Capítulo 19. Seis meses
Lucía llamó a las nueve y media, con el ruido de una cocina al fondo, y antes de que él dijera nada ya lo sabía.
—Vas a abrirla esta noche.
—Sí.
—Voy.
—No.
—Víctor.
—Me lo has pedido tú. Es mío. —Se frotó la rodilla con la mano libre—. No quiero que veas lo que haya.
Hubo un silencio al otro lado. Se oyó una cacerola y una radio.
—Entonces haz una cosa por mí —dijo ella, al cabo—. Fotografía cada cosa antes de tocarla. Con el móvil. Desde arriba, con luz. Y hazlo por orden. Si hay algo que luego nos haga falta, lo vamos a querer exactamente donde estaba.
—Eso es lo que haces tú.
—Es lo que hago yo. —Una risa corta, sin alegría—. Hazlo tú también, aunque no te salga natural. Anótalo como lo único que te pido.
Colgó. Víctor se quedó mirando el techo del pasillo, la tapa del altillo, y pensó que le habían pedido por primera vez en diez años que mirase con método lo que más le dolía. Lo hizo.
El altillo del piso era un hueco en lo alto del armario empotrado del pasillo, con una puerta de tablero que se abría hacia arriba y un escalón de madera que Víctor usaba una vez al año, para bajar los adornos de Navidad que nadie colgaba.
Esa noche, a las diez, subió a una silla de la cocina, empujó la tapa con la palma y metió la cabeza en el polvo.
Olía a papel viejo y a naftalina. Allí estaban las cosas de siempre: la caja de zapatos con las treinta y una libretas de ruta, atadas cada una con su goma; una maleta sin ruedas; un árbol de Navidad desmontado en su bolsa; una lámpara con la pantalla rota.
Y al fondo, contra la pared, una caja de cartón grande, de las de mudanza, con las solapas cerradas con cinta marrón y una pegatina blanca en el costado.
ELENA.
Con la letra redonda y recta de ella, de maestra de pueblo, escrita con rotulador negro y subrayada una vez.
Víctor la miró. Había subido aquella caja en bolsas, una tarde de hace seis años, el día siguiente del entierro, sin abrirla, porque no hacía falta: lo que había dentro no era suyo.
Fue lo que se dijo. Y había tardado seis años en comprobar que eso era mentira.
Tiró de ella. Pesaba. La bajó con las dos manos, con cuidado de no golpear el marco, la llevó a la cocina y la dejó sobre la mesa, bajo la luz fría del fluorescente, entre la lata de atún sin abrir y la foto de la nevera.
Se sentó. Se quedó un rato con las manos sobre las rodillas, escuchando la nevera, que zumbaba a medias.
Abajo, en la calle, la furgoneta gris seguía en su sitio. Sara la había cambiado de turno a las nueve. Había un hombre joven al volante que bebía algo caliente y mantenía la cabeza vuelta hacia el portal.
Cortó la cinta con el cuchillo del pan.
*
Lo primero que llegó fue el olor. No el de la naftalina.
Debajo, apenas, un hilo de lavanda y de papel, de jabón de tocador y de lana, que salía de las cosas como sale el aire de una habitación cerrada cuando se abre una ventana.
Víctor retiró la cabeza. Cerró los ojos un segundo. Después metió las manos.
Dentro había un orden. Eso fue lo que más le dolió.
No eran los trastos de una vida deshecha, sino el contenido de una mujer meticulosa que sabía que alguien lo abriría algún día y había querido ponérselo fácil.
Fotografió todo lo que fue sacando, desde arriba, con la luz del fluorescente, por orden.
Encima, un sobre con sus gafas de leer y una tarjeta de cartulina blanca doblada por la mitad.
La abrió. Cuatro líneas, con la letra redonda de ella:
Víctor: la carpeta azul es tuya. Léela cuando puedas, no cuando debas. No hace falta que me perdones nada. Te quise bien. E.
La leyó una vez. La dejó junto a las gafas, que se quedaron mirándolo con sus dos cristales vacíos.
Debajo de la tarjeta, un montón de felicitaciones atadas con una cinta roja; un joyero con dos pulseras y un reloj; un rosario que nunca había visto; fotografías sueltas, en una bolsa de plástico, de los dos en una playa de Santa Pola, de una boda, de un cumpleaños.
Las dejó a un lado. Y en el fondo, sola, apoyada en un costado, una carpeta de cartón azul con gomas, gruesa como un diccionario, y en la tapa, escrita con el mismo rotulador, una palabra.
ARCE.
Se quedó mirándola sin tocarla. La palabra estaba allí, en tinta negra, bajo su propio nombre. Había estado seis años en el altillo, en su casa, en una caja con una etiqueta que él mismo había visto cientos de veces sin abrirla. Hacía diez días se habría reído de la idea. Ahora tenía la boca seca.
La abrió.
Facturas. Siete, por orden, una por mes, con la fecha de emisión en el margen y el membrete de una gestoría de Alcalá.
Servicios de transporte prestados a Transportes Arce S.L.
Mes de abril. La suma, el IVA, el total.
El mes de mayo, el de junio, julio, agosto, septiembre.
