Capítulo 21. La fotografía
Sara tardó en sacar el teléfono. Lo tuvo un rato sobre la mesa plegable, boca abajo, junto al plato de galletas de avena, mientras Lucía borraba la pizarra con la manga de la sudadera y dejaba solo la dirección. Después lo giró y deslizó el dedo por la pantalla.
—Las hizo un compañero de Criminalística el martes siguiente a la desaparición, hace tres semanas.
Fotos de reseña, para el informe de la visita.
Ni siquiera entré en la oficina del fondo, porque el encargado dijo que era un cuarto de contabilidad y que lo tenía cerrado un gestor. —Alargó el móvil—. Mire el portón.
Víctor sacó del bolsillo interior de la cazadora la fotografía de Elena, que había llevado todo el día pegada al pecho como un recibo, y la puso al lado.
Dos imágenes pequeñas sobre una mesa de cuarenta euros.
En una, una nave de chapa gris con un portón corredero medio abierto, una rampa de carga y un rótulo rojo de letras blancas.
En la otra, hecha con flash, a las diez de la mañana de un martes de noviembre, la misma nave con el portón cerrado y repintado de un gris ligeramente más nuevo que el resto.
La rampa era la misma. Dos bolardos amarillos y negros a la izquierda, uno con la pintura levantada en forma de hoja. La canaleta de desagüe, torcida un palmo hacia fuera en el mismo sitio. El raíl del portón, con el tope soldado a mano, más grueso que el otro.
—Es esa —dijo.
—Eso me parecía. —Sara se inclinó—. Ahora mire arriba.
Encima del portón, sobre la chapa nueva, no había rótulo.
Pero la luz del flash, rasante, descubría una cosa que a simple vista no se veía: una zona rectangular cuyo gris no era del todo igual al de alrededor, y dentro de ella, en relieve, la huella de unas letras que alguien había lijado sin ganas.
Una A . Una R . Una C , incompleta. El resto se perdía en el brillo.
—Son las tres que vi yo la noche que fui a la parada —dijo Sara—. Las apunté sin saber por qué.
—Arce —dijo Lucía, sin volverse.
—Eso es lo que parece. Y es lo que no vale para nada.
—Sara retiró el teléfono—. Una foto de hace diez años de una nave que fue de una empresa que ya no existe prueba que esa empresa usó esa nave.
Lo que necesito es algo que me permita decirle a la jueza que hoy pasa algo ahí dentro, y no lo tengo.
Mañana a las nueve estaré en el despacho de Roldán con las tres cajas de Lucía, la foto, la telemetría y el albarán del diecisiete.
Con suerte me firmará una entrada y registro para el jueves. Con mala suerte, para el lunes.
—Para el lunes ya habrá pasado todo —dijo Víctor.
—Puede ser. —No bajó la voz—. Pero para que pase de otra manera necesito que esa nave no me la estropee nadie.
Dijo la última palabra mirándolo. Lucía, de espaldas, dejó de borrar.
Fue entonces cuando el teléfono de Sara vibró contra la formica. Lo cogió con dos dedos, leyó, y su cara pasó de una dureza a otra.
—¿Qué? —preguntó Lucía.
—Del capitán. —Sara tecleó una respuesta corta y la borró entera—.
La vigilancia sobre el señor Salas se retira esta noche.
Falta de recursos. La furgoneta se reasigna a un servicio de Azuqueca.
Han decidido que un testigo de colaboración con domicilio conocido no necesita protección.
«Lo siento, Sara. Ya sabes cómo andamos. »
—¿Esta noche?
—A las nueve ha terminado el turno del cabo Zubiri. No hay relevo.
Nadie dijo nada. Afuera, en el patio de luces, alguien arrastró una silla.
—Voy a pedir que me la devuelvan —dijo Sara—.
Voy a pedirlo mañana y me dirán que sí con mucha pena y pasarán tres días.
Mientras tanto, usted se va a casa, Víctor, cierra con llave y no sale.
Si quiere pasear, me llama. Si quiere hablar, me llama.
Si oye un ruido en la escalera, llama al 112 primero y a mí después. ¿Me ha oído?
—Sí.
Lucía se dio la vuelta con el borrador en la mano.
—Eso ha sido un sí de los tuyos —dijo.
—Es el único que tengo.
—Anótalo como mentira —murmuró ella, y volvió a la pizarra.
*
En la calle Imagen no había furgoneta. El hueco entre el contenedor y el coche con la luna escarchada estaba vacío, y alguien había aparcado dentro un utilitario rojo con la baca llena de cajas de fruta.
Víctor lo miró desde el portal con la llave en la mano.
Hacía diez días le habría molestado ver aquel vehículo gris en la acera de enfrente.
Ahora, al comprobar que no estaba, se dio cuenta de que había contado con él como se cuenta con una farola.
Subió los treinta y ocho escalones. Dejó la llave en el cuenco, colgó la cazadora, bebió agua con la mano.
En la mesa de la cocina seguía el cuaderno de tapas duras, con la goma negra al lado.
