27.185 Capítulo 26. La entrega
77%

Capítulo 26. La entrega

El cabo Ugarte llegó a las dos menos diez en un Land Rover verde de la Guardia Civil con una abolladura en la aleta y un guardia joven al lado.

Aparcó en el cruce, bajó con la lentitud de los que llevan veinticinco años de servicio en un mismo valle y dejó el motor encendido.

Era un hombre de cincuenta años, ancho, de cara quemada por el sol, con un bigote cortado a tijera y el paso de quien ha hecho más kilómetros por caminos de tierra que por carreteras.

Sara le había hablado por teléfono desde el banco de hormigón, de pie, tapándose la oreja con la mano libre contra el viento.

—Sargento Molina. —Le tendió la mano—. Hablamos esta mañana.

—Ugarte, del puesto de Ateca. Este es Ruiz. —El guardia joven saludó llevándose dos dedos a la visera—. Me ha dicho usted que no es oficial.

—Es una visita de cortesía a una cooperativa, con el permiso de quien la lleva, para hacer unas preguntas sobre un camión. Nada más.

—Una visita de cortesía de una sargento de Guadalajara a una cooperativa de la provincia de Zaragoza. —Ugarte la miró sin acritud, con las manos en el cinturón—. Sin avisar a mi comandancia ni a la suya. Y sin orden.

—Avisará usted a su comandancia cuando salgamos. Yo a la mía, después.

—Después. —Repitió la palabra como quien la prueba con la lengua, y asintió con un movimiento que no era ni aprobación ni reproche—.

Don Anselmo es buena gente. Lleva la cooperativa desde hace veintidós años y no creo que sepa ni lo que hay en la mitad de las naves.

Si le pide usted las cosas bien, abrirá.

A mí me lo ha dicho siempre, que está para eso.

—Es lo que espero.

—Pues vamos antes de que sea tarde para él. Come a las tres.

Sara se volvió hacia Víctor, que había bajado de la cabina y esperaba a diez pasos, apoyado en la rueda delantera del camión, sin atreverse a acercarse a la conversación. Se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario.

—Usted se queda aquí.

—Lo sé.

—No se mueva. Cierre la puerta con seguro.

Si aparece alguien, no hable, no salga, no se enfrente a nadie; llame al 112 primero y después a mí.

—Sacó el móvil de su bolsillo interior, el que había guardado desde el martes con la grabación, y se lo tendió—.

Aquí está el suyo. He copiado todo. Le quedan dos rayas de batería. No lo gaste.

Víctor lo cogió. Pesaba menos de lo que recordaba.

—¿Cuánto tardará?

—No lo sé. Dos horas. Tres. —Dudó, y por primera vez en toda la mañana pareció una mujer de cuarenta años que ha dormido poco—. Esto me gusta menos que a usted.

Subió al Land Rover por detrás. Ruiz condujo despacio por el cruce hacia la carretera vieja.

Al llegar a la señal torcida de San Esteban de Ribota 3 km , el coche giró a la izquierda y desapareció entre los pinos.

Víctor se quedó mirando el sitio por el que se habían ido hasta que el ruido del motor se hizo uno con el del viento.

*

Pasó la primera hora haciendo lo único que sabía hacer con el tiempo muerto.

Comprobó el camión. Rodeó la cabeza tractora dos veces, con las manos en los bolsillos y los ojos en el suelo, y revisó los neumáticos uno por uno, la presión con el pulgar, el hueco de las ruedas gemelas donde la grava se mete y se hace hueso.

Engrasó una bisagra del depósito del gasóleo con el bote que llevaba en la caja de herramientas.

Comió un bocadillo de tortilla que se había guardado en la bolsa a las siete de la mañana, de pie, con la espalda contra la rueda, mirando la carretera.

Cuando terminó se limpió los dedos con el papel de aluminio y lo dobló en cuatro.

La Venta se quedó quieta. Volvió a ser un sitio de postal.

Las islas de la gasolinera, el cartel, el banco, la farola apagada con su cono de luz dormido.

Los pinos movían la cabeza todos al mismo tiempo.

Cada diez minutos pasaba un coche por la autovía, que ahora se veía como un hilo gris por encima de la ladera, sin ruido.

Cada veinte, un tractor viejo por la carretera comarcal, con un hombre de gorra y un perro de pie en el remolque.

Uno de ellos redujo la velocidad al llegar al cruce, miró al camión, miró al hombre, y volvió a acelerar.

Un todoterreno verde con matrícula de Zaragoza pasó dos veces en cuarenta minutos. La segunda, más despacio.

Víctor lo apuntó en la libreta por costumbre. 14.35. Todoterreno verde, Z. Segunda pasada. Después se subió a la cabina, cerró con seguro, y sintió la cara de la Venta cerrarse a su espalda como una puerta.

Encendió la emisora fija. Dejó el volumen en un susurro.

En el 19 hablaba una mujer, la misma de la mañana, con la voz cansada, preguntando por una avería; contestó un camionero a lo lejos.

