un cartel que ofrecía Menú del transportista .

Ismael Cortés los esperaba en la mesa del fondo, con las manos alrededor de un vaso de agua.

Tenía treinta y cuatro años y parecía de menos; un chico flaco, con una barba de tres días y una cazadora de nylon con el logo de una marca de lubricantes.

Llevaba una gorra que se quitó al verlos, y se la puso otra vez, y se la volvió a quitar.

Sara se sentó frente a él. Víctor se quedó con el respaldo de la silla pegado a la pared. Pidieron tres cafés que no iban a beber.

—No es un interrogatorio —dijo Sara—. No le leo derechos porque no le acuso de nada. Si quiere un abogado, nos levantamos y nos vamos y mañana nos vemos en el juzgado de Calatayud. Pero me gustaría escucharle ahora.

—Yo no he hecho nada.

—Eso lo decidirá un juez. A mí me interesa lo que pasó.

Ismael miró a Víctor. Lo miró un buen rato, como quien intenta ver detrás del hombre al camionero.

—¿Usted es el de las radios?

—Soy el que oyó algo.

—La sargento me dijo por teléfono que había un camionero que había oído algo. —Se pasó la lengua por los labios—. Yo no pongo ya el 19. Nadie lo pone.

—Yo sí —dijo Víctor.

Ismael asintió despacio, como si la respuesta tuviera un peso. Cogió el vaso. Lo dejó.

Lo contó rápido, con la cabeza gacha, sin levantar los ojos de la formica.

Era autónomo, tractora propia con letras del banco.

Una hipoteca de ciento ochenta mil euros a veinticinco años, una niña de cuatro, una mujer que trabajaba en una óptica y cobraba la mitad de lo que gastaban.

Había hecho cuatro servicios para Ribota en el último año.

Siempre con prisas. Siempre bien pagados.

El lunes treinta y uno por la tarde le había llamado un tal Chema, del tráfico de la empresa.

Una carga urgente. Recogida en Los Tilos a las once de la noche, entrega esa misma madrugada en una cooperativa de Zaragoza.

Seiscientos euros en mano al llegar. «Remolque precintado. Ya sabes cómo es esto.»

—¿Chema qué más? —preguntó Sara.

—No sé. Chema. El del tráfico. Es un hombre de unos cuarenta, calvo, con una voz así de fumador. No sé el apellido.

Sara escribió algo. Víctor, desde la pared, vio que había anotado el nombre y lo había rodeado con una línea.

Ismael continuó. Había recogido el remolque a las once y diez en una nave, la tercera, con el portón corredero abierto.

Dos hombres con cazadora azul de seguridad le habían entregado los papeles y le habían enseñado el precinto: un disco de plomo con alambre.

«Si lo rompes, te rechazan la carga y el seguro no cubre», le dijeron.

Él lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Era la regla. Las puertas no se abren en ruta.

—Tengo la costumbre de mirar los precintos —dijo—. Era el treinta y cuatro. Lo recuerdo porque mi mujer cumple treinta y cuatro. —Se rio, un ruido seco—. Qué tontería.

—¿Y en el camino?