27.185 Capítulo 20. La empresa que no existía
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Capítulo 20. La empresa que no existía

El domingo Sara fue al piso de la calle de la Imagen a las nueve de la mañana, con unos guantes de látex y una bolsa de pruebas, y no hizo ninguna pregunta que Víctor no pudiera contestar.

Fotografió la caja. Metió las facturas, el extracto, las tres cartas y el recorte en bolsas selladas, una por una, rotulándolas con la fecha.

La foto de la nave la fotografió por las dos caras y se la dejó a Víctor, diciendo que iba a necesitarla para mirar.

Cuando llegó al cuaderno de tapas duras con una V en el lomo, lo tuvo un momento en la mano sin abrirlo, y Víctor, de pie junto a la nevera, dijo:

—Ese no.

Ella lo miró. Después lo dejó sobre la mesa, con cuidado, junto a la goma.

—Lo leerá usted —dijo—. Pronto.

—Lo sé.

No añadió nada más. A las diez ya se había ido, y Víctor se quedó con el cuaderno en la mesa y la furgoneta gris en la calle, y pasó lo que quedaba de domingo sin abrirlo, mirándolo desde lejos, como se mira un animal dormido.

El lunes, a las diez y media, Lucía los esperaba en un piso de Vallecas.

Estaba en un cuarto sin ascensor, con un balcón a un patio de luces y un cuarto de estar convertido en un taller de pantallas.

Dos monitores, un portátil abierto, un receptor sobre una mesa plegable, una pizarra blanca de las que se compran para niños colgada de un clavo.

Había café en una cafetera de émbolo y galletas de avena en un plato.

Lucía llevaba una sudadera gris, el pelo recién mojado y las gafas torcidas. Parecía haber dormido tres horas.

—He estado esta mañana en el taller de Julián —dijo, sin saludar, en cuanto cerró la puerta—. Con el precinto ya levantado. Entré sola.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Sara.

—Desenchufé el soldador. —Se sirvió café con una mano que le temblaba—. Eso era lo que me daba miedo. Lo desenchufé y lo guardé en su caja. Pesa menos de lo que parece.

Nadie dijo nada. Sara le puso una mano en el hombro, un segundo, con la torpeza de quien no está acostumbrada, y la retiró. Lucía asintió y se sentó delante de la pizarra.

*

—A ver. —Cogió un rotulador azul—. Tres cajas.

Dibujó la primera a la izquierda, con trazo rápido, y la rotuló: TRANSPORTES ARCE S.L.

Debajo escribió: Alcalá de Henares. Constituida hace 21 años.

Concurso hace 9,5. Liquidada. Dibujó la segunda en el centro, con rotulador verde.

ARCE RUTAS S.L. Debajo: Constituida un mes después de la liquidación.

Domicilio fiscal en una asesoría de Guadalajara.

Administradora única: Amparo Ginés, 89 años, residencia de Azuqueca.

Disuelta hace 5,5 años. Y por último una tercera, a la derecha, con rotulador rojo.

LOGÍSTICA RIBOTA S.L.

—Constituida al mes siguiente de disolverse Arce Rutas —dijo—.

Mismo día del mes, para ser exactos, como quien cambia de coche.

Actividad: transporte de mercancías por carretera, almacenaje y servicios logísticos.

Administrador único: Eladio Ferreras Bayo, fallecido hace dos años.

Desde entonces la sociedad sigue operando con un apoderado que firma por él.

Capital social: tres mil seis euros. Socio único: otra sociedad, Inversiones del Henares S.L.

—dibujó una flecha y una cuarta caja pequeña— cuyo administrador es una mujer de setenta y seis años, vecina de Torrejón, jubilada de la limpieza, que según el registro nunca ha abierto una cuenta bancaria a su nombre.

—Testaferros —dijo Sara.

—Muertos, ancianos o dependientes. Gente a la que nadie va a preguntar.

—Lucía golpeó la pizarra con el rotulador—.

Cada empresa dura lo que tarda en acumular deudas.

Se quema, se deja morir, se liquida con deudas que ya nadie reclama, y nace la siguiente con otro nombre y la misma flota.

Los camiones cambian de matrícula de sociedad, no de manos.

Y la dirección social de Logística Ribota es esta.

Escribió la dirección con letra de imprenta, debajo de la tercera caja. Polígono industrial Los Tilos. Calle Hornos, nave 3. Guadalajara.

Víctor la leyó. Leyó el número. Después miró a Sara, que seguía de pie con la taza en la mano, y vio que no se había movido.

Tenía los ojos fijos en la pizarra, en la palabra «Hornos».

No había cambiado de expresión. Pero algo en el cuello, en la línea de la mandíbula, se le había endurecido de golpe.

—Sara.

—Siga —dijo ella.

—Además —dijo Lucía, sin mirarla—, Ledesma Logística, la empresa de Martín Ledesma, no figura vinculada con ninguna de las tres.

Ni socio, ni administrador, ni acreedor.

Pero comparten clientes. He estado dos días en las bolsas de carga, en las que se anuncian portes con nombre de empresa.

Ledesma Logística subcontrata a Logística Ribota con una frecuencia que no tiene sentido para un cliente normal: cuarenta y siete cargas en el último año, en rutas que ella misma podría hacer.

Y tres cargas de Arce Rutas, hace seis o siete, con la misma matrícula de remolque que figura después en Ribota.