Octubre, a medias, sin cerrar. En cada una, entre el concepto y el importe, una línea que repetía: Suplemento por servicio nocturno especial (PE).
Elena había subrayado con lápiz, en cada factura, el número de portes de esa línea.
Cuatro en abril. Ocho en mayo. Ocho, ocho, ocho, ocho.
Cuatro en octubre. Hizo la suma sin querer, moviendo los labios: cuarenta y ocho.
Cuarenta y ocho, como los albaranes de Sara.
Debajo de las facturas había un sobre de tamaño folio, de una operadora de telefonía, con una ventana de plástico y el sello de una oficina de Alcalá.
Dentro, cuatro hojas grapadas con una tabla densa de números, columnas y horas.
Extracto detallado de llamadas. Línea fija.
Periodo: octubre. Había en la cabecera, a mano, de nuevo con la letra de Elena: Pedido el 30 de octubre.
Entrante y saliente (me costó una discusión).
Pasó las páginas despacio. Vio números, duraciones, fechas. Llamadas a su hermana de Valencia. A la farmacia. Al hospital de Calatayud, a partir del día 26. Y en la segunda hoja, en la noche del 25 al 26, tres líneas rodeadas de rotulador amarillo, tan fuerte que el papel se había ondulado.
26/10. 01:23. Entrante. Móvil. 01 min 31 s.
26/10. 01:44. Entrante. Móvil, titular no identificado. 00 min 38 s.
26/10. 02:12. Entrante. Móvil, titular no identificado. 01 min 05 s.
Y una cuarta, sin marcar, una línea sola, sin rotulador:
26/10. 02:19. Saliente. Móvil. 00 min 44 s.
Se quedó muy quieto.
El primer móvil lo reconoció. Era el suyo, el de entonces, el que se había perdido con el camión.
Un número que había marcado a diario durante años y que ahora tenía en el teléfono de Elena como un fantasma de tinta.
Una llamada de noventa y un segundos. A la una y veintitrés de la madrugada.
Hora y media antes de que el camión perdiera los frenos.
Él había llamado a su mujer.
No se acordaba. No se acordaba de haber parado, de haber sacado el teléfono, de haber marcado.
No se acordaba de la voz de ella, de lo que le había dicho.
Noventa y un segundos son mucho tiempo para hablar.
Noventa y un segundos son mucho tiempo para decir una cosa grave.
Estaba a punto de pensar qué podía haber sido cuando miró las dos líneas siguientes: otro móvil, desconocido, a las 01:44, treinta y ocho segundos, y otra vez a las 02:12, un minuto y cinco.
Y la cuarta línea sin rotulador. A las 02:19, una llamada saliente, desde el fijo de Elena, a su móvil, de cuarenta y cuatro segundos.
Una llamada que nadie había contestado. Con el buzón de voz.
Dejó el extracto sobre la mesa y se levantó.
Fue hasta la pila, abrió el grifo y bebió con la mano.
El agua estaba helada y le dolió en los dientes.
Cerró el grifo. Se quedó de espaldas a la mesa, mirando por la ventana de la cocina la luz anaranjada de la calle, donde el hombre de la furgoneta había dejado el vaso sobre el salpicadero.
Dos llamadas de un número desconocido a su mujer, después de que él hablara con ella.
Alguien había llamado al fijo de Elena en mitad de la noche, dos veces, antes de que su marido llegara a una bajada sin frenos.
Y ella, que lo anotaba todo, había hecho lo que hacía: pedir el extracto. Pedirlo con una discusión.
Volvió a sentarse. Cogió el móvil, buscó el teclado y marcó el número de la línea de las 01:44. Lo marcó despacio, con el índice, cifra a cifra, y pegó el aparato a la oreja con el pulso en las sienes.
Tres tonos. Y una voz de mujer, enlatada, de operadora: El número marcado no corresponde a ningún abonado.
Por favor, compruebe el número. Lo intentó con el de las 02:12.
Era el mismo, y dijo lo mismo. Diez años.
Una tarjeta de prepago comprada en un estanco y tirada a una alcantarilla, una línea dada de baja.
Pero alguien, en una noche de octubre, había llamado dos veces a su mujer desde un teléfono que ya no existía, y ella lo había guardado en una carpeta.
*
Lo siguiente fueron las cartas.
Tres sobres blancos, abiertos, sin sello, con una hoja doblada dentro cada uno.
Eran copias a carbón, de las que se usaban cuando todavía se hacían copias, escritas a máquina por Elena en una Olivetti que había heredado de su padre y que él había tirado el año de su muerte, sin decirle nada a nadie.
Al Excmo. Sr. Jefe de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil de Zaragoza.
Leyó la primera frase: Muy señor mío: En relación con el accidente sufrido por mi esposo, Víctor Salas Moreno, la madrugada del 26 de octubre, en el punto kilométrico 228 de la A-2...
y no leyó la segunda. La vio, a la vuelta del párrafo, empezar con la palabra Solicito .
Y la tercera línea: ...que se revise el atestado instruido, por cuanto...
Cerró los ojos. La carta era de noviembre, la segunda de enero, la tercera de abril del año siguiente. Elena había escrito tres veces a la Guardia Civil, y él ni siquiera lo sabía. Las dejó sobre la mesa, boca abajo.