Capítulo 25. El Pinar #2
Pasaron el kilómetro 190. Pasaron el 195, donde un coche gris con el capó levantado estaba aparcado en un arcén, y Víctor reconoció la forma de una antena hecha con tubos de cortina. Eusebio. Levantó dos dedos del volante. Desde el coche no se movió nadie.
En el 205 puso el intermitente derecho, y luego lo quitó. Y a partir de ahí, desde el cartel azul con la taza, no pudo pensar en otra cosa que en los nueve kilómetros que quedaban.
Los hizo con el pie firme. Le sudaban las palmas y el sabor a metal le llenaba la boca, pero esta vez no se cambió de carril.
Sintió que el pecho le subía y bajaba como el de alguien que sube una escalera de sótano.
Vio acercarse el cartel azul que decía 214 , el panel de las salidas con los nombres de los pueblos, San Esteban de Ribota, Bubierca, Alhama .
Fue como ver acercarse un coche contra el que uno ha decidido chocar con los ojos abiertos.
Sara, a su lado, se había puesto rígida, y no dijo ni una palabra.
Se limitó a mirar el cuadro de mandos, el cuentakilómetros, la mano de Víctor.
Puso el intermitente. Bajó la marcha. Dejó la autovía por la derecha y, por primera vez en tres años, o en diez, el volante giró sin que nadie se lo pidiera.
*
El ramal descendía en una curva larga bajo un paso elevado de hormigón.
Al fondo había un cruce con una carretera de un carril y medio, la vieja nacional, con un cartel de chapa torcido por un golpe: San Esteban de Ribota 3 km .
A la izquierda, un camino de tierra. A la derecha, medio escondida entre los pinos, la silueta de un tejado de uralita.
—Aquí —dijo Víctor.
No lo había decidido. Las manos giraron el volante a la derecha y el camión entró en un apartadero de grava ancho como un campo de fútbol, dejó atrás una gasolinera sin surtidores, cuyas islas de hormigón eran cuatro tumbas vacías bajo un techo con goteras, y fue a pararse, a seis metros de una farola de poste alto, justo debajo del cono de luz, de cara a la carretera.
Apagó el motor.
La cabina se quedó sin la vibración, y el silencio entró como entra el agua en un barco.
El viento movía los pinos. Olía a resina, a hierro, a grava mojada.
A un lado había una mesa de hormigón con dos bancos, y un cartel descolorido sobre un poste, con letras que un día fueron rojas.
VENTA DEL PINAR. Comidas. Gasolina. Camas.
Y detrás de la farola, a su espalda, sujeta al poste con dos abrazaderas oxidadas, una caja gris de chapa con una puertecilla de rejilla atada con un alambre.
Se dio cuenta de que tenía los dos puños sobre las rodillas y de que, aunque tenía la boca abierta, no pasaba aire.
—Respire —dijo Sara.
—Estoy respirando.
—No. Respire despacio. Por la nariz.
Obedeció. Contó hasta cuatro. Sara no le tocó ni le dijo nada más. Bajó de la cabina por su lado, con cuidado, como quien baja a un sitio donde duerme alguien. Cuando él abrió su puerta y bajó a la grava, le temblaron tanto las rodillas que tuvo que agarrarse al retrovisor.
Era un sitio como cualquiera. Era un sitio, y lo sabía.
Lo sabían los pies, que habían pisado esa grava, y la espalda, que se acordaba del banco; sabía dónde caía la sombra de la farola a la una de la madrugada y dónde crujía la tierra suelta.
Esa mesa era la mesa donde un hombre había dejado un termo y una gorra.
Lo supo sin ver al hombre. Tomó aire por la nariz, cuatro tiempos, y fue hasta el banco y se sentó.
Sara recorría el apartadero con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. Andaba despacio, en espiral, de fuera hacia dentro. Se agachaba. Se levantaba. Cuando llegó a la mesa, se arrodilló y cogió algo del suelo con dos dedos enguantados, lo miró contra la luz y se lo mostró.
Un trozo de alambre de acero galvanizado, de dos centímetros, doblado en ángulo y cortado limpio. Brillaba.
—Nuevo —dijo.
Dejó el alambre en una bolsita y sacó otra. Había más, debajo de la mesa y cerca del poste. Siete trozos en total, y entre ellos, aplastadas contra la grava, tres colillas finas y torcidas, sin filtro, de las que se hacen con una mano y mucho tiempo.
—Tabaco de liar.
Víctor las miró.
—Reciente —dijo ella—. No lleva diez años ahí.
—No.
