27.185 Capítulo 18. El accidente #2
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Capítulo 18. El accidente #2

Hacía viento. No un cierzo de verdad, sino un aire frío y seco que bajaba del noroeste por el valle y le entraba por el cuello.

Sobre la autovía, a su izquierda, un camión descendía con un bramido de motor lento, el sonido gutural y profundo del freno motor, el de una máquina que come su propia velocidad.

Pasó con el olor. Un olor dulce y agrio, caliente, a metal sometido a rozamiento, que se le metió en la nariz y bajó hasta el estómago.

Zapatas.

—¿Está bien? —preguntó Sara.

—Sí.

Entraron en el lecho. La grava crujía bajo las suelas con un ruido de sal gruesa.

Lasheras iba el último, con las manos a la espalda.

No quedaba nada de lo de aquella noche, naturalmente.

Diez años de lluvia, de palas excavadoras y de grava nueva habían borrado huellas, marcas, cualquier señal de que aquí un camión hubiera ido a morir.

Aun así, Víctor caminaba despacio, fijándose en el suelo, y no sabía qué buscaba.

—El camión entró por aquí —dijo Lasheras, a su espalda—.

Por el eje. Recto. Hizo ciento cuarenta metros antes de volcar.

El perito lo dijo bien en eso: usted, señor Salas, hizo lo correcto.

No hay mucha gente que consiga meterse en una rampa con esos frenos.

Lo vi en las marcas. Alguien que sabía lo que hacía.

—Yo no sabía nada.

—Pues su cuerpo, sí.

Se detuvieron ante el muro del fondo. Era de hormigón armado, de metro y medio, con una raya negra diagonal a media altura, una cicatriz de roce antiguo, cubierta de un color más claro que el resto.

Alguien la había reparado con pintura gris, pero la forma era la de un costado de camión.

Víctor puso la palma abierta sobre la cicatriz.

El hormigón estaba frío. Le dolió la mano, sin motivo.

Y entonces oyó el freno motor.

No el del camión de la autovía, que se había alejado ya.

Otro. Más grave, más cerca, dentro de él.

Un bramido sordo y regular, el motor de un Volvo viejo comiéndose una bajada que no se acababa, con el aire de los frenos silbando por debajo, un silbido agudo, como el de una olla, que subía de tono.

El volante vibraba en sus manos. La cabina se inclinaba hacia delante.

Había una luz de sodio muy lejana en el retrovisor, el cuadro de mandos encendido en rojo, la aguja de la presión del aire cayendo, cayendo, y una voz suya diciendo entre dientes: «Venga, venga, venga.

» Y el olor. Dios, el olor, a zapatas, a goma, a incendio pequeño.

Y un grito.

Lo oyó con una nitidez que le dejó sordo.

Fue un grito corto, agudo, que subía desde algún punto que no se dejaba situar, un grito de puro espanto, sin palabras.

No supo de dónde venía. No supo si de hombre o de mujer, de cerca o de lejos, de la radio o del mundo.

Solo supo una cosa con una certeza de hueso: no era su garganta.

Conocía el sonido de su propia voz gritando y aquello no se le parecía. Era el grito de otro.

Después, el silencio. El viento. La grava. La mano de Sara en su codo.

—Señor Salas.

—Estoy bien.

—No lo parece. Siéntese.

—No. —Se apartó del muro. Tenía la camisa pegada a la espalda y las rodillas flojas—. Estoy bien.

Lasheras lo miraba con una expresión de piedra, sin tic, sin parpadeo.

Y Víctor, que había aprendido a leer lo que otros dejaban abierto, vio que el cabo sabía exactamente qué acababa de pasarle.

No por la cara. Por los hombros, que se le habían encogido un milímetro, como los de quien ve a alguien caer de un andamio por el que él mismo bajó.

*

Volvieron al coche en silencio. Lasheras se quedó junto al patrulla con las manos en los bolsillos y no se despidió. Cuando Sara arrancó, lo vio por el retrovisor quedarse quieto en el apartadero, con las gafas de sol puestas y la cabeza vuelta hacia la rampa.

Ella no volvió a la autovía. Siguió por la vía de servicio, que bajaba en curvas hacia el fondo de la cañada, y de pronto el asfalto se estrechó y el paisaje cambió.

Había una carretera vieja, de dos carriles sin arcén, que corría paralela al río entre chopos desnudos y muros de piedra seca.

La vieja N-II. Víctor la conocía de oídas, de cuando se hablaba de la nacional con la nostalgia con que se habla de un pariente.

—Quiero ver el puente —dijo Sara.

—¿Qué puente?

—El del mapa. El de Ribota.

Lo cruzaron a los tres minutos. Era un puente de piedra, de un solo arco, tan estrecho que apenas cabía un coche, con pretiles bajos de sillería y un lomo en el medio que obligaba a levantar el pie.

Debajo corría un agua oscura y mansa, con una espuma sucia pegada a los pilares.

A los dos lados no había salida: el camino seguía recto, entre dos tapias, y el valle se cerraba como un embudo.

Sara frenó en el centro, con el intermitente puesto, y se quedó mirando por el retrovisor.

—Un cuello de botella —murmuró—. Un solo carril, sin desvío, con una pared a cada lado. Si algo viene por aquí, tiene que pasar por aquí.

—¿Por qué lo mira?

—Porque en el atestado hay un camionero que llamó al 112 a las 3:20, y ninguno de los dos sabe quién era. Y porque esta carretera lleva al mismo sitio que la autovía, pero sin cámaras ni peajes. —Arrancó—. Es una cosa que se me ocurre. No quiere decir nada.

Pasaron al otro lado. La vieja nacional se internaba entre naves y almacenes cerrados hacia Calatayud.

Víctor se volvió, sin saber por qué, y miró el puente por el cristal trasero, el arco bajo, el lomo gris.

Le pareció, un segundo, que ya lo había cruzado.

Pero era solo un puente. Los hay en todos los valles.

—Me ha mentido —dijo Víctor.

—No. Ha dicho menos de lo que sabe. Es distinto.

—Lo ha visto. Lo que ha ocurrido ahí.

—Lo ha visto. —Cambió de marcha—. Y yo lo he visto a usted. ¿Qué ha oído?

—Un freno motor. El olor.

—¿Y qué más?

Él miró el campo por la ventanilla. Rastrojos blancos, la línea de los postes de la luz, el cielo plano. Pensó que si lo decía en voz alta se volvía cierto, y que si lo callaba seguiría siendo un ruido.

—Alguien gritaba.

—Sería usted.

Lo dijo con suavidad, sin ironía, como quien ofrece una explicación razonable a un hombre que lo necesita. Era la respuesta lógica. Cualquiera habría gritado, con los frenos muertos y una pendiente por delante.

Víctor no contestó. Pero sabía, con la misma certeza con que sabía la presión de sus neumáticos, que no era su voz.