Capítulo 23. La prueba #2
Eran tres. Tres personas que, por razones distintas, tendrían que saber que ella iba a registrar la Nave 3.
Al capitán Barroso le diría que el auto de Roldán estaba firmado y que se ejecutaría mañana a las seis de la mañana, con apoyo de la UIP de Madrid, y que lo sabían muy pocos.
Al brigada Nieto, el único de su unidad en quien confiaba menos de lo que quería, le diría que el registro sería a las siete y que le necesitaba en la puerta.
Y a Elvira, la secretaria del juzgado, por la que pasaría cualquier auto de entrada, le diría las ocho: la hora a la que se abre el juzgado y se firma lo que ya se puso en marcha.
—Elvira no hablará con nadie —murmuró Roldán—. Pero acepto que sea un control. Si la hora se mueve, quiero saberlo yo también.
—Tres horas, tres personas.
—Tres horas. —La jueza asintió—. Y vigile esa nave.
A las nueve de la noche estaba en Los Tilos con Quintana, dentro del Ibiza, aparcado en la calle lateral donde Víctor había dejado su coche la noche anterior.
Quintana llevaba en una mochila una cámara de fototrampeo del Seprona, de las que se usan para ver a qué hora baja el jabalí a beber, con detector de movimiento y flash infrarrojo, y la ató en una farola a ras de suelo, entre dos contenedores, con una brida y un trozo de lona verde.
Enfocaba al portón y a la rampa. No se veía a quince pasos.
Sara esperó a que terminase y le dio las gracias con una palabra.
Se quedó un rato más después de que él se fuera a pie hasta el cruce.
Miró la nave, las tres letras, la cinta violeta del poste.
Estaba pensando en el hombre que la noche anterior había hecho lo mismo, sin brida y sin lona.
Sin una sola precaución. Y pensó con una mezcla de enfado y de afecto que habría que contarle, algún día, cuántas veces había estado a punto de perderlo.
No se movió del Ibiza. Se sirvió un té del termo. No se lo bebió. A la una y cuarenta y tres, el móvil sonó con el nombre de Lucía, y ella contestó antes de que terminase el primer tono.
*
Después de aquel «recibido» no volvió a sonar nada en el 19.
Lucía estuvo veinte minutos con el aro, girando la barandilla, tomando la dirección cada vez que le parecía que el ruido cambiaba, y cada vez la aguja la apuntaba más cerca de una carretera comarcal que salía de la ciudad hacia el nordeste y se perdía entre naves.
Al final se rindió y se sentó en el suelo del estudio con el portátil sobre las rodillas.
—Se ha ido —dijo.
—Sí.
—Sé por qué lo has hecho. —La voz le salía muy baja—. Quiero que sepas tú lo que has hecho. Le has dicho que sabes algo a un hombre que te lo ha estado preguntando de todas las maneras posibles.
—Y está vivo.
—Está vivo porque no tiene todavía lo que quiere. Eso no es un seguro, Víctor. Es una fecha.
No le contestó. Se sentó en el sillón en que ella había dormido, tapó con la manta las piernas, que habían empezado a temblar, y miró el techo.
Lucía tecleó algo. Pasaron veinte minutos sin que hablaran.
A las dos y treinta y cinco, el teléfono de ella, que descansaba al lado de la pantalla, vibró contra la madera.
Miró el número y levantó las cejas.
—Eusebio.
Lo puso en altavoz. La voz que salió era la de un hombre mayor, de fumador de pipa, con vocales de Soria y una cortesía algo forzada de quien llama a una hora indebida.
—Lucía, hija, perdona que te moleste a estas horas.
Estaba despierto, me he quedado en el coche, en el 195, como me dijiste, con el termo y la antena.
Había mandado un mensaje a Rubén, que está en el 230, pero él no se ha enterado de nada.
—Tosió—. A la una y cuarenta y seis he cogido una cosa.
No sé si vale. Era muy flojo. Vengo grabándolo desde entonces para limpiarlo, pero me parece que tú lo oirás mejor. Te lo mando ahora.
—¿Qué era, Eusebio?
—Una voz de hombre. Con un equipo viejo, que silba. Daba números. —Hubo un silencio de pipa—. Y después dijo una palabra.
El archivo llegó a las dos y cuarenta y tres.
Lucía lo abrió con un temblor en el pulgar y lo pasó por los filtros de los que se servía para quitar la lluvia de una grabación.
Tardó diez minutos. Cuando por fin pulsó la tecla, la señal salió de los altavoces del estudio como una moneda del fondo de un río.
Un silbido agudo y trémulo, de deriva. Una tos. Una respiración que arrastraba flemas, la del catarro que Víctor había oído en una cabina a la una y cuarenta de una noche de noviembre, que había oído y vuelto a oír, y que ahora entraba en la habitación como una persona.
— Cuatro... uno. Uno... ocho. Tres... cinco... —la voz bajaba de golpe, se tragaba una cifra—. Norte. Uno. Cinco... dos...
La estática se cerró sobre los números. Lucía rebobinó y escuchó otra vez, con los ojos cerrados, escribiendo en el aire una columna que no veía. Cuarenta y uno, dieciocho, treinta y cinco. Uno, cincuenta y dos. Dejó caer las manos.
—Coordenadas. Parciales. Faltan los segundos de longitud y probablemente la mitad de los de latitud. —Abrió un mapa y puso un círculo sobre la pantalla con un dedo—. Aquí. Valle del Jalón, en la margen sur. Dentro del óvalo, en la mitad de abajo. A un par de kilómetros de la 214, si me apuras.
Víctor se había levantado y se había acercado a la pantalla sin darse cuenta. Miraba el punto que Lucía había marcado. Cabía en una uña.
—Hay más —dijo ella—. Espera.
Pulsó de nuevo. Había en el audio un hueco de unos cuatro segundos, durante los cuales sólo se oía el silbido y, muy lejos, un golpe metálico, regular, perdido en la distancia.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Y entonces la voz volvió a hablar, más baja, casi para sí, con la clase de lentitud de quien ha decidido no ser comprendido a la primera y se juega una vida a que lo comprendan a la segunda.
— Tomás.
La pantalla se quedó con la onda dibujada, una pequeña cresta de ruido y, detrás, la nada.
Ninguno de los dos habló. Lucía miró a Víctor.
Víctor miró el mapa, el punto, el color blanco del Jalón entre las lomas.
Notó que el sabor a metal le había subido hasta la parte de atrás de los dientes.
Habría querido decir que no. Que eso no podía ser.
Que Tomás Vela había muerto una noche de niebla en una autopista francesa, y que se lo habían dicho Martín y Elena y una hermana, y que los muertos no dan coordenadas.
—Alguien dice llamarse Tomás —dijo Lucía, despacio—. Anótalo como hipótesis. Puede ser un nombre cualquiera. Un señuelo. Un modo de...
—Es la voz.
—¿Qué voz?
—La del catarro. —Se oyó decirlo desde lejos—. La de la primera noche. La de la chica. Es la misma que dice su nombre.
Lucía abrió la boca. La cerró.
—Tomás murió en Francia —dijo Víctor.
—¿Quién te lo dijo?
Se quedó un momento con la pregunta en las manos, intentando averiguar de cuál de todas las voces que conocía había salido esa información. De Martín. De una mujer que había querido creerlo. De él mismo, que no había preguntado nunca cómo.
—Eso me dijeron —contestó.