27.185 Capítulo 23. La prueba
70%

Capítulo 23. La prueba

—No contestes.

Lucía lo dijo antes de que él se moviera.

Lo dijo con los dos brazos extendidos, uno hacia el aro de cobre que seguía girando sobre la brida y otro hacia Víctor, como quien impide el paso a un coche en una calle sin salida.

El silenciador había vuelto a cerrarse. La pantalla del receptor marcaba cuarenta y un minutos pasada la una, y todavía conservaba, como una mancha de humedad, el eco de la última sílaba.

—No es una pregunta —dijo ella—. Es un cebo. Te está tirando de la cuerda para ver cuánto aguantas.

—Lo sé.

—Entonces sabes que si abres la boca, sabrá lo que quiere saber.

—Si no la abro, también.

Lucía se quitó las gafas y se frotó los ojos con la base de las manos. Estaba pálida. Se había incorporado del sillón con la manta pegada a la espalda como una capa.

—Voy a llamar a Sara.

—Llámala.

Sara contestó a la primera señal. No había dormido, o no lo parecía; tenía la voz clara de una persona que lleva horas sentada en un sitio a oscuras.

Lucía puso el altavoz y le explicó lo que había oído en tres frases secas, con la hora, la intensidad, la dirección aproximada.

Nordeste. Menos de cinco kilómetros. Hacia los campos de detrás del polígono, donde acababa la ciudad.

—Está en Alcalá —dijo Sara.

—En las afueras. Con un equipo de coche, o de mano. —Lucía bajó la voz—. Y quiere que Víctor le responda.

—No responda —dijo Sara.

—Sara —empezó Víctor.

—No responda. He dicho que no. Cada vez que usted le habla le da algo. Su voz, su hora, el sitio desde donde transmite, la forma de sus frases. Escuchar no cuesta nada. —Hubo un silencio en el que se oyó un motor arrancar y pararse—. Pero entiendo que no me va a hacer caso.

—No lo sé.

—Yo sí. —Respiró—. Si lo hace, que sea una vez, corta y con la verdad. Que no invente nada que no sepa sostener.

Lucía lo miró como se mira a alguien que ha sido condenado y todavía no lo sabe.

Víctor dejó el teléfono sobre la mesa. Salió al balcón con la Midland en la mano.

La noche olía a humo de chimenea y a tierra fría; abajo, la calle de la Imagen estaba vacía de punta a punta, y nadie había aparcado el coche con la baca llena de cajas de fruta.

Ya no estaba el utilitario. Estiró la antena de goma.

Lo había pensado en el pasillo de la nave, con el frío del suelo en los muslos, y lo había vuelto a pensar mientras fregaba una taza limpia.

Alguien le tiraba de la cuerda desde hacía tres semanas, con una antena cortada, un precinto, una foto, la voz de su mujer, y no lo mataba.

Nadie hace eso con un hombre al que puede quitar de en medio de un golpe.

Quería algo de él, y lo que se quiere de un hombre no se consigue de un muerto.

Una libreta de tapas azules, tal vez, del año que faltaba.

O solo una frase. Mientras creyeran que él lo tenía, el que quisiera quitárselo tendría que esperar.

Era una manera de estar vivo. Pensó en Julián, que no la había tenido.

Pulsó el micrófono.

—Aquí Mochuelo. —Su voz sonó más tranquila de lo que esperaba, como la de otra persona—. Recuerdo la puerta. Y sé dónde la dejé.

Soltó el botón.

La estática duró siete segundos. Contó cada uno. Detrás de él, en el estudio, Lucía se había levantado y estaba en la puerta del balcón con una mano en el marco. Una ráfaga fría le movió el flequillo.

Entonces, en el altavoz de la Midland, el canal se abrió. Una respiración, corta, medio segundo, y la voz de siempre, cálida y a la vez cerrada, la de un hombre que habla desde un despacho donde siempre hay un vaso de agua.

— Recibido.

Y nada más.

*

Sara había pasado la tarde del martes con la sensación de que el edificio de la Comandancia de Guadalajara era una casa en la que alguien había movido los muebles una pulgada.

Lo había notado al entrar, a las doce, cuando volvía de la audiencia con Roldán con la boca seca y los tres folios de Lucía bajo el brazo.

No era nada concreto. El guardia de la puerta que la saludaba un segundo más tarde, una secretaria que bajaba la vista hacia el teclado.

En la planta de la Policía Judicial, la puerta del capitán estaba entreabierta, y por la rendija salía el olor del café y una voz de hombre que hablaba por teléfono con las erres blandas. Pasó sin pararse.

En su mesa tenía un correo con el asunto Re: Petición TIP . Había llegado a las doce y cuarto. Lo abrió sin leerlo, con los dedos de una mano sobre la tecla y los de la otra apretando el borde de la mesa, y se obligó a respirar dos veces antes de bajar los ojos.

Era breve. El Servicio de Personal informaba de que el TIP Q-31807-L había estado asignado, en la fecha consultada, a un sargento de la Agrupación de Tráfico de Zaragoza. Se facilitaban el nombre completo, la fecha de alta en la unidad y el destino actual.

