Capítulo 25. El Pinar
Sara llegó a las nueve menos diez, y no traía la cara de haber dormido ni de querer fingirlo.
Lucía le abrió la puerta con el abrigo puesto y el casco colgando de la mano.
Había salido del estudio un cuarto de hora antes con el portátil en la mochila y el pendrive en el bolsillo del pantalón, tan apretado como una moneda en un puño, y se lo entregó a Sara en el rellano sin una palabra de más.
Sara lo miró, lo guardó en el interior de la cazadora, junto a otra cosa que ya había allí, y asintió.
Bajaron los tres a la calle. Lucía se puso el casco, arrancó la moto con dos patadas y se fue hacia Vallecas con el aro de cobre atado a la baca. No se volvió a mirar.
Sara esperó a que el ruido se perdiera. Después dijo:
—A las cinco y media se fueron.
—¿Quiénes?
—Los de la nave. —Se apoyó en la pared del portal, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Vamos arriba. No quiero contarlo en la calle.
Arriba bebió el café que Víctor le puso sin preguntar y no se sentó. Contó con el vaso en la mano, de pie junto a la nevera, bajo la fotografía de Elena con el sombrero de paja de Santa Pola. Contó de corrido, con el orden de quien ha repasado tres veces el mismo informe y no confía en su memoria.
Quintana y ella habían dejado la cámara de fototrampeo en la farola a las nueve de la noche.
A las diez, Sara se había quedado sola en el Ibiza, a doscientos metros de la nave 3, con las luces apagadas y un termo.
A las once menos veinte llegó un Seat León gris oscuro y aparcó delante de la rampa.
Bajaron dos hombres con cazadora azul de una empresa de seguridad.
Uno, alto, con el pelo muy corto. El otro, bajo y ancho, con la capucha puesta.
Entraron por la puerta de personal del lateral derecho, la que no estaba en el campo de la cámara, y se encendió una luz débil en una de las ventanas altas, la de la oficina del fondo.
No salió nadie. La luz siguió encendida.
—Dos vigilantes. Se quedaron toda la noche. —Se frotó el entrecejo—. Y yo, mientras, esperando que apareciera algo a las seis. A las cinco y diez me llamó el capitán.
—¿Barroso?
—Para preguntarme, con voz de sueño, si todo estaba en orden. Si necesitaba que viniera. Le dije que no hacía falta, que lo tenía controlado. —Hizo una mueca que no era una sonrisa—. «Cuídate, hija. Llámame cuando estéis dentro.»
La luz del fondo se apagó a las cinco y veintiocho.
A las cinco y treinta, la puerta lateral se abrió, salieron los dos hombres con una bolsa de deporte cada uno, subieron al León y se fueron por la calle Hornos sin prisa, sin mirar a los lados, como quienes terminan una guardia.
Se perdieron en la rotonda. Después no pasó nada.
—Nada —repitió Sara—. A las seis, nadie. A las siete, nadie. A las ocho, nadie. A las ocho y diez saqué la tarjeta de la cámara.
Víctor se sentó. Notó que tenía las manos entre las rodillas, como cuando era niño y esperaba una noticia en el pasillo de un hospital.
—A Barroso le dije las seis. —Sara se acercó a la mesa y apoyó los dedos en el borde—.
Al brigada Nieto, las siete. A la secretaria de la jueza, las ocho.
Si hubiera hablado Nieto, se habrían ido a las seis y media.
Si hubiera sido el juzgado, a las siete y media.
Se fueron a las cinco y media. La hora de Barroso, menos media hora.
—Es la prueba.
—No. —Lo dijo sin elevar la voz—. Es una coincidencia con forma de prueba.
Dos hombres en una nave cambian turno a las cinco y media, que es una hora tan buena como cualquier otra.
Un abogado dirá que lo hacen cada noche.
Que lo que he visto es lo normal y yo, una sargento sin sueño, que ha montado un montaje con su jefe y con una jueza.
—Se cruzó de brazos—. Yo sé lo que vi. Pero lo que yo sé no es lo que cuenta.
Necesito saber lo que hacen esos dos mañana, y pasado, y la semana pasada. Eso me llevaría un mes.
—No tenemos un mes.
—No. —Miró el reloj—. Tenemos hasta el viernes a mediodía, si hacemos caso de lo que Lucía y yo creemos que significa la fecha de la venta de Ledesma.
Y eso es lo único que sé de esta historia con seguridad: que a Martín le quedan dos días para firmar algo, y que no va a esperar a que le salgan las cosas bien.
Se quedó callada. Fuera, un camión de reparto bajaba por la calle de la Imagen con la caja hueca golpeando en los baches.
—Quiero ver ese sitio —dijo por fin.
—¿Cuál?
—El de las coordenadas. —Sacó el móvil, lo giró con el mapa abierto, un círculo rojo trazado a bolígrafo digital sobre una mancha verde entre dos lomas—.
Dos kilómetros al sur de la salida 214. Y la salida en sí.
Usted nunca ha parado ahí, o eso dice la telemetría.
Yo no quiero llegar con un coche con GPS de servicio, que lee Jefatura, ni con el suyo, que conocen. Y no quiero llegar sola.
—Quiere ir en el camión.