—Y huellas de neumáticos. —Se levantó y le hizo una seña con la barbilla hacia el lado del cartel—. Mire. De pesado. Eje doble, rueda gemela. Una, dos, tres veces, siempre en el mismo sitio. Alguien frena aquí y gira para salir hacia el camino.
—Es un relevo.
—Un relevo. —Repitió la palabra, la dejó caer entre los dos como se deja caer una moneda en un pozo—. Aquí han venido a entregar cosas durante años.
Se acercó a la farola. Apoyó un brazo en el poste, y con la mano libre en la caja gris, a la altura de la cintura, se quedó mirando la carretera mientras pensaba. Su espalda quedó junto a la puertecilla de rejilla. Víctor vio la mano de ella sobre el alambre que sujetaba la puerta.
Sintió una urgencia que no tenía nombre. Fue el impulso de levantarse y decirle que no lo hiciera. No dijo qué. Abrió la boca y no dijo nada. El impulso pasó sin dejar rastro, como un pájaro que cruza una ventana.
Sara se separó del poste con la mano manchada de óxido.
—Hay muchas cosas aquí que se pueden entender mal —dijo—. Pero la primera es esta: el sitio existe. No me lo ha inventado su cabeza, Víctor. Esto es lo que ha estado evitando.
—Sí.
—¿Y ahora qué siente?
Lo pensó. Miró la grava, la mesa, la gasolinera muerta, el cielo de un azul de losa.
—Sed —dijo.
Ella sonrió por primera vez en dos días. Fue a la cabina y volvió con el termo.
*
A las doce menos un minuto, el viento cambió de racha y se llevó la hojarasca de los pinos hacia la carretera.
Víctor se había quedado sentado en el banco de hormigón, con el termo entre las manos.
Sara tomaba notas de pie, a tres metros, con la libreta apoyada en el antebrazo. Ninguno de los dos hablaba.
Fue un golpe sordo primero, lejano, como si alguien hubiera cerrado una puerta pesada en el fondo de un valle. Después otro. El tercero ya traía la nota. Una campanada baja, redonda, de cobre grueso, que llegó con el aire y se deshizo sobre los pinos. A la cuarta, Sara dejó de escribir.
Levantó la cabeza. Víctor la miraba.
Seis. Siete. Ocho. La campana no era limpia.
Tenía una especie de ronquera en el fondo del sonido, un temblor que se le metía por la garganta, una grieta que vibraba debajo de la nota principal y la volvía oscura, apenas desafinada, como una voz que ha llorado mucho.
Un sol bajo. Menos de medio tono por debajo de lo que debería ser. Nueve. Diez. Once. Doce.
La última se quedó en el aire un rato largo, estirándose sobre el valle. Cuando por fin se apagó, el viento volvió a ocupar todo el sitio.
Sara sacó el móvil y marcó. Lo puso en el altavoz sin esperar a que contestara.
—Lucía.
—Dime.
—Dame un minuto. Voy a grabar. —Sacó otro teléfono del bolsillo y lo levantó hacia el sur—. No ha vuelto a sonar, pero lo hará a las doce y cuarto. Quiero que compares el tono.
—¿Con qué?
—Con la grabación de la chica. Con las tres campanadas de la noche del jueves.
La línea quedó muda. Se oía el teclado de Lucía al otro lado y el ruido de una cafetería.
Víctor se había levantado del banco sin darse cuenta.
Estaba de pie junto a la mesa, con el termo entre las manos y la cara vuelta hacia el sur, hacia el sitio del que había venido el sonido, donde la carretera vieja se perdía en una ladera de pinos y detrás de la ladera no se veía nada.
A las doce y cuarto cayó una sola campanada, y Sara la grabó. La envió. Pasaron cuatro minutos. Fueron los cuatro minutos más largos que Víctor recordaba desde el hospital, y ni siquiera tenía la certeza de tener que esperar nada.
Cuando el teléfono volvió a sonar, Sara lo dejó en la palma de la mano.
—Es la misma —dijo Lucía.
Había algo en su voz que Víctor no le había oído nunca. Una pausa. El esfuerzo de una persona que ha visto el número exacto y sigue sin querer creerlo.
—Fundamental a trescientos ochenta y dos, a unos cuarenta cents por debajo del sol.
Los armónicos no son enteros, la grieta mete un batido a seis hercios.
Lo he superpuesto con las tres de E5, con la que se oye detrás de la voz de Alba.
Coincide. —Tragó—. Es la campana de la grabación.
Víctor. Es la campana de San Esteban de Ribota.
Sara cerró los ojos. Después los abrió y los llevó hacia el sur, hacia la ladera de pinos, y por primera vez Víctor vio que le temblaba la mano.
—Tres kilómetros —dijo.