27.185 Capítulo 21. La fotografía #2
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Capítulo 21. La fotografía #2

Anduvo pegado a la pared, con los dedos rozando la chapa.

Cada seis o siete pasos, la pared devolvía un frío distinto.

Pasó un bajante, un cuadro de luces, un grifo cerrado.

El callejón desembocaba en un patio de hormigón cercado por una valla de malla simple, y en la valla había una puerta de tela metálica con el cierre abierto, y detrás de ella, apoyada en la pared posterior de la nave, otro muelle de carga más pequeño, con un portón enrollable bajado hasta el suelo.

A su derecha, a un metro del portón, una puerta de personal, de chapa, con una barra antipánico por dentro y por fuera una manilla y una hembrilla.

En la hembrilla había un candado.

Estaba abierto. Colgaba del anillo por el arco, con el cuerpo hacia abajo, como los cuelgan los que van a volver enseguida. Era un candado nuevo, de latón, de los que se compran en una ferretería de barrio. Víctor lo miró sin tocarlo.

Hay cosas que un hombre que ha pasado treinta años metiendo un camión en patios ajenos sabe leer sin pensarlas.

Un candado abierto en una puerta de trasera puede ser un descuido, una mañana de prisas, el olvido de un mozo.

Un candado abierto en una nave que fue registrada hace tres semanas, con el portón repintado y una furgoneta de la Guardia Civil retirada a las nueve de esta noche, es otra cosa.

Es una puerta a la que alguien ha dado la mano.

Se quedó un minuto entero con la espalda contra la valla. La respiración le hacía un humo corto. El sabor a metal le había subido a la lengua, pero era un sabor viejo, familiar, un sabor que ya no le preocupaba, y que aquella noche le pareció casi amable.

Lo sabía. Sabía que alguien lo estaba esperando, o que no, y que daba lo mismo.

Sacó la libreta. Escribió sin mirar, con el bolígrafo colgando de su cuerda: 23.

52. Los Tilos. Nave 3, trasera. Candado abierto.

Cerró la libreta. Se encendió la linterna frontal en luz roja, la que usaba para no estropear la visión de noche en el campo, y empujó la puerta con la punta de los dedos.

Giró sin ruido. Alguien la había engrasado.

*

Olía a lejía. Era lo primero y lo más fuerte, un olor dulzón y limpio que le llenó la nariz y le cerró la garganta, y debajo, mucho más abajo, algo de cartón húmedo y de gasóleo frío.

Víctor entró de lado y empujó la puerta hasta dejarla a medio abrir.

La luz roja de la linterna dibujó un círculo del tamaño de un neumático sobre un suelo de hormigón pulido que brillaba como si lo hubieran fregado esa tarde.

Dio tres pasos. El eco le devolvió el cuarto.

Era un espacio enorme, vacío de una forma deliberada.

No había palés, ni carretillas, ni un trapo.

Había una hilera de puntos de anclaje en el suelo, con el número de cada muelle pintado en amarillo, y cuando el círculo rojo los barría uno a uno, uno, dos, tres, cuatro, le entraba una impresión que no era miedo.

Era la de un recuerdo hecho de bordes: el ancho de una puerta, la altura de un portón, el sitio donde se mete un remolque marcha atrás con la cabeza vuelta.

Sus manos sabían dónde había una palanca y dónde una cadena. Dejó que lo supieran.

Al fondo, en la pared de la derecha, había una oficina acristalada. Los cristales estaban limpios y vacíos: ni mesas, ni sillas, ni un calendario. Más allá, un pasillo corto con tres puertas.

Las abrió una por una. La primera era un lavabo sin luz con un grifo que goteaba.

La segunda, un trastero con bayetas secas y un cubo.

La tercera tenía por fuera dos cerrojos de corredera, uno a la altura del pecho y otro a la de las rodillas, gruesos, nuevos, de hierro negro, con la tuerca brillante de haber sido apretada hacía poco.

Víctor miró los cerrojos.

No necesitó más. Algo que había estado quieto en la parte baja del estómago desde que entró se puso en pie.

Pensó en una puerta de chapa blanca y en una barra de hierro bajo la palma, y se dijo con calma que no, que todavía no, que no estaba allí.

Pasó el pulgar por el cerrojo de arriba.

Estaba frío y limpio. Tiró de él. Se deslizó sin ruido.

Detrás había una habitación de dos metros por tres, de paredes recién pintadas de un beige sucio, con un desagüe en el suelo y una ventana alta, cegada por dentro con una plancha de madera.

No tenía nada. Ni colchón, ni cubo, ni una silla.

El suelo, que también olía a lejía, tenía en el centro cuatro marcas apenas más oscuras, rectangulares y pequeñas, como las que deja la pata de un mueble que ha estado ahí mucho tiempo y se ha llevado.

Entró. La puerta se quedó abierta a su espalda.

Recorrió las paredes con el círculo rojo.

La pintura era nueva y uniforme. Solo detrás de la hoja de la puerta, en el ángulo que quedaba cuando se abría contra la pared, la luz rasante encontró algo.

Un trazo. Dos. Se agachó. Eran rayas finas y limpias, de las que deja una llave o un clavo en una capa de pintura todavía blanda, a la altura de la cadera de alguien sentado en el suelo, y cuatro de ellas tenían una cualidad que lo detuvo: dentro de los surcos se veía el beige más claro de debajo y ni una mota de polvo, como si se hubieran hecho esa misma semana.

Pasó la yema por encima. Ni rugosidad ni suciedad.

Eran cifras.

27205.