—Eso no es una prueba —dijo Sara.

—No lo es. Es un patrón. Una empresa respetable que de vez en cuando hace trabajar a otra sin saber por qué. —Lucía se mordió el labio—. Eso es lo que dirá su abogado.

*

Lo de la telemetría llegó después, a las doce. Lucía sacó un pendrive del bolsillo de la sudadera, lo enchufó al portátil y proyectó una gráfica en el segundo monitor. Una línea azul que subía y bajaba a lo largo de un eje horizontal con marcas kilométricas.

—Sara pidió ayer a Transitarios Henares los datos de telemetría del camión de Víctor.

La jueza lo firmó el domingo por la tarde.

Tres años de viajes, cada martes y cada jueves.

Sacamos los trescientos doce trayectos de ida y los trescientos doce de vuelta y los puse en una sola gráfica.

—Se subió las gafas con la muñeca—. Quería ver si había alguna anomalía. Y la hay.

Pulsó una tecla. La línea azul se desdobló en seiscientos veinticuatro trazos finos, casi idénticos, superpuestos como las hebras de una cuerda. En el eje de las abscisas, entre el 205 y el 222, los trazos se juntaban tanto que parecían uno solo.

—Mira esto. En trescientos doce viajes, no hay uno solo en que salgas por la 214.

Ni a repostar, ni a comer, ni a esperar un relevo, ni por una avería.

Tres años pasando por delante de una salida a la que no entras nunca.

Y entre el 205 y el 222, que son diecisiete kilómetros, solo hay una parada en tres años.

El jueves tercero de nuestro caso. La del área de descanso, a la una y diecinueve.

Tú, ese día, paraste porque querías oír.

Los otros seiscientos veintitrés viajes, no.

—Es una ruta —dijo Víctor.

—Es una ruta con una velocidad constante en ese tramo, entre ochenta y dos y ochenta y cuatro, sin una sola variación en tres años, hasta hace dos semanas, cuando bajas a cincuenta y pocos justo ahí.

Y, casi siempre, con una desviación brusca al carril izquierdo, que se ve en los sensores de la cabina, justo antes de la salida.

—Bajó la voz—. Evitas ese sitio con una precisión que no es normal, Víctor.

Un conductor que casi siempre cambia de carril en el mismo punto sin motivo no es un conductor distraído.

Es alguien que sabe, con los pies, algo que la cabeza ignora.

Víctor no dijo nada. En la pantalla, los seiscientos veinticuatro trazos se alejaban unos de otros pasada la 222 como una cuerda que se deshace. Tuvo ganas de sentarse y se sentó.

—Lo sé —dijo, al cabo.

—No digo que lo sepas. Digo que lo sabe tu cuerpo.

—¿Y qué hay en esa salida? —preguntó Sara.

—La 214 lleva a San Esteban de Ribota —dijo Lucía—, el pueblo del centro del óvalo, el que tú esquivas. Y a la comarcal que pasa por una cooperativa agraria, por un silo, y por una venta cerrada. No sé más.

El teléfono de Sara sonó a la una menos veinte. Miró la pantalla y frunció el ceño. Se levantó y salió al pasillo sin cerrar la puerta del todo.

La oyeron hablar en voz baja, con monosílabos, durante cuatro minutos. Cuando volvió a entrar, traía la mandíbula más dura todavía y en la mano la libreta de tapas negras abierta por una página.

—Era mi capitán. —Se sentó—. Dice que esta mañana ha recibido una llamada de Martín Ledesma, de la Fundación, muy preocupado por lo de la niña de Los Tilos.

Dice que se ha enterado de lo de Alba por la tele y ha estado preguntando por ahí.

Y que ha recordado un nombre. Un antiguo conductor suyo, de cuando trabajaba en Arce.

Aurelio Pozo. Cuarenta y nueve años. Despedido por agredir a un compañero.

Dos condenas por lesiones. Hasta hace un año trabajó de vigilante en una nave del polígono Los Tilos.

—Dejó la libreta sobre la mesa—. Vive en Azuqueca. Mi capitán me lo ha dado con un lazo.

—Un lazo —repitió Lucía.

—Un regalo con la dirección escrita. Un hombre violento, cercano a la zona, con antecedentes.

Es exactamente el tipo de pista que una familia quiere oír.

—Tamborileó con un dedo sobre la tapa de la libreta—.

Y es justo lo que alguien le daría a la policía si quisiera que la policía mirara en otra parte.

—¿Lo vas a investigar? —preguntó Víctor.

—Tengo que hacerlo. Si no lo hago y resulta que es él, me lo reprocharía toda la vida.

—Se pasó la lengua por el labio—. Y una cosa más, ya que estoy.

El TIP del instructor del atestado de Víctor.

Lo pedí a Personal el sábado por la noche.

Contestan en setenta y dos horas, y no me han dicho todavía si ese número corresponde a un guardia retirado, a uno ascendido, o a uno que ha cambiado de destino.

Cuando sepa el nombre, lo sabrán ustedes.

—Se pasó la lengua por el labio—. Me llevará un día y medio.

Ir, interrogarlo, comprobar coartadas, pedir sus cuentas.

Treinta y seis horas, si sale bien. Es lo que cuesta un regalo.

—Y mientras tanto —dijo Lucía.