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Capítulo 24. El primer recuerdo

Lucía mandó el archivo a Sara a las tres y diez, con tres líneas de texto y el mapa, y esperó la respuesta con el teléfono entre las dos manos.

Llegó a los cuatro minutos. Sara no escribió: llamó.

Lucía puso el altavoz, y la voz de la sargento salió corta y seca, con el tono de quien lleva toda la noche en un coche.

—He escuchado el audio. Dos veces. —Un ruido de termo—. Mantengan el original donde está. No lo muevan, no lo reenvíen. Eusebio no habla con nadie. Cuando llegue a Guadalajara quiero que me lo traiga en mano, en un pendrive, con la hora y el nombre de quien lo grabó.

—Vale —dijo Lucía.

—A las nueve vendré a buscar al señor Salas. Hasta entonces no se muevan de casa. Los dos. Duerman. —Y tras una pausa—: Si pueden.

Colgó. Lucía se quedó mirando el aparato. Después dijo que se quedaba, que iba a pasar la grabación por un filtro más fino y que Víctor se acostara. No se lo dijo como una orden. Lo dijo mirando la pantalla, con las gafas otra vez en la frente.

Víctor fue al dormitorio y se tumbó vestido. El despertador digital marcaba las tres y treinta y siete. En el techo, la mancha de humedad con forma de país tenía el color de un hueso. Cerró los ojos con la intención de no dormir, y la intención le duró lo que dura un cigarrillo a quien no fuma.

En el estudio, Lucía repasó el audio. Lo oyó desde la cama, a través de la pared, como a veces se oye una conversación de vecinos: el silbido de la deriva, la tos, los números, la pausa, la cresta del golpe lejano.

Tomás. Y detrás de la palabra, cuando la voz terminaba, un ruido que él no había distinguido en el altavoz del estudio y que la pared dejaba pasar mejor, limpio y seco, como se rompe una avellana entre los dedos.

Era el pulsador. El clic del micrófono al soltarlo.

Lucía lo retrocedió y volvió a pasarlo. Tomás. Clic. Lo retrocedió. Tomás. Clic.

El despertador cambió de número.

03:41.

*

El aviso sonó en el cuadro de mandos y se le metió en el estómago antes que en la cabeza.

Era un pitido agudo, de dos notas, y una luz roja en forma de cámara de aire que parpadeaba entre el cuentarrevoluciones y el depósito.

Presión baja en el circuito auxiliar. Miró el reloj.

Las doce y cincuenta de la madrugada. Una autovía vacía, el viento del noroeste dándole en la caja como una mano abierta, y unos cuatro kilómetros por delante, a la derecha, la luz amarilla de un cartel que decía 214.

Sabía lo que era. Un latiguillo de aire suelto, probablemente en la tractora.

Le había pasado dos veces en seis meses.

Lo que no tenía que ocurrir era que ocurriera a esa hora, con aquella carga, a una hora y media de su cita.

Se le cerró la boca. Dijo en voz alta, sin que nadie lo oyera: «Ahora no. » Puso el intermitente.

La salida estaba como siempre, sin nadie, con el asfalto brillante de rocío helado.

Bajó el ramal con el camión pesando en las curvas, pasó bajo el paso elevado, giró a la derecha en el cruce y fue a parar, sin mirarlo, al sitio al que sus manos lo llevaban: un apartadero ancho de grava, a la derecha de una gasolinera cerrada, con una sola farola de sodio, una mesa de hormigón con dos bancos y, debajo de la farola, una caja gris de chapa sujeta a un poste.

El cuadro del alumbrado. Una puertecilla de rejilla, sin llave, que no cerraba bien y que alguien había atado con un alambre.

En ese cuadro, en el codo de la caja, solía apoyarse Tomás para liar los cigarrillos.

