27.185 Capítulo 21. La fotografía #3
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Capítulo 21. La fotografía #3

Hechas con prisa. Con cierta presión. Quien las había trazado era diestro: en la 5 final, el rasgo de arriba salía despedido hacia la derecha en una cola que no era de la cifra.

Lo supo antes de entender que lo sabía, de la manera en que sabía su teléfono o la combinación del candado de su taquilla.

Veintisiete doscientos cinco. No era un número de teléfono ni de una matrícula.

Era una frecuencia. En la banda ciudadana, el canal 19 es el 27,185. El 20, el siguiente, es el 27,205.

Se quedó de rodillas en el suelo de una habitación vacía, con una linterna roja en la frente y los dedos puestos sobre cinco cifras.

Pensó en una chica con las muñecas atadas, y pensó que no había sido ella.

Alba no sabía de canales. Alguien más había rascado esa pared, con una llave, un día de esa semana, para que otro leyera.

Y ese otro era él, que no había dicho a nadie dónde iba y que había llegado con el candado abierto y los cerrojos engrasados, como un invitado que ha recibido la dirección en una tarjeta.

Se levantó despacio.

Le dolían las rodillas. Cuando se enderezó, el círculo rojo se desplazó por la pared y se quedó un momento, sin que él lo moviera, en la esquina del suelo, junto al desagüe.

Había algo allí, pegado a la rejilla. Se acercó.

Tres trocitos de alambre. Alambre de acero galvanizado, de un par de centímetros, doblado en ángulo y cortado limpio, con el brillo de un metal que aún no ha pasado una noche a la intemperie.

No estaba oxidado. Los habría barrido cualquiera que hubiera limpiado con cuidado; quedaban donde queda lo que se le escapa a un mozo, junto a un desagüe.

Los miró un buen rato. Después, con los dedos enguantados, los dejó donde estaban.

*

Fuera, una luz cruzó la ventana alta.

Primero fue un resplandor en la plancha de madera, un rectángulo amarillo que subió por la pared y se acostó en el techo.

Después, el motor. Un coche, despacio, en la calle de delante.

Víctor apagó la linterna con el dedo y se quedó inmóvil, de espaldas al rincón de los cerrojos, con la respiración retenida.

El motor se acercó, pasó delante de la nave y bajó la marcha.

Se oyó el chirrido de un freno ligero. El coche se detuvo.

Contó. Uno, dos. Cuando iba por doce, el motor aceleró otra vez y el resplandor resbaló por el techo y desapareció por donde había venido.

No supo si era un coche de vigilantes, un conductor perdido o nadie.

Se dio cuenta de que tenía la mano izquierda cerrada sobre el pecho, sobre el bolsillo donde llevaba la emisora, y de que la había cerrado con la fuerza con que se aprieta un volante en una curva sin visibilidad.

La abrió. Volvió a encender la luz roja.

Salió de la habitación y repasó con la vista el camino de vuelta: el pasillo, la oficina vacía, la nave inmensa y limpia, el rectángulo gris de la puerta. Lo único que se llevaba era un número. Los alambres se quedaban y el candado tenía que volver a su sitio.

Sacó la emisora del bolsillo.

Era una Midland de mano con una antena de goma que había comprado hacía doce años, por si acaso. Pulsó el botón de encendido. Un chasquido, el parpadeo de la pantalla, el siseo a nivel mínimo del silenciador. Estaba en el 19. Pulsó el selector con el pulgar, una vez, y la pantalla marcó el 20.

Nada. Estática de pared, una lluvia fina, y debajo el zumbido continuo del propio aparato. Subió un punto el volumen, lo bajó. Se llevó el altavoz a la oreja como se acerca una concha. La nave le devolvió el ruido de su propia sangre.

Miró el reloj. Eran las doce menos dos.

Esperó. No sabía qué esperaba. Se puso a contar, otra vez, en la oscuridad roja, mirando el pasillo que había recorrido.

A las doce menos un minuto, la estática cambió.

No de golpe, sino de textura, como había cambiado una noche en el kilómetro 209: la lluvia se hizo más densa, más cercana, como si alguien hubiera entrado en la habitación con la ropa mojada.

El indicador de señal subió dos rayas. Tres.

En algún lugar de la nave, a su espalda, un reloj había dado la hora.

Víctor se volvió, y el círculo rojo recorrió el hormigón sin encontrar nada.

La señal no venía de fuera. Venía de dentro del edificio, de muy cerca, de un aparato pequeño colocado en cualquier rincón, bajo cualquier palé, esperando a que dieran las doce para abrir la boca.

El silenciador saltó. Se oyó el roce de una tela, un aliento junto a un micrófono, el golpe de unos dedos al ajustar la distancia, y luego una voz de mujer, baja, tranquila, algo ronca por el cansancio, con un fondo de habitación cerrada.

— Víctor.

Se quedó sin aire en el pecho. No le hizo falta oír la frase siguiente.

Había dicho su nombre de una manera que no existía en ninguna otra boca del mundo, con una c que se paraba un instante antes de abrirse y una r que casi no se pronunciaba, y que nadie, desde hacía seis años, había vuelto a decir en voz alta.

Era la voz de Elena.