Sacó del bolsillo interior de la cazadora la fotografía de Martín y de él ante el rótulo de la nave y la puso boca abajo. No tocó el cuaderno.
Se sentó. Contó hasta cuarenta. Cuando se levantó para volver a beber, ya sabía lo que iba a hacer, y se enfadó con la parte de él que lo sabía antes que el resto, como se enfada uno con un perro que corre hacia la puerta cuando todavía no ha cogido la correa.
Pensó que había una manera de hacerlo bien y no la quiso.
Pensó en Julián, en la silla del taller, con las gafas de soldar en la frente.
Pensó que la nave llevaba diez años delante de la escuela de música, y que una chica de diecisiete años había esperado el autobús mirándola, y que él, que había salido de ella una noche de octubre con un precinto de plomo en el bolsillo, tenía las manos más cerca del portón que nadie.
Eso no era una razón. Era una excusa con forma de razón, y la dejó pasar como había dejado pasar tantas.
Cogió las llaves del coche. Tocó la linterna frontal del cajón de la entrada, de las que se llevan en la frente para cambiar una rueda.
Del colgador sacó la emisora portátil, la de CB, con su antena de goma, y la metió en el bolsillo interior de la cazadora, donde antes había estado la foto.
Sacó del cajón de la cocina una de las libretas de reserva, de tapas azules, la que guardaba para cuando se le acabase la del día, y escribió con la letra cuadrada la hora, que eran las diez y cuarenta de la noche, y un lugar, y la subrayó como se subraya un recado que alguien tendrá que leer.
Lun. 22.40. Salgo hacia Los Tilos. Nave 3.
No lo hizo para que alguien lo leyera. Lo hizo por lo que hacía siempre. Pero la dejó abierta sobre la mesa, junto al cuaderno de Elena, con el bolígrafo atravesado encima. La libreta del día, la de verdad, la de cuerda y bolígrafo, se la guardó en el bolsillo.
*
El polígono de Los Tilos a las once y cuarenta de un lunes de noviembre no tenía otro ruido que el de las farolas.
Eran farolas naranjas que zumbaban sin parpadear, cada una dentro de su propio círculo de niebla, y entre una y otra la calle se ponía negra y volvía a encenderse como un pasillo de hotel.
Olía a cartón mojado. Víctor aparcó el coche en una calle lateral, entre dos contenedores de obra, a unos doscientos metros de la calle Hornos, y bajó sin dar un portazo.
No tenía un plan. Tenía una linterna frontal apagada en el bolsillo, unos guantes de trabajo de los que usaba para enganchar los latiguillos del remolque y la emisora, que le pesaba contra el costado.
Bajó por una acera sin bordillo, con las manos fuera, a ritmo de quien vuelve de trabajar.
Pasó un taller con las persianas echadas, una empresa de embalajes, una nave con un perro que ladró una vez y se calló.
La parada de autobús sin marquesina estaba donde Sara había dicho.
Un poste de chapa, un banco de hormigón roto por una esquina y, en el poste, atados con bridas, algunos objetos que alguien había ido dejando durante tres semanas: un ramo de claveles que ya no eran rojos, una vela dentro de un tarro de cristal apagada por el viento, una fotografía impresa en folio y metida en una funda de plástico.
Alba, con la cara redonda y el pelo recogido, sonriendo a la cámara con la mitad de la boca.
Debajo de la foto, en rotulador, una frase que habían escrito varias manos distintas: Vuelve a casa.
Alguien había anudado a la altura del pecho una cinta violeta, de las de regalo, que se movía un poco.
Víctor se quedó mirándola un rato. Después levantó los ojos.
La cámara estaba en lo alto del poste de enfrente, a diez metros.
Una caja negra con el visor ciego. No tenía luz roja.
Podía no ser una cámara. Podía ser la carcasa de una cámara que alguien había colgado para que lo pareciera, como el cacharro del solar de Alcalá, o podía grabar con la lucecita desactivada.
Se apartó del círculo de la farola, pegado a la valla de la escuela, y pasó delante de la fachada oscura de Pulso sin girar la cabeza.
Enfrente estaba la nave.
La reconoció antes de querer. La chapa gris, la rampa, los dos bolardos con el amarillo levantado.
A la luz naranja, el portón cerrado parecía de cobre.
Encima, el rectángulo apenas más claro que el resto, y dentro, si uno se paraba en el sitio exacto y dejaba que los ojos se acostumbraran, las tres letras que Sara había visto.
Una A , una R , una C sin cerrar. Se quedó en el sitio exacto.
Tuvo la sensación de que la puerta lo había estado esperando y no tenía nada contra él.
Cruzó la calle. En el portón no había timbre ni candado visible, solo un cierre de barra por dentro y un cartel de «Prohibido el paso» con el nombre de una empresa de seguridad cuyo teléfono estaba tapado con cinta.
Rodeó la rampa. Entre la nave 3 y la 4 había un callejón de unos tres metros de ancho, con una hilera de contenedores de papel y un montón de palés rotos, y al fondo, la oscuridad total del patio trasero.
Se detuvo en la boca. Sacó la linterna frontal del bolsillo, se la puso en la cabeza, no la encendió.