Capítulo 22. Lo que Elena sabía
Duraba treinta y ocho segundos. Víctor lo supo a la tercera vez, porque a la tercera dejó de oír las palabras y empezó a contar.
La voz de Elena entraba en la nave por el altavoz de una emisora de mano, con un fondo de habitación cerrada y un viento lejano que no estaba en el pasillo donde él se encontraba.
Era una voz más joven de lo que él la tenía guardada, más rápida, con el cansancio de quien ha sido interrumpida en mitad de un sueño y no ha tenido tiempo de enfadarse.
— Víctor, me ha llamado Tomás. Dice que no vayas a la Guardia Civil, que él lo arregla. ¿Qué has visto? Llámame. Ven a casa, que el cierzo no perdona.
Después, un chasquido, y una mujer distinta, enlatada, sin edad, que había hablado a media España durante años y a la que él había oído una vez, sin escucharla, en un hospital.
— Fin del mensaje. Recibido el viernes, veintiséis de octubre, a las dos y diecinueve.
Cinco segundos de silencio con el viento de fondo. Y otra vez la respiración de Elena junto al micrófono, el ruido de la tela, el nombre.
Se había sentado en el suelo del pasillo sin darse cuenta.
Tenía la espalda contra la pared de la oficina acristalada y la emisora en las dos manos, apoyada en el pecho, como se sostiene un pájaro que se ha estrellado contra una ventana.
La luz roja de la linterna iluminaba un palmo de hormigón entre sus botas.
Antes de que acabara la cuarta vuelta se acordó del móvil.
Buscó la grabadora de voz, que Lucía le había instalado y él había usado tres veces, pulsó el círculo rojo y acercó el altavoz de la emisora al micrófono con las dos manos, sin respirar.
Dejó pasar el bucle dos veces más, entero, hasta que el aparato se cortó de golpe, a las doce y diez, con el mismo clic seco con que se había encendido.
Se quedó la estática. Después, ni eso: el canal volvió a ser una pared.
No sabía cuánto tiempo estuvo así. Lo suficiente para que el frío del suelo le subiera por los muslos y lo sacara de allí.
Se levantó. Volvió a la puerta trasera, comprobó con la linterna que no se dejaba nada, salió y empujó la hoja hasta dejarla como estaba: a un dedo de cerrar, sin pestillo.
Colgó el candado en la hembrilla, abierto, por el arco, igual que lo había encontrado.
Sintió, mientras lo hacía, que cumplía con alguien.
Cruzó el patio, el callejón, la calle. El mismo coche no volvió a pasar.
En la parada de la calle Hornos, la cinta violeta seguía moviéndose en el poste, y le pareció que le hacía una seña con un extremo.
Condujo despacio hasta Alcalá. No encendió la radio del coche. En el portal, antes de subir, tuvo que apoyarse en el buzón.
*
A las tres y cuarenta y uno estaba despierto, y esta vez no se había dormido.
A las siete llamó a Sara. Lo había decidido a las cinco, al dar la vuelta por cuarta vez a una taza de café frío, y se lo dijo a sí mismo con las palabras exactas para no echarse atrás. Ella contestó al segundo tono, con la voz de quien está en un coche y ya lleva despierta un buen rato.
—Soy Salas. He estado en la nave.
El silencio duró lo que tarda un semáforo en cambiar.
—¿En cuál? —preguntó ella.
—En la de la calle Hornos. Anoche. Entré por detrás. —Se pasó la mano por la cara—. Tengo una grabación que tiene que oír.
—No diga nada más por teléfono. Estoy en la A-2. Quintana y yo llegamos en veinte minutos. No abra a nadie.
Llegaron en dieciocho. Sara subió los treinta y ocho escalones sin respirar fuerte y entró sin saludar.
Llevaba el pelo recogido con un coletero distinto del de siempre y la cara de las personas que han pasado la noche decidiendo si van a perder los nervios en la mañana.
Quintana se quedó en el descansillo, con la gorra en la mano, mirando los buzones.
—Siéntese —dijo ella.
Víctor se sentó. Ella no. Anduvo hasta la cocina, miró la mesa: el cuaderno cerrado de tapas duras, la goma, la fotografía de la nave puesta boca abajo, la libreta azul de reserva abierta con la nota de las diez y cuarenta. La leyó sin tocarla. Después se volvió.
—Desde el principio. Sin adornos.
Se lo contó en el orden en que habría querido que se lo contaran a él: la hora a la que salió, el coche, la parada de autobús, la cámara apagada, la puerta, el candado abierto, los cerrojos, la habitación, el número, los alambres, el coche que se había parado doce segundos.
Y la emisora. Nombró el canal. Nombró la hora.
Dijo «una voz de mujer», porque todavía no podía decir de otra manera, y puso en la mesa el móvil con la grabadora.
Ella la escuchó de pie, con los brazos cruzados y la cabeza algo ladeada. La escuchó entera. Escuchó la segunda vez, la tercera, la voz del operador. Cuando acabó no habló enseguida.
—¿Es ella?
—Sí.
—¿De cuándo es?
—Del veintiséis de octubre, hace diez años. A las dos y diecinueve. Está en el extracto, la llamada saliente de cuarenta y cuatro segundos, la que no tiene rotulador. Es el mensaje que ella me dejó en el buzón cuando yo no contesté.