Detuvo el camión debajo de la farola. Cortó el motor. En el silencio sin vibración, el viento sonaba entre los pinos como una tela que se rasga muy despacio. Olía a resina y a hierro y, tras la última rendija de la ventanilla, a la grava mojada.

Salió con la linterna. Se agachó junto a la rueda trasera de la tractora y la encendió.

El latiguillo del segundo eje se había salido de su junta y soltaba un hilo de aire con un silbido casi imperceptible, tan fino que de día no se habría oído.

Tardó cuatro minutos en apretarlo. Cuando se levantó con las rodillas llenas de grava, el aire del circuito ya subía en el manómetro, y la luz roja se había apagado.

Era la una en punto. Tenía una hora y pico de espera por delante, hasta el relevo.

Se apoyó en el costado del remolque, se limpió las manos con un trapo y se quedó mirando la oscuridad de los pinos.

Había salido de la nave de Los Tilos a las once, con el portón corredero a su espalda y el sodio amarillo cayéndole sobre los hombros, y en la emisora, mientras salía a la calle, había sonado la voz tranquila de siempre, la del hombre que despacha desde un cuarto con calefacción.

«Relevo a las dos y media en la Venta del Pinar.

Ya sabes. Y ya sabes lo demás.» Y él había contestado lo que contestaba siempre, con el pulgar en el micrófono y los ojos en el espejo: «Recibido.

» Nunca había añadido nada. Nadie le había pedido que lo hiciera.

Detrás de su hombro, en la caja, algo sonó.

Fue un golpe sordo y corto, de los que da un palé al desplazarse por una curva.

Lo oyó y no se movió. Dejó pasar un minuto, y otro. La luz de la farola le zumbaba encima del pelo. No hubo un segundo golpe. Se dijo que eran palés y se subió a la cabina, y encendió el motor para calentar la calefacción y no dejó la puerta abierta.

A la una y cinco aparecieron unos faros por el ramal.

Una furgoneta blanca, cuadrada, con el faro derecho más amarillo que el izquierdo, que bajó despacio y se detuvo a quince metros, al otro lado de la mesa de hormigón.

Se apagaron las luces. Se abrió la puerta, y un hombre con una gorra de visera y una chaqueta de ante saltó a la grava con la soltura de quien lleva doce años saltando de furgonetas. Se llevó dos dedos a la visera.

—Mochuelito.

Lo vio venir con las manos en los bolsillos y los hombros caídos, con ese paso lento de los que han hecho de la calma una profesión.

Cuarenta y cinco años. Bigote entrecano, fino, que le cubría la boca cuando se reía.

Una mirada pequeña y bromista, llena de arrugas, en la que Víctor confiaba desde hacía veinte años, desde una cola de gasolinera en Burgos, una madrugada de niebla en que Tomás le había prestado un termo sin preguntarle el nombre.

—Se me ha soltado un latiguillo —dijo Víctor.

—Ya lo he visto desde la carretera. Estás parado como un cura.

—Tomás se detuvo junto a la caja gris del alumbrado, apoyó el codo y sacó de la chaqueta el tabaco y el papel—.

Te ibas a saltar el relevo. Aún queda más de una hora.

Martín me ha dicho que el otro lado no está listo, que el relevo sigue a las dos y media, ni un minuto antes. Así que tenemos tiempo de fumar.

—Yo no fumo.

—Tú no. —Se rio por la nariz—. Yo por los dos.

Liaba despacio, con el pulgar y el índice.

Tenía las uñas negras de grasa y la lengua metida en la comisura, como un niño.

Víctor lo miraba sin pensar en nada. Hacía seis meses que se encontraban así, en sitios sin nombre, a horas sin sentido, y de esas noches le quedaba una forma de cariño que no habría sabido explicar a Elena: el del hombre que te espera.

El golpe se repitió.

Esta vez fueron tres, seguidos, más fuertes. Venían del remolque. Del lado izquierdo, de la puerta de atrás, cerca del suelo. Un golpe, otro, y luego un arañazo largo, de uñas sobre chapa.