—Un camión en la A-2 es invisible. Es el único vehículo que nadie mira. —Lo miró—. Y quiero que usted vea el sitio de día. Con luz.
Víctor tardó un poco en contestar.
—Tengo que bajar al solar.
—Ya lo sé. Le acompaño.
*
El guarda del solar levantó la cadena sin salir de la garita.
Tenía la televisión encendida con el sonido apagado, y en la pantalla, en silencio, un hombre con corbata hablaba delante de un mapa del tiempo cubierto de flechas.
Víctor lo vio al pasar. Isobaras apretadas entre el Cantábrico y el Ebro, una masa de aire frío que bajaba por la meseta.
Debajo, un rótulo rojo. No lo leyó entero. Leyó jueves .
La tractora estaba donde la había dejado, al fondo, entre dos cabezas de la competencia, con las lunas limpias.
La rodeó dos veces mirando los bajos, las ruedas, la quinta rueda, la conexión del aire.
Sara lo observaba desde la mitad del solar, con las manos en los bolsillos.
Él lo hizo todo despacio, sin dejar de hacerlo, con la minuciosidad de un hombre al que alguien vigila y que descubre que no le molesta.
—Quítele el remolque —dijo ella—. Con la cabeza sola gastaremos menos y llamaremos menos la atención.
—No lleva remolque. Lo dejé en el depósito del corredor, el fin de semana. Solo la cabeza.
—Mejor.
Abrió la puerta del conductor y se sentó.
Sara, sin pedir permiso, dio la vuelta por delante y abrió la del acompañante.
Subió el escalón con una pierna. Víctor, desde el asiento, sintió que algo se detenía en el aire de la cabina.
Era el cuadro de siempre, el termo abollado en su soporte, el cenicero que nunca había tenido ceniza, el asiento de la derecha con la funda de rejilla sin estrenar.
Era el asiento al que nadie había subido en los nueve años que llevaba con aquel camión, y que Elena tampoco había querido ocupar nunca, porque decía que le daba mareo ir tan alto.
Sara se sentó. Se abrochó el cinturón. Miró alrededor con la curiosidad contenida de quien está dentro de una casa ajena y tiene el buen gusto de no tocar.
Él se giró entonces, con una mano en el respaldo, y alargó el brazo hacia atrás. Tocó el borde de la cortina de la litera, la abrió con dos dedos, miró la cama hecha a escuadra, la manta doblada, la almohada, y la cerró otra vez. Retiró la mano. Cuando volvió la cabeza, Sara lo estaba mirando.
—¿Qué mira? —preguntó.
—La cama.
—¿Por qué?
—Costumbre. —Giró la llave—. Es antes de arrancar.
Ella no insistió. Le sostuvo la mirada un instante más, el tiempo que se tarda en memorizar algo, y bajó los ojos hacia el salpicadero. Víctor puso la primera.
*
La autovía estaba llena de viento. Era un viento de borde, todavía sin furia, que se estiraba por la meseta como un animal desperezándose, y en cuanto la tractora salió del cinturón de Madrid y dejó atrás los polígonos de Guadalajara se le echó encima con la palma abierta.
Víctor sujetó el volante a las diez y las dos.
Sara no habló en los primeros cuarenta kilómetros.
Miraba el campo desde la altura de la cabina, los rastrojos blancos de escarcha, un tractor lento que removía la tierra, un cartel de una discoteca ya cerrada, y de vez en cuando tocaba con el dedo el cristal, como si quisiera comprobar que era cristal.
A la altura de Torija se le soltó el cable del micro de la radio que llevaba en el cuello de la cazadora, una radio pequeña de la Guardia Civil que había sacado de su Ibiza antes de dejarlo en un barrio de Alcalá. Se le había desprendido la presilla. Se lo enseñó.
—¿Tiene una brida?
—Debajo.
—¿Debajo de qué?
—De su asiento. Del salpicadero. Hay una lata.
Ella se inclinó y buscó con la mano en el hueco del tablero, a la altura de las rodillas, donde un reborde de plástico formaba una bandeja baja que Víctor tenía siempre llena.
Sacó una lata azul, cuadrada, de galletas danesas, con la tapa abollada y las esquinas comidas por el uso.
La abrió. Dentro había una maraña ordenada de pequeñas cosas: fusibles de colores en sus bolsas de plástico, terminales, cinta aislante, un rollo de cinta americana, un manojo de bridas atadas con una goma, tres lámparas de recambio.
—Mi abuela tenía una igual para los botones —dijo, sacando una brida.
—Llevo con esa lata nueve años. —Se encogió de hombros—. Antes tenía otra, roja, de mantequilla. Se perdió con el camión viejo.
Sara la cerró y la dejó donde estaba. Ató el cable con un tirón seco. Y se quedó mirando el campo, con una pequeña sonrisa que no llegó a formarse.
En el 19 se hablaba. No mucho. Un portugués pedía información sobre la nieve en Somosierra; un viejo le contestó que no había nada, que el hielo lo traía el aire de la noche.
Dos conductores intercambiaron una broma sobre un control de la DGT en el 160.
A las once y media entró una voz de mujer, joven, de cooperativa, que preguntaba si alguien sabía algo de una avería en el área del 205.
Nadie contestó. Víctor escuchó todo con un oído, por costumbre, y con el otro escuchaba el tránsito de su sangre.