La radio del salpicadero, la de la cabina, sonaba también muy bajo, en la emisora de la Nacional, y entre una canción y un anuncio de seguros el locutor, con voz de lunes, dijo que la Agencia Estatal de Meteorología había emitido un aviso naranja por viento para el valle del Ebro y el sistema Ibérico.

Rachas de hasta noventa, ciento diez kilómetros por hora, a partir de la madrugada del jueves. Víctor bajó el volumen.

Pasó la segunda hora mirando el reloj. A las tres y media se quedó dormido sin saberlo.

A las cuatro y diez, un golpe de viento sacudió la cabina y se despertó con el cuello rígido y un hilo de saliva.

A las cuatro y media entró un mensaje en el móvil, de Lucía.

Sigo con el audio. Sin novedad. ¿Y vosotros?

Contestó: Esperando. Lucía puso un punto, un solo punto, que fue lo más parecido a un abrazo que le mandó en todo el día.

A las cinco el cielo empezó a bajar. Fue como si alguien tirase de una cortina por el oeste.

Las nubes eran del color del hierro y el viento había cambiado a una racha larga y estable.

Víctor encendió los cortos. Las islas de la gasolinera perdieron el color.

La mesa se volvió gris. Y a las cinco y veinte, sin ruido, con un parpadeo breve y un zumbido de arranque, la farola se encendió.

*

La luz era amarilla.

No tenía nada de la luz blanca, helada, de los LED.

Era un sodio de verdad, un amarillo denso y grumoso, que caía sobre la grava como una sopa y se quedaba pegado a las cosas.

Lo vio llenar el cono sobre el que estaba aparcado el camión, cubrir las gotas del parabrisas, teñir de miel la mano que tenía apoyada en el volante.

Se miró la mano. Era la mano de otro. Y entonces el olor llegó, antes que la imagen: un olor dulzón, corrompido, a sudor viejo, a plástico, a ropa que lleva muchas horas puesta, saliendo por una abertura como sale el aire de un congelador cuando se abre.

La puerta del remolque se abrió hacia la izquierda.

La barra de hierro había subido con un chasquido, la hoja había girado sobre sus bisagras con un quejido de metal sin engrasar, y dentro estaba todo oscuro.

No se veía nada. No se veía a nadie. Un hueco rectangular, negro, de un metro ochenta, con el suelo de madera a la altura del pecho.

Víctor dio un paso atrás. Tenía las tenazas todavía en la mano.

Fue entonces cuando algo se movió.

Una forma pequeña se desprendió de la oscuridad.

Saltó. No bajó por el borde: saltó, con las dos piernas juntas y los brazos pegados al pecho, y cayó sobre la grava casi de rodillas.

Se enderezó. Era una chica. Era delgada y desgreñada, con una camiseta de manga larga y unos vaqueros manchados, una sola zapatilla, y entre las manos, juntas a la altura del estómago, una cinta de embalar enrollada alrededor de las muñecas.

La luz del sodio le dio de lleno en la cara.

Pálida. Los labios partidos. Los ojos, enormes, que se volvieron un instante hacia él y se pegaron a su cara y la recorrieron en una décima de segundo, como se recorre la cara de un desconocido para decidir si es de fiar.

No dijo nada. Echó a correr.

Lo apartó con el hombro al pasar. Le dio un golpe seco en el costado y siguió, descalza de un pie, corriendo sobre la grava con un ruido de sacos, hacia el borde del apartadero, hacia los pinos.

Atravesó el cono de luz. Se metió en la sombra.

Víctor oyó cómo se rompían ramas y cómo la grava se acababa y empezaba la tierra, una carrera ciega, que se alejaba hacia el campo.

—¡Eh! —gritó Tomás.

Pasó a su lado a la carrera, con la gorra en la mano y la chaqueta abierta, y por primera vez en seis meses no sonaba divertido.

Pasó también el eco de su voz, entrecortada, hacia la oscuridad.

«¡Eh, chica, espera! ¡Espera, no tengas...

!» Y Víctor lo vio meterse entre los pinos con las manos extendidas, como un hombre que persigue un animal que se le ha escapado de una cuadra y teme más lo que le pase que lo que haga.

Después fue silencio.

Víctor estaba de pie junto al remolque. El silencio se llenó de viento. Miró dentro.

No había nadie más. Había una manta sucia, una botella de agua vacía, un cubo de plástico con la tapa puesta. Y el olor. No miró más. No pudo. Se agarró a la hoja de la puerta, que oscilaba un poco, con la mano libre, y se dio cuenta de que le temblaba el brazo entero.

Sacó el móvil. Tenía el dedo derecho entumecido y le costó encontrar la tecla.

El teléfono sonó dos veces en el vacío.

— ¿Víctor? —Elena contestó casi antes del segundo tono, con la voz espesa del sueño, y la luz de una lamparita al otro lado—. ¿Qué pasa?

—He abierto la puerta, Elena.

Un silencio.

—He abierto la puerta. Hay una chica.