27.185 Capítulo 22. Lo que Elena sabía #2
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Capítulo 22. Lo que Elena sabía #2

Escribo lo que me llamó, porque si no lo escribo lo cambiaré.

A la 1:23, desde un móvil con viento. Dijo: «He abierto la puerta, Elena.

Hay una chica.» Le pregunté qué puerta. Dijo la del remolque.

Que había golpes dentro y que Tomás le dijo que eran palés.

Que ella había salido corriendo hacia el campo, y que Tomás había ido detrás.

Estaba asustado. Dijo: «Tenías razón con lo de las facturas.

» Le dije que llamara al 112 y volviera a casa.

Dijo que sí. Colgó. Esperé junto al teléfono.

Víctor levantó los ojos de la página. En el fregadero goteaba el grifo. Volvió a bajarlos.

1:44. Llamó Tomás. Dijo que Víctor estaba bien, que había habido un lío con una carga, que no lo dejase ir a la Guardia Civil ni fuese yo, que él lo arreglaba. Le pregunté qué chica. Colgó.

2:12. Otra vez Tomás. Lo mismo, con otro tono. Dijo «Elena, por favor». Le dije que no me fiaba de él. Colgó. Es la primera vez en veinte años que cuelgo a un amigo.

2:19. He llamado al móvil de Víctor. Buzón. Le he dejado que viniera a casa. Lo del cierzo. No sé por qué se me ha ocurrido decirlo. A veces las frases hechas son lo único que sabe una.

Había un espacio en blanco y, debajo, otra fecha.

30 de octubre. Un sargento de Tráfico de Zaragoza, muy amable, trae café en un termo para todos los que esperamos.

Dice que lo ha visto todo. Que Víctor viajaba solo.

Que el camión perdió presión en los frenos, que no hay señales de que nadie lo hubiera tocado.

Le dije lo de la llamada de la 1:23, lo de Tomás.

Lo apuntó en una libretita. Me preguntó si mi marido solía beber.

Le dije que no. Me miró como se mira a una viuda. Todavía no lo soy.

Le pedí el número profesional por si acaso. Me lo dio de mala gana. Lo apunto: Q-31807-L.

Noviembre, no sé qué día. Dicen que Tomás emigró a Francia. A su hermana Pilar le han dicho que ha muerto. No me lo creo. Tampoco me importa.

Pasó las hojas. Seguían, llenando páginas con cosas más cortas.

Víctor despierta. No recuerda. Víctor en casa.

No recuerda. No quiere recordar. Hoy he vuelto a preguntarle por la noche.

Ha cambiado de tema. Es la tercera vez este mes.

Hubo una página en la que Elena había pegado con cinta la primera carta a Tráfico, recortada, y debajo había escrito: Contestación en dos líneas.

Sin firma. Otra con una lista de cosas. Facturas (todas).

Extracto telefónico (pagado). Recorte. Foto de Arce.

Esto por si algún día. Y en un renglón apartado, subrayado: Lo hago por él, no contra él.

El tono cambiaba cuando llegaba la enfermedad. Las anotaciones se acortaban y se hacían secas, de médicos, de dosis, de cifras. La letra perdía inclinación. Sólo una vez, en una página sola, la última de las escritas, había escrito algo que no era un hecho.

No estoy enfadada. Estaba asustada. Si algún día lo lees, V., que lo sepas. Y que no era por mí.

No había fecha. Cerró el cuaderno.

*

La rabia le llegó más tarde, hacia las cinco, cuando la luz del balcón ya era color de zanahoria y él llevaba dos horas sentado en el mismo sitio. Llegó sin aviso, como llegan las cosas que se han acumulado bajo un suelo.

Se levantó de la silla con tanta fuerza que la derribó.

Dio una vuelta a la cocina. Tomás. La frase Tomás le dijo que eran palés estaba en un cuaderno, escrita hacía diez años por una mujer que no tenía motivos para mentir en una libreta que no iba a leer nadie.

Tomás había estado allí. Lo recordó a ráfagas, sin imagen, a la manera de un hombre que hojea un libro cuyas páginas se pegan: el timbre de una voz con humor, unas manos tranquilas, una gorra.

Tú conduce, Mochuelito. Del resto me ocupo yo.

Había compartido bocadillos con él en cuarenta áreas de servicio.

