27.185 Capítulo 19. Seis meses #2
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Capítulo 19. Seis meses #2

La respuesta estaba dentro del tercer sobre, grapada a la última copia. Un folio con membrete, sellado, con una frase de dos líneas escrita a máquina:

En contestación a su escrito, le informamos de que no se aprecian elementos que justifiquen la reapertura de las diligencias. Atentamente.

Y debajo, en lugar de firma, un número ilegible y un garabato de tinta azul. Ni nombre ni cargo. Víctor pasó el dedo sobre el garabato. La tinta no se corría. Pensó que en diez años nadie en el mundo había firmado una carta con menos ganas de ser reconocido.

Debajo de las cartas encontró un recorte de periódico, doblado en cuatro.

Había amarilleado hasta el color del té.

Un camionero resulta herido de gravedad al volcar su camión en la Cañada Honda.

Cuatro líneas, sin foto. El conductor, de 42 años y vecino de Alcalá de Henares, que viajaba solo, fue trasladado en estado crítico al hospital de Calatayud.

Fuentes de la Guardia Civil atribuyen el siniestro a un fallo mecánico.

Alguien, con tinta azul, había rodeado las dos palabras viajaba solo y escrito en el margen, con letra pequeña y muy apretada, un signo de interrogación.

Un solo signo de interrogación. Elena nunca ponía más de uno.

Hubo un cuaderno. Lo vio al fondo de la carpeta azul, entre las cartas y un sobre de fotos: un cuaderno de tapas duras, de cuadros, de los que ella usaba para las listas del supermercado, con una goma elástica negra y la palabra V.

escrita en el lomo. Lo cogió. Pesaba lo que pesan los cuadernos llenos.

Quitó la goma. Lo abrió por la primera página.

La letra era de ella. Redonda, ágil, con las tildes largas. La primera línea decía: 26 de octubre. Y la siguiente, la primera palabra, era su nombre.

Lo cerró. No lo leyó. Lo cerró con las dos manos y lo puso encima de la goma, boca abajo, y se quedó mirándolo, y sintió con una claridad que le revolvió el estómago que no era el momento, que aquello no se leía de pie ni a medianoche ni con la boca llena de metal, y que lo leería. Lo leería. Pero no hoy.

*

Sacó una libreta limpia del cajón de la cocina, una de las de reserva, de tapas azules, y la puso a su lado.

Hizo lo único que sabía hacer con un asunto que se le iba de las manos: lo escribió.

Abril, cuatro. Mayo, ocho. Junio, ocho. Julio, ocho.

Agosto, ocho. Septiembre, ocho. Octubre, cuatro.

Seis meses y nueve días, del 16 de abril al 25 de octubre.

Cuarenta y ocho noches de las cuales no conservaba ninguna, ni la cara de un conductor de relevo, ni el color de un remolque, ni una frase.

Marcó los días de la semana. De lunes a jueves, nunca viernes, nunca fin de semana.

Salida entre las once y las doce. Dos veces por semana, como los martes y jueves de ahora, como una enfermedad que cambia de nombre pero conserva el mismo calendario.

Rodeó con lápiz la última fecha. 25 de octubre. Jueves. Se quedó mirándola.

Y pensó en la libreta que no tenía. Treinta y una libretas en la caja de zapatos del altillo, una por año, desde los veinte años; la del año del accidente, la que habría tenido todos esos portes con su letra, hora a hora, kilómetro a kilómetro, matrícula a matrícula, no estaba.

Había dado por hecho que se perdió con el camión.

Sacó la caja de zapatos de nuevo, las contó otra vez, una a una, con la goma en el dedo.

Treinta y una. Saltaba del año de antes al año de después.

Y en la carpeta de Elena, entre las facturas y las cartas, tampoco.

Dejó las libretas sobre la mesa. Una persona que anota la presión de sus neumáticos no pierde un año de su vida sin dejar un rastro.

O lo había perdido con el camión, o alguien se la había llevado, o la había dejado en un sitio que ahora no recordaba.

Las tres opciones eran verosímiles. Ninguna le gustaba.

Quedaba una cosa. Un sobre de papel de estraza, pequeño, de los que se usan para negativos, en el fondo de la carpeta.

Lo abrió. Dentro había una sola fotografía, impresa en papel brillante, de nueve por trece, con el borde blanco y el sello de una tienda de revelado de Alcalá.

Reconoció la letra de Elena en el reverso, la de las facturas: Primer día en Arce. 16 abril.

Dio la vuelta al papel.

Era una nave. Un edificio bajo y largo, de chapa gris, con un portón metálico corredero medio abierto y una rampa de carga.

Sobre el portón, un rótulo rojo con letras blancas: TRANSPORTES ARCE S.L.

Y debajo, más pequeño, en pintura negra: ALMACÉN 3.

Delante, en primer término, de pie sobre el cemento, había dos hombres con las manos en los bolsillos.

A la izquierda, Martín Ledesma, más joven, con una chaqueta clara y el pelo cano, sonriendo a la cámara con una amabilidad profesional.

A la derecha, con una camisa a cuadros remangada y una cara que Víctor reconoció a duras penas, un hombre de cuarenta y dos años con el pelo oscuro y los hombros algo más rectos.

Él. Sonreía también, con la boca, no con los ojos.

Se le notaba en la postura. Era el gesto de quien acaba de decir que sí a algo y todavía no sabe a qué.

Los miró un rato largo.

Había un tercer hombre. Víctor lo vio al cabo de un minuto, al fijarse en el borde izquierdo de la foto, donde el encuadre se cortaba.

Alguien estaba de pie, a la izquierda de Martín, medio fuera del cuadro.

Solo se veía una parte de él: el hombro, el costado de la camisa, un brazo doblado a la altura del pecho.

Y en la mano, sostenido contra el estómago, como se sostiene un objeto por costumbre, un micrófono de CB de los de mano, negro, con el cable en espiral colgando hasta la cintura y el pulsador gastado por un pulgar de muchos años.

La cara del tercer hombre no estaba. El fotógrafo, quien fuera, había cortado el encuadre justo por el cuello.

Víctor se acercó la foto a los ojos. Miró el micrófono.

Miró el rótulo. ALMACÉN 3. El portón, la rampa, la chapa.

Había una luz muy fuerte, de mediodía, sin sombras, y sin embargo sintió que en algún lugar un sodio amarillo se encendía sobre una puerta y que unas manos se movían solas, apretando un disco de plomo.

Dejó la fotografía sobre la mesa, apoyada contra la lata de atún, de cara a él.

Fuera, el reloj de la iglesia más cercana dio las doce.

Hizo lo que le había pedido Lucía: fotografió la imagen desde arriba, con el flash apagado, y después el reverso.

Fotografió las facturas, el extracto, las cartas por fuera, el recorte con el signo de interrogación, la tarjeta de Elena.

Las mandó todas juntas, una tras otra, sin texto.

Ella contestó a los tres minutos con un solo mensaje, que él leyó de pie: Gracias.

Llama a Sara por la mañana. Y descansa, que lo de hoy no se hace dos veces.

Pensó que llamaría a Sara por la mañana, como le habían dicho.

Pensó que la libreta de ruta de aquel año no estaba en la caja de zapatos del altillo, ni en la carpeta azul, ni en ninguna parte de la caja de Elena, y que cuarenta y ocho portes escritos con su letra tenían que haber dejado un rastro más fiable que el de una firma en un albarán.

No se movió. Se quedó mirando el brazo cortado, la mano sobre el micrófono de espiral, el rótulo rojo. Y la foto, quieta contra el atún, le devolvió la mirada con todos los ojos que le faltaban.