27.185 Capítulo 20. La empresa que no existía #2
61%

Capítulo 20. La empresa que no existía #2

—Mientras tanto, la niña sigue donde está. —Cerró la libreta—. Pero no puedo no ir.

*

Martín Ledesma colgó el teléfono y miró la hora.

Las nueve y media. En la mesa, delante de él, tenía tres carpetas de anillas, un vaso de agua con una rodaja de limón y un bolígrafo de plata sin estrenar.

Fuera, en el despacho del fondo del edificio de Ledesma Logística, la secretaria hablaba por teléfono con la voz que usaba para los asuntos que no eran suyos.

Hacía treinta años que sabía que casi todo era cuestión de calendario.

Lo repasó otra vez, en el orden en que lo repasaba cada mañana desde que, tres semanas atrás, el grupo europeo había mandado el último borrador.

Viernes 25. Doce del mediodía, notaría de Madrid, calle Serrano.

Firma. Dos días antes, miércoles 23, el cierre de la auditoría de las cuentas, en la que dos abogados con corbata azul revisarían un par de carpetas más.

Tres semanas de trabajo. Treinta y cinco años de trabajo.

No tenía hijos. Tenía una Fundación, un nombre y, desde el viernes, la posibilidad de dejar de levantarse a las seis.

Lo único que podía arruinarlo, en rigor, era el ruido.

El ruido. La palabra le gustaba, la había usado siempre con los suyos: no hay que hacer ruido.

Una empresa se hunde por el ruido, no por las pérdidas.

Y en tres semanas alguien había hecho más ruido que en diez años.

Un técnico de radio muerto en una silla.

Una cinta con la voz de una cría. Un camionero con una libreta.

Un silo con una barra de hierro. Una sargento que no soltaba.

Ese ruido tenía un nombre y un apellido: Gonzalo.

Lo había visto el sábado por la noche, en una gasolinera de la A-2, en el coche de él, con la calefacción puesta y las manos de Martín abiertas sobre las rodillas.

«Fue una torpeza, Gonzalo. Julián no era un problema.

Era un hombre mayor con una mujer enferma.

Lo del domingo, lo del bucle, lo del silo, todo eso fue una torpeza.

Yo no te autoricé nada.» Y Gonzalo, con la cara de piedra, sin parpadear: «Usted me dijo que no hubiera ruido.

Julián hacía ruido.» Había que reconocer que era una respuesta.

Martín había suspirado. Había dicho que hasta el jueves de la semana siguiente no se movía nada.

Ni una ficha. Ni una llamada. La carga seguía donde estaba.

«Después de mi firma, hablamos.» Y Gonzalo había dicho: «Esta semana la sacamos», y Martín: «Esta semana, no. La siguiente. Cuando yo lo diga.»

Él no había hecho daño a nadie. Lo pensaba sin soberbia, con la serenidad de quien repasa un inventario y lo encuentra cuadrado.

Nunca había levantado la voz a un empleado.

Nunca había tocado a un hombre. Pagaba las duchas de la Fundación de su bolsillo y había pagado el entierro de dos conductores que se habían matado en la carretera.

Y en treinta años jamás había abierto una puerta de un remolque: nunca había tenido que ver lo que llevaba cada tramo, porque cada uno hacía el suyo, y así el suyo, el de él, quedaba limpio.

A eso lo llamaba organizarse. Había quien lo llamaba de otra manera, pero esos no habían tenido que sacar adelante una flota con ciento veinte familias a cargo.

Le fastidiaba lo que no controlaba. Gonzalo era útil, y lo seguía siendo, como el taladro del dentista es útil. Pero tenía la impaciencia de los que han sido vigilantes de seguridad, de los que creen que una puerta cerrada es un problema por resolver y no una frase por respetar.

Se frotó la cara con las dos manos.

Y estaba el otro asunto. El hombre del camión.

Víctor Salas. Llevaba diez años sin ser un problema.

Había sido un buen chófer, silencioso, con una disciplina de monje.

Al principio de todo, había pensado que era perfecto precisamente por eso: porque no preguntaba.

Ahora volvía, con la misma cara, con las mismas manos, y en esa cara y en esas manos había aparecido una pregunta.

Le había mentido el sábado, en el sofá. Martín lo sabía por el modo de coger el vaso. Víctor decía «no recuerdo nada» con la voz que usaban los que recuerdan. Lo cual significaba una de dos cosas: que había empezado a recordar, o que la libreta existía.

La libreta era lo que importaba. Una libreta de tapas azules, con una cuerda y un bolígrafo, que el hombre llevaba siempre al lado y que no había aparecido en el camión ni en el hospital ni en casa.

Cuarenta y ocho noches con fecha y hora.

Si estaba en alguna parte, era una bomba con el reloj parado.

Si Víctor la encontraba, o la recordaba, o la entregaba a la sargento, la venta del viernes se convertiría en un titular.

Y el grupo europeo no compraba titulares.

Así que Víctor Salas no podía morir todavía.

Esa era la conclusión a la que había llegado en la gasolinera, entre la calefacción y la cara de piedra de Gonzalo.

Mientras no supiera dónde estaba la libreta, un muerto era un riesgo.

Vivo, en cambio, trabajaba para él sin saberlo.

Cada vez que tocaba una pista, enseñaba un poco más el camino.

Había que dejarle ir. Había que mirarle. Y hasta el viernes, cuidar los ruidos.

Cogió el teléfono y marcó un número de memoria. No saludó.

—He cumplido —dijo—. Ya tienes tu nombre. Aurelio Pozo, Azuqueca. Nos dará un día y medio. Es suficiente.

Escuchó. Asintió a una voz que no se oía.

—No. No te preocupes por ella. Mientras todo siga donde está, todo está bien. —Un silencio—. Hasta el jueves no se toca nada. Eso es todo.

Colgó. Tomó un sorbo de agua con limón y se miró las manos, que estaban quietas, limpias, sobre la carpeta.

Pensó en los horarios. En los trayectos.

En cuánto tiempo hacía falta para mover algo de un sitio a otro sin que nadie lo viera.

Pensó en el jueves, en el viernes, en la notaría de la calle Serrano, en un bolígrafo de plata sin estrenar.

No pensó en la chica. Nunca pensaba en caras.

Eran lo primero que cambiaba cuando todo se arreglaba, y lo último que quedaba cuando todo se rompía.

*

A las ocho de la tarde, Sara volvió al piso de Vallecas.

Había pasado la tarde en Azuqueca, con Quintana, en un bloque de cuatro alturas con la fachada llena de cables, delante de un hombre de cuarenta y nueve años que lloraba de rabia con un vaso de vino en la mano y que juraba por sus hijos que llevaba un año sin pisar Los Tilos.

Traía la libreta cerrada y la cara descompuesta.

—No es él —dijo, sin saludar—. Aún no puedo probarlo. Pero no es él. Tiene una pierna rota desde hace dos meses.

—Treinta y seis horas —dijo Lucía.

—Treinta y seis horas que ya no vuelven. —Se dejó caer en una silla—. Hay otra cosa que no os he dicho esta mañana. Cuando Lucía escribió la dirección en la pizarra, no era la primera vez que la veía.

Se llevó la mano a la sien. Miró la pizarra, las tres cajas, el nombre de la calle.

—Calle Hornos, nave 3. Es la que está delante de la parada de autobús donde desapareció Alba. Delante de la escuela de música. Esa nave. Estuvimos dentro el día después de la desaparición. Tres agentes, con el permiso del encargado. Me acuerdo del olor a lejía.

—¿Y? —preguntó Víctor.

—Estaba limpia —dijo Sara—. Limpia como un quirófano.