Barroso Pardo, Íñigo. Capitán. Jefe de la Policía Judicial. Comandancia de Guadalajara.

Sara no se movió.

Había una pared de cartón piedra entre su mesa y la del capitán, y detrás oía un tintineo de cucharilla.

Recordó el termo de café, la amabilidad, el hija , la mano en el hombro.

Se extraviaron en un traslado de archivo.

Lo había dicho antes de que ella preguntase dónde estaban los anexos.

Lo había dicho como quien se anticipa a una cortesía.

Releyó el correo. Lo imprimió. Lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolsillo interior de la cazadora, junto a la tarjeta de Víctor.

Después hizo una cosa que había aprendido ocho años atrás, en una calle parecida, en una mañana en que había cerrado un expediente que no quería cerrar.

Se levantó, fue hasta la máquina de café y compró un café que no se iba a beber, y mientras el vaso se llenaba pensó con la cabeza fría, en columnas, como si fuera de otra persona.

Un sargento de Tráfico firma un atestado en el que faltan tres anexos, que desaparecieron antes de que ella los pidiera.

No prueba nada: un atestado antiguo, un traslado de archivo, la torpeza de una época sin ordenadores.

Un capitán retira una vigilancia por falta de recursos.

No prueba nada: las plantillas son lo que son.

Un capitán entrega a una subordinada el nombre de un antiguo conductor violento «porque lo ha recordado Martín Ledesma».

No prueba nada: es lo que haría un policía diligente.

Nada de aquello se sostenía por separado ante un juez.

Juntas formaban la figura de una cosa. Pero una figura no es una prueba.

Y el hombre que la dibujaba era su jefe, el que firmaba sus informes, el que le había dicho te cubro esta vez y se lo había creído.

Pidió por teléfono una cita con el cabo Reyes, de Informática.

Reyes tardó veinte minutos en bajar a su despacho.

Era un chico de treinta años, flaco, con una camiseta bajo la camisa del uniforme y los ojos permanentemente fatigados de los que viven entre cables.

Se sentó en la silla de las visitas, le pidió dos veces que repitiera el nombre del expediente y escribió algo en un portátil que traía bajo el brazo. Sara no le explicó para qué.

—Salas Moreno, Víctor —dijo él, al cabo de un rato—. Aquí está. Tres consultas desde el sábado.

—¿Cuándo?

—Sábado, diez y diez de la noche. Domingo, ocho y media de la mañana. Lunes, doce cincuenta y cinco.

El sábado a las diez y diez. Ella había enviado la petición a Personal a las diez menos cinco.

—¿Desde qué puesto?

—Eso es lo malo. —Reyes giró la pantalla—.

Las tres desde la red interna de esta planta, pero con un usuario genérico.

JEFATURA-PJ. Lo usan los tres despachos del fondo y la secretaría.

Lo hemos dicho mil veces: hay que dar a cada uno su clave, pero la clave genérica se creó hace años y nadie la ha quitado.

—¿Y no se sabe quién?

—Podría saberse mirando las cámaras del pasillo, pero eso lo tiene que pedir un superior. —Se rascó la ceja—. Si me lo pide usted, tiene que pasar por el jefe de la unidad. —La miró de reojo—. Que es el capitán.

Sara le dio las gracias. Esperó a que se fuera y escribió en su libreta una línea corta: Tres accesos. Sáb 22:10, Dom 08:30, Lun 12:55. Genérico. Fondo. Y una segunda, más abajo, que subrayó dos veces: No fiarse de la cadena.

A las cinco volvió a la sala de Roldán, sin cita, y esperó una hora delante de su puerta con el abrigo puesto, como una solicitante.

Cuando salió la secretaria, Elvira, una mujer de cuarenta años que sabía de todo sin comentar nada, se detuvo al verla y volvió a entrar sin decir una palabra.

Dos minutos después abrió la puerta del despacho y la dejó pasar.

—Tiene diez minutos —dijo.

Le bastaron seis. Roldán la escuchó sin interrumpirla, con las gafas puestas en lo alto de la frente y un bolígrafo girando entre los dedos. Cuando Sara terminó, no dijo nada. Se levantó, fue hasta la ventana, miró un patio de naranjos con las hojas todavía mojadas.

—No puedo autorizarle una escucha sobre un capitán de la Guardia Civil con un correo de Personal y un acceso a una base de datos —dijo por fin—. Ni siquiera estoy segura de que pueda autorizársela con más.

—Lo sé, señoría.

—Pero sí puedo no desmentir nada. —Se volvió—. Si usted va a decirle a alguien una cosa que no es verdad, y la dice en mi nombre, yo no tengo noticia de que lo haga. Lo que sí le pido es que sea muy precisa. Quiero saber a quién se lo dijo y a qué hora.

—Y quién actuó en consecuencia.

—Y quién actuó en consecuencia. —Cogió el bolígrafo—. ¿Qué tiene pensado?

Lo que Sara tenía pensado era una cosa antigua, tan vieja que la había aprendido en un manual del siglo pasado. Se llamaba, en los manuales, «la prueba del canario». Se le da a cada sospechoso una versión distinta de un hecho que no es cierto. La que acabe circulando fuera señala al que la contó.