Tomás ni siquiera se volvió. Terminó de liar. Se pasó la lengua por el borde del papel.

—Son palés —dijo—. Se mueve la carga. Siempre se mueve cuando bajas de la autovía.

Víctor miró la caja. Los palés no arañan. No lo pensó con esas palabras. Lo pensó con las tripas, que se le habían quedado quietas.

—Los palés van sujetos.

—Pues habrán cedido las correas. —Tomás encendió el cigarrillo. La brasa le iluminó un instante la mitad de la cara—. Tú no mires, Mochuelo. No es asunto nuestro. Cuanto menos sepas, mejor cobras.

Fue entonces cuando oyó la voz.

No venía de lejos. Venía de abajo, de una rendija, del hueco que el goteo del tiempo había abierto entre el borde de la puerta y la goma del marco, a la altura del pecho, casi a ras del suelo de la caja.

Era una voz muy pequeña y muy clara. Una voz que hacía mucho que no hablaba, y que había aprendido a decirlo sin gritar.

— Por favor.

Víctor se quedó sin moverse. Tomás sacó el cigarrillo de la boca.

—Víctor.

—Has oído eso.

—He oído el viento.

—Has oído eso.

Se había dado la vuelta. No recordaba haberse movido.

Estaba pegado a la puerta del remolque, con la linterna en la mano, y le salía la respiración con un temblor que no era del frío.

Tomás había dado un paso hacia él, sin prisa, con la brasa entre los dedos.

Su voz había cambiado: seguía siendo suave, pero ahora tenía un fondo, como el hueco bajo una tabla.

—Las puertas no se abren en ruta, Mochuelito.

—Hay alguien dentro.

—Hay una carga.

—Hay una persona, Tomás.

—Hay una carga —repitió él, y se puso a su lado y le puso una mano en el hombro, una mano tibia, de amigo—.

Escúchame. Seis meses. ¿Cuántas veces has abierto una puerta?

¿Una? ¿Ninguna? Y has cobrado todos los viernes.

Piensa en el piso, piensa en Elena. En lo que te queda por pagar.

Mañana duermes en tu cama y nadie se acuerda de nada. Yo lo arreglo. Siempre lo arreglo.

Víctor encendió la linterna y la acercó a la rendija.

No hizo ruido. Pegó la cara al metal frío y acercó la luz, y en el hueco apareció primero una cosa blanca y luego otra, y después, muy cerca, a un palmo de su propio ojo, un ojo ajeno.

Abierto. Redondo y húmedo, con un borde rojo y un brillo de agua.

Parpadeó una vez. No se apartó de la luz.

Le miraba. En aquel ojo no había miedo, no solo; había la atención despierta y agotada de quien ha estado oyendo una voz al otro lado, durante horas, y ha esperado a ver si es de fiar.

Y Víctor lo supo, de golpe, como se sabe una muerte.

Se apartó de la puerta. Tenía las rodillas llenas de grava. Tomás había retirado la mano.

—Víctor —dijo, ahora más bajo—. Piensa lo que haces.

No contestó. Fue hasta la cabina, abrió la puerta del conductor, se agachó, buscó con el brazo debajo del asiento y sacó las tenazas.

Eran largas, de mango de goma, con las mordazas cuadradas, las que usaba en la zona de carga para cerrar y cortar los alambres de los precintos.

Pesaban en la mano como un hueso. Volvió con ellas por la grava, bajo la luz amarilla, con las botas crujiendo, y el viento le empujaba la chaqueta contra la espalda.

Tomás se había quedado de pie junto a la puerta del remolque.

Ya no sonreía. Se había quitado la gorra y la sujetaba contra el pecho, y por primera vez en seis meses Víctor le vio la cabeza desnuda, el pelo gris pegado a la frente, el cráneo pálido de quien se lo cubre todos los días. Parecía un hombre de otra edad.

