27.185 Capítulo 26. La entrega #2
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Capítulo 26. La entrega #2

Habló con una cadencia que no era la suya, rápida, sin pausas, sin aliento.

Le dijo dónde estaba. Le dijo qué había.

Que los golpes. Que Tomás había dicho que eran palés.

Que ella había salido corriendo hacia el campo, y que Tomás había ido detrás, y que él no sabía qué iba a hacer.

Que tenía unas muñecas atadas con cinta.

Elena no lo interrumpió. Respiraba a pocos centímetros de su oído. Cuando él se calló, ella dijo despacio:

— ¿Qué puerta?

—La del remolque.

— Víctor. Escúchame. Llama al 112. Ahora. Y luego vuelve a casa.

—Tenías razón —dijo él—. Tenías razón con lo de las facturas.

— Calla. —Se oyó el crujido de unas sábanas, el golpe de un pie descalzo contra el suelo—. Llama al 112, Víctor. Cuelga y llama. Yo me quedo aquí.

—Sí.

Colgó. Marcó el uno. Marcó otro uno. Le temblaba tanto el pulgar que erró el tercero, y tuvo que borrar, y empezar otra vez. Cuando levantó los ojos para mirar la oscuridad por la que se había ido la chica, vio las luces.

Eran dos faros amarillos, a lo lejos, que bajaban por el ramal desde la autovía, despacio, rebotando.

Dejó de marcar.

Lo que sucedió después le llegó en pedazos, sin orden, como fotografías caídas de un álbum.

Una linterna que se apagaba. Unas manos que hacían algo rápido, junto al cuerpo, con la respiración contenida, la grava bajo las suelas, el frío del metal en la yema.

No veía qué hacían. Eran sus manos, y no sabía qué hacían.

Luego, el borde de una sombra grande, una tractora que entraba en el apartadero marcha atrás, y dos hombres con monos de trabajo que bajaban de ella sin saludar, sin mirarlo, y enganchaban el remolque abierto y vacío con la cabeza gacha y se lo llevaban por donde habían venido.

Pasó un cuarto de hora, o veinte minutos.

Pasó Tomás a su lado, sin gorra, con el pelo revuelto y la respiración rota.

Dijo algo parecido a «Se ha perdido. Ya aparecerá».

Después se apartó unos pasos, de espaldas, con un teléfono en la oreja y la otra mano en la nuca, y habló bajo, muy bajo, y colgó, y bajó la cabeza como se agacha un hombre que no quiere que lo vean.

*

El segundo coche llegó a las dos y diez.

Era oscuro, grande, y se detuvo a quince metros con las luces de cruce encendidas y el motor funcionando.

Se apagaron los faros. La puerta del conductor se abrió, y Martín Ledesma, con un abrigo de lana oscuro y un sombrero de ala corta, bajó con esa serenidad que tenía para ocupar un sitio, como quien llega a una cena a la hora exacta.

—Víctor. —Alzó una mano, sin sonreír—. Ven. Siéntate conmigo, que hace frío.

Fue. No supo por qué. Fue por el hábito de seis meses de ir adonde le decía aquella voz.

Abrió la puerta del acompañante y se sentó en un asiento de cuero que olía a perfume de hombre y a calefacción, y la puerta se cerró sola con un golpe sordo.

Martín se había sentado al volante. Tenía las manos puestas sobre las rodillas, abiertas.

—Ha habido un incidente —dijo—. Es un fastidio. Comprendo que te hayas asustado.

—Había una chica.

—Había un porte que no ha ido bien. Esas cosas pasan. —Habló en el tono de un médico que explica una analítica—. No ha ido bien por una razón de logística, y alguien tomó una decisión equivocada con las órdenes. Yo me ocupo. Tomás se ocupa. Tú no tienes que ocuparte de nada.

—Yo abrí la puerta.

—Y no pasa nada. —Una pausa pequeña, medida—. Las puertas no se abren en ruta, Víctor. Eso lo sabes. Pero no pasa nada. Hoy no ha pasado nada. Tú no has visto nada. Tú has parado a arreglar un latiguillo y ya está.