Le había hecho de testigo en la boda de un primo.

Había sido, si se lo preguntaba a Víctor un día cualquiera del año anterior a esa noche, lo más parecido que tenía a un hermano.

Le había dicho «son palés».

Le dio una patada a la silla caída. Después se agachó, la levantó, la colocó donde estaba y se quedó mirando sus propias manos, que temblaban.

Pensó con una claridad muy fría que Tomás sabía lo que iba en aquel remolque, que lo sabía cuando lo llevó a Arce y cuando le dijo no mires y cuando le puso el sobre en la mesa.

Y que si hubiera estado delante, en ese instante, no habría sabido qué hacerle: si abrazarlo o romperle la cara.

Duró poco. Veinte minutos, una hora. La rabia no aguantó la presencia de la otra cosa, que estaba debajo y era más vieja.

Él había mirado el sobre. Nadie le había obligado a mirar el sobre.

Una mujer lo había escrito en una frase de cinco palabras ( Tenías razón con lo de las facturas ) que no le reprochaba nada, y esa falta de reproche pesaba más que la carta.

Y quedaba el teléfono.

Lo pensó mientras fregaba una taza que no estaba sucia.

El mensaje de las 2:19 se había dejado en un buzón de voz, en un servidor de una operadora que hacía diez años que había quitado esas cuentas.

Alguien lo había escuchado entonces. Alguien con su móvil en la mano, con el número secreto, o con los medios para conseguirlo, había puesto un aparato a la altura del altavoz y lo había grabado, y lo había guardado diez años en un cajón.

No era una casualidad ni una cosa que se saca de internet.

Era un objeto. El teléfono había salido del camión volcado antes de que nadie hiciera el inventario.

Alguien se lo había llevado de la cabina en las horas que él pasó dormido.

Y esa persona, que lo había guardado, lo había vuelto a sacar.

Había tenido la voz de Elena en un cajón mientras él la llamaba por las noches.

Se secó las manos. Fuera, el reloj de la iglesia dio las siete.

*

Lucía llegó a las nueve, con una bolsa de supermercado en una mano y el aro de cobre en la otra, desmontado, y no preguntó por qué tenía la cara así. Había hablado con Sara. Sabía lo de la nave. Entró y dejó la bolsa en la cocina y dijo, sin darse la vuelta:

—Podías haberme llamado.

—Sí.

—Podías haberte quedado en casa.

—Sí.

—Pues anótalo. —Se volvió—. Anótalo en una de esas libretas tuyas. «Víctor hizo una cosa estúpida y no lo repetirá.» Y ahora enséñame dónde tienes el equipo.

No habló más del asunto. Montó el aro en el balcón, atado con una brida a la barandilla; encendió el receptor del estudio; sintonizó el 19 y puso el 20 en el segundo auricular.

Sara le había pedido que no escuchara lo de la nave hasta que ella hablase con Víctor.

Lucía lo respetó con una disciplina que Víctor le agradeció sin decirlo, y lo único que hizo fue mirarle la mano, que seguía temblando un poco, y servirle un vaso de agua.

Esperaron. Cenaron, de pie, tortilla fría de la bolsa.

A las once y media Lucía se quedó dormida en el sillón del estudio, con las gafas en la frente.

Víctor la tapó con la manta del sofá. Estaba pensando que era la primera vez en dos años que alguien dormía en esa habitación, y que no lo había dicho en voz alta.

A la una y cuarenta y uno, el 19 se llenó de una respiración.

No era la del catarro. Víctor lo supo antes de que sonara la voz. La señal subió limpia, sin deriva, sin zumbido, con la nitidez de un equipo moderno, y entró en el estudio con la naturalidad con la que una persona entra en su casa.

— Mochuelo.

Lucía abrió los ojos.

— Aquí base. —Una inspiración corta, medio segundo, antes de la palabra siguiente—. ¿Qué recuerdas de la carga diecisiete?

La señal se mantuvo un segundo. El silenciador saltó.

Lucía estaba ya de pie, con las gafas en la mano y el aro girando sobre la brida. Miró el medidor. Tenía los ojos muy rápidos cuando los números le daban la razón, y esta vez los números la hicieron palidecer.

—Está cerca —susurró—. Muy cerca. Es un ocho sobre nueve. Esto no viene de ningún valle, Víctor. Viene de aquí.