—Mochuelito —dijo—. No lo hagas.

No era una orden. Fue lo único que dijo aquella noche sin la voz de los demás.

Víctor apoyó la mano en la barra de hierro.

Estaba fría, gruesa, gastada por el uso de otras manos.

Debajo, en la argolla del cierre, colgaba el precinto: un disco de plomo con un número estampado, atravesado por un alambre de acero de tres vueltas.

17. Pasó el pulgar por las dos pequeñas columnas de metal, y le quedaron marcadas en la yema.

Abrió las mordazas. Las colocó sobre el alambre.

Oyó, muy cerca, la respiración de su amigo. Oyó los pinos y el motor al ralentí de su propio camión. Oyó, tras la chapa, un movimiento breve, como el de alguien que se aparta de la puerta para dejar sitio.

Cerró las manos.

El alambre cedió con un crujido seco y limpio, como el de una nuez entre los dedos.

*

En el dormitorio no había luz. El despertador marcaba las tres y cuarenta y tres.

Víctor estaba sentado en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre el parqué frío y las dos manos cerradas delante del pecho, apretadas alrededor de un hueco con la forma de dos mangos de goma.

Había mordido el aire con tanta fuerza que le dolían los antebrazos hasta el codo.

Abrió las manos. Las miró.

En la pared del estudio, Lucía había dejado de repetir el audio. No se oía nada más que el zumbido del aparato y, lejos, un camión en la autovía. En la boca tenía el sabor de la sangre y del plomo, y no era un sabor viejo. Era uno recién hecho, tan espeso que le cerraba la garganta.

Pensó que había sido un sueño. Lo pensó con una especie de ruego, de manera que su propia mente lo oyera y consintiera.

Un sueño largo de dos minutos, hecho de pedazos que Elena le había contado, de lo que había leído en un cuaderno, de una fotografía, de una voz.

Cosas que se mezclan en una cabeza cansada y la engañan.

Sara habría dicho que era sugestión. Lucía lo habría anotado como hipótesis.

Pero los sueños no tienen el olor de la grava mojada. Ni el de un cigarrillo liado por un hombre que ya no existe. Ni el tacto exacto de una barra de hierro fría, ni el peso de un par de tenazas, ni un ojo.

Un ojo que parpadeaba una vez.

Se levantó. Fue hasta el pasillo y se quedó de pie, en la oscuridad, con una mano sobre la pared. A través de la puerta entreabierta del estudio vio la espalda de Lucía, inclinada sobre el teclado, y la pantalla con la onda dibujada de un hombre que decía su nombre. No quiso hablarle. Todavía no.

Tomás había estado allí. Tomás le había puesto la mano en el hombro.

Tomás le había dicho no lo hagas , y esa frase, la única que no era de nadie más, era la que no cuadraba con el resto.

Pensó en un hombre que aflojaba el brazo en el último momento.

Lo apartó. No era el momento de entender por qué.

Lo que sí sabía era lo otro. Con una nitidez de la que no había manera de hacerse dueño, sabía que había oído una voz que decía por favor , que había mirado por una rendija y que había visto a alguien.

No a una carga. A una persona. Que había ido a por las tenazas con las piernas firmes, porque por una vez en seis meses no había tenido miedo de lo que haría.

Y que había cortado el precinto, y puesto el hombro contra la barra, y la barra había subido.

Había abierto la puerta.

No lo recordaba entero, todavía. Detrás del crujido de la nuez se acababa la luz como se acaba una cinta.

No sabía qué había salido, ni hacia dónde, ni qué había dicho él, ni qué había hecho Tomás con la gorra apretada contra el pecho.

Pero el hecho ya estaba ahí, delante, igual que un camión parado en mitad de una carretera por la que uno llevaba diez años pasando de largo con las luces apagadas.

Diez años de mirar hacia otro lado, y el primer día en que había mirado, había abierto la puerta.