Metió la mano en el abrigo y sacó un sobre. Era grande, de papel de estraza, con una goma. Gordo. Lo puso en el regazo de Víctor con dos dedos, con la delicadeza de quien deposita una tarjeta en una bandeja.

—Esto es de parte de la empresa. Una compensación. Por las molestias, por el susto, por haber salvado el negocio de una noche mala. —Sonrió con tristeza—. Mañana hablamos. Ahora ve a Zaragoza. Tienes que estar en el muelle a las cinco, y yo no quiero que llegues tarde por una tontería.

Víctor miró el sobre. Pesaba como una barra de pan.

Miró el sobre y no miró la mano. Lo miró mucho, con la cabeza gacha, hasta que se dio cuenta de que ya lo tenía cogido, de que lo había cogido, de que lo había guardado en el interior de la cazadora con los dos dedos de quien se mete en el bolsillo una cosa caliente.

Dijo: «Gracias.» Lo dijo en voz baja, en el hueco que quedaba entre el cuero y la calefacción. Nunca lo había dicho tan bajo.

Por el cristal de la ventanilla veía su propio camión parado bajo la farola, con la luz amarilla sobre el capó.

Veía a Tomás, apartado junto a la furgoneta blanca, con el teléfono otra vez pegado a la oreja y la mano en la nuca, hablando un minuto escaso con alguien que no era Martín.

Después lo vio guardar el aparato y tumbarse en la grava.

Veía un par de botas asomando debajo de la cabina, a la altura de la rueda delantera, y el resplandor de una linterna de mano que iluminaba un hueco del chasis.

Tomás estaba tumbado de espaldas sobre la grava, con medio cuerpo bajo el camión, y trabajaba en algo.

Alcanzó a ver una llave inglesa. Se oyó, apagado, un golpe metálico.

Tomás no miró hacia el coche. No giró la cabeza ni una vez.

—Está arreglándolo —dijo Martín, siguiéndole la mirada—. Le he pedido que te deje el camión como nuevo. Es lo mínimo.

Y Víctor pensó: es un buen tipo.

*

La farola zumbaba. Era la misma. El camión era el que estaba debajo, el mismo cono, el mismo cielo bajo y aplastado que se estaba quedando sin luz; la grava estaba a su lado, y allí, a diez metros, el banco de hormigón.

Tenía las manos sobre el volante. Las apretaba con tanta fuerza que le dolían los nudillos. Las abrió.

Eran las seis menos veinte.

No se movió durante un rato. Miró el cristal empañado, la luz anaranjada que se derramaba sobre el capó, las gotas de lluvia fina que habían empezado a caer sin que él se diera cuenta.

Pensó en la mano que había cogido el sobre.

No se había resistido. No había habido un instante de duda, ni una lucha, ni una frase como las que se dicen en las películas.

Se lo había guardado en el bolsillo con el pulgar y el índice, de la misma forma en que se coge el cambio.

Había hecho lo que hacen los que no miran. Aquella noche y todas las otras.

Y sin embargo, antes del sobre, había abierto la puerta.

Las dos cosas eran verdad. Ninguna borraba a la otra. Las tenía una al lado de la otra en el pecho como dos objetos pesados sobre una balanza que no daba un resultado.

Algo más, sin embargo, se movía debajo.

Volvió a ver, con la luz amarilla pegada a los párpados, las manos que hacían algo rápido, junto al cuerpo, en la oscuridad.

No era una imagen. Era un hueco con la forma de una imagen, un trozo de cinta cortado con tijeras.

Después de llamar a Elena, con los faros ya bajando por el ramal, él había hecho algo con sus manos.

Lo había hecho con prisa y con cuidado, con la serenidad de quien sabe lo que hace.

Y después se había sentado en el banco, había esperado a que llegasen los hombres, y no había vuelto a pensar en ello nunca.

Había escondido algo.

Se lo dijo en voz alta, a la cabina vacía. Lo dijo despacio, como se pronuncia una palabra en otro idioma.

—Escondí algo.

No sabía qué. No sabía dónde.