—Y que usted no oyó.
—Que no oí. Ni entonces ni nunca.
Sara apretó los labios. Dio un paso hacia la ventana y volvió.
—Escúcheme bien, porque se lo voy a decir una vez.
—No levantó la voz, y fue peor—. Lo que me ha contado usted es una entrada sin orden en un local privado.
Sin violencia, porque el candado estaba abierto; pero sin autorización.
Lo que ha oído allí dentro, desde el punto de vista de la jueza, no existe.
Es una prueba obtenida vulnerando un derecho.
Si lo escribo tal cual, la defensa de quien sea la tirará a la basura el primer día, y con ella, a lo mejor, cualquier cosa que cuelgue de ella.
Y si no lo escribo, estoy ocultando una cosa que sé.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. Me ha quitado la nave. —Se interrumpió.
Respiró por la nariz—. Esta mañana iba a ir a ver a Roldán con la foto, las tres cajas, la telemetría y el albarán.
Con eso, con mucha suerte, pedía el registro.
Ahora, si le digo que hay un aparato emitiendo dentro, tendría que explicar cómo lo sé, y si no lo digo, no tengo nada nuevo.
Y le va a decir que no, le digo desde ya que le va a decir que no, que una foto de hace diez años no basta para entrar en una nave que revisamos hace tres semanas.
—Perdone.
—No me pida perdón. —Se pasó los dedos por la frente—.
Esto lo hizo alguien que quería que usted entrara.
Una puerta con un candado abierto, unos cerrojos engrasados y un número en la pared no se dejan al azar.
No tengo pruebas, pero eso lo veo yo y lo ve cualquiera.
Le han puesto una trampa y usted ha ido a ella con la cabeza alta, en su coche, dejando una nota en una mesa.
—Miró la libreta azul—. ¿Eso lo escribió para alguien?
—No. Es lo que escribo siempre.
—Menos mal que lo escribe.
Se quedó callada. Hubo un ruido en la escalera: Quintana, que se movía. Cuando volvió a hablar, algo se le había aflojado.
—¿Tocó los cerrojos?
—El de arriba. Con guante.
—¿Tocó la pared del número?
—Con la yema. Sin guante. Una vez.
—Entonces hay una huella suya, pero también habrá, si hay suerte, una de quien lo rascó.
—Cogió el móvil de la mesa con los dedos, como si quemase—.
Voy a quedarme con esto. No lo envíe a nadie.
No se lo ponga a Lucía hasta que yo hable con usted otra vez.
Y si vuelve a salir de esta casa sin avisarme —lo miró con una frialdad que no era la de siempre— se lo diré a Barroso. Con todo el dolor de mi alma.
—Entendido.
—No creo que lo haya entendido. Pero me conformo.
Se fue a las ocho y veinte. Desde el balcón de la cocina Víctor la vio subir al Ibiza, cerrar la puerta y quedarse unos segundos con las manos sobre el volante, sin arrancar. Después arrancó.
*
A las dos de la tarde Sara llamó al prepago de Lucía para decirle lo que ella misma había predicho.
La jueza había escuchado con atención los tres folios de Lucía, había visto la foto, había devuelto la telemetría con un asentimiento.
Y había dicho que no. Que con aquello podía abrir diligencias contra Logística Ribota por cualquier cosa, pero que no iba a autorizar la entrada en una nave que la Guardia Civil había visitado hacía tres semanas con el consentimiento del encargado, y donde no se había hallado nada, sin un indicio actual y legítimo.
Que lo trajera antes del jueves, a ser posible. Que entonces se lo pensaría.
—¿Y qué va a hacer? —preguntó Víctor.
—Probar otra cosa. —Se oía el ruido de una cafetería detrás—. No se la cuento por teléfono. Y hoy usted no sale de casa.
Colgó antes de que él contestara.
Se quedó con el aparato en la mano. Luego dejó el prepago sobre el alféizar, fue hasta la mesa de la cocina, apartó la fotografía y la libreta, y cogió el cuaderno de tapas duras.
Lo miró de cerca. Hacía tres noches se había dicho que no era el momento, y llevaba todo ese tiempo comprobando que era mentira. Le pesaba menos de lo que recordaba.
Quitó la goma. Abrió.
*
La letra de Elena era inclinada y ágil, con las tildes largas, y no tenía nada de las cartas a máquina.
Era la letra de las listas del supermercado y de las notas pegadas en la nevera.
La de alguien que escribe deprisa porque piensa más rápido de lo que escribe, y que una noche de octubre, en una habitación de hospital, había empezado a hacerlo con la presión de quien necesita que algo conste.
26 de octubre. Víctor ha tenido un accidente. Me ha llamado un guardia de Calatayud a las siete menos diez. Está vivo. Voy en tren y luego en taxi. Me he llevado la carpeta de las facturas sin saber por qué.
Hospital de Calatayud, 12:30. Está en coma inducido. Brecha en la cabeza, costillas, el hombro derecho. Dicen que ha tenido suerte. Dicen que frenó muy bien. Dicen que no sabían cómo había hecho para llevar el